Crítica

Wonder Wheel – Woody Allen

posted by Alberto Varet Pascual 21 diciembre, 2017 0 comments
Dulce pesimismo

Wonder Wheel

Woody Allen está de vuelta como cada año. Exactamente como cada año. Con las mismas fijaciones de toda una vida dispuestas de forma nada sorprendente en su construcción. Ahí está la característica voz en off que vertebra un film meta-literario (o cinematográfico). También la música y los aires cincuenteros, las referencias a un cine amado repleto de musas insuperables, el drama humano tornado en tragedia, la misantropía ‘marca de la casa’ o esa ambigüedad entre lo real y lo que no, entre lo moral y lo inmoral, que ha alimentado la obra del neoyorquino desde hace más de 50 años.

Y ya que hablamos de Nueva York… sí, Allen también regresa para la ocasión a su ciudad, a la playa de Coney Island en concreto, pero aquí, al contrario de lo que ocurría en Imitación a la vida (Douglas Sirk, 1959), y como es costumbre en el autor de Hanna y sus hermanas (1986), no hay negros ni hispanos por ningún lado. Es el sueño cinematográfico de un judío con ánimo de medrar en la ciudad de los rascacielos. Un deseo que vuelve a tornarse en pesadilla en la cinta que nos ocupa a través de las vivencias de una actriz cuyas frustradas aspiraciones parecen haberla convertido en el reverso de la Lana Turner del film de Sirk.

Así, la idea del sueño conquista verdaderos matices en Wonder Wheel. Mediante la cambiante paleta de Vittorio Storaro la película reproduce una constante ida y vuelta de colores melosos que nos transportan a un espacio imaginado donde los personajes se muerden la cola sin cesar. Un vaivén luminoso que deviene todo un catálogo emocional cuando recae sobre el rostro de la potente y desequilibrada protagonista que interpreta con firmeza Kate Winslet. Un bello reflejo de su ambivalencia psicológica y moral.

Las dulces transiciones son igualmente palpables en los desplazamientos entre lugares y tonos del relato. Más allá de la veteranía (50 años tratando los mismos asuntos le han otorgado al bueno de Woody una incontestable agilidad narrativa), la realización revela una condición muy propia de la avanzada edad del director que conecta con la del Eastwood de Más allá de la vida (2010), donde la fluidez a la hora de narrar rimaba con una suavidad en los gestos de los personajes en plena sintonía con la idea de muerte de quien se enfrenta al final de la existencia con entereza.

Allen, por supuesto, no se mostrará piadoso en su enésima muestra de pesimismo, pero es innegable que algo relacionado con su vejez se ha colado en las formas: desde la citada dulzura a la inteligencia para encuadrar en cualquier espacio (ya sea abierto o cerrado), desde los elocuentes movimientos de cámara a la habilidad para filmar el rostro de una mujer que se descompone o duda ante el objetivo, Wonder Wheel es el trabajo de un maestro.

No tendrá el de Manhattan (1979) las ganas de escribir a estas alturas un guión como aquellos de los 80, pero su soltura como director es muy superior a la de entonces. Tampoco parece dispuesto a regalarnos una mirada optimista, mas la sensación constante de fatalidad que vertebra su obra fluye con una naturalidad felizmente alejada de cualquier tipo de impostura cínica tan propia del cine contemporáneo.

El dulce ritmo interno levantado sobre diálogos allenianos y mecido por las luces de Storaro forma la noria en la que se encuentra atrapada Ginny. Sus sueños son el anhelo de triunfar de quien no tiene los pies en la tierra, de quien no se ha querido enterar de que los sueños, sueños son. Ni siquiera es capaz de ver al ángel rilkeano que ella misma ha parido. Un hijo que no cesa de intentar devolverla su identidad en el reflejo de sí misma: el de una pirómana que no puede dejar de hacer que el mundo arda.

7


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