Crítica

Wonderstruck. El museo de las maravillas – Todd Haynes

posted by Alberto Varet Pascual 3 enero, 2018 0 comments
A la búsqueda de tu mirada

El museo de las maravillas

Las protagonistas de Carol cruzaban miradas por primera vez en una juguetería dentro de uno de los planos/contraplanos más extraños del cine contemporáneo. No fueron pocos los que justificaron en la anti-naturalidad de aquel instante su desdén por la obra maestra de Todd Haynes dejando al aire, precisamente, su incapacidad para atrapar el verdadero discurso del film: la mirada de Carol (Cate Blanchet) cambiaba de manera radical el punto de vista de la película, pues a través de sus ojos no veíamos en Therese (Rooney Mara) a una tímida cría en el agridulce tránsito a la madurez, sino a un ángel capaz de devolverla su identidad con todo lo que eso implicaba (mandarla a su lugar de origen, allá donde pasa el metro).

Es un uso del recurso narrativo alucinante porque revela más personajes en escena de los que en principio hay (tenemos a una dulce joven y a una mujer/madre perfecta y, a la vez, a un ángel terrible y a una figura femenina sin identidad). Semejante atrevimiento cortocircuitó las anodinas expectativas de no pocos espectadores. Y vistas las reacciones a Wonderstruck nos inclinamos a pensar que algo parecido pueda ocurrir con la primera y maravillosa hora de la realización, donde se orquesta una operación similar a la de Carol, aunque con el montaje paralelo y dos historias muy distanciadas en tiempos y estéticas como protagonistas.

Con tal escaparate uno podría pensar que se trata de un film destinado a estrellarse como ‘cine para niños’ en su bonita mezcla de sonido y color con silencio y blanco y negro a la busca de nuestras lagrimitas. Sin embargo, estamos frente a un ejercicio de una inteligencia y un talento asombrosos en el que Haynes consigue llevarse el citado recurso al terreno de quien mejor ha sabido leer la expresividad en los encadenados del cine de Douglas Sirk. Así, por ejemplo, el paso enorme que puede haber entre un viaje en bus y el vuelo de una hoja deviene en rima consonante a través de un montaje que hace de la coordinación sirkiana en las transiciones su bandera.

Una edición que siempre respeta la susodicha distancia temporal y estética entre las dos historias, lo que ayuda a confeccionar un espacio para el misterio ya que, como aquel cruce de miradas de Carol, es el espectador el que debe rellenar la acción con aquello que lleve dentro. De este modo, un servidor tuvo la impresión de que Haynes le hablaba desde sus imágenes de la pasión cinéfila que, como todas, se vive en silencio, pues su naturaleza es el infinito. ¿Cómo hablar de lo que has sentido viendo una película? En la expresión última del alma somos tan mudos como la chica de Wonderstruck. Y, como ella, tan solo nos queda conectar con quien se emocione de la misma manera. Conectar desde la mirada, como Carol y Therese. Buscar con ella a quien nos mire de la forma en que lo hace una niña a su madre desde los bellísimos primeros planos que Haynes/Lachman le regalan. Es el rostro de quien grita sin poder gritar y llora sin poder llorar. La más apasionante identificación con un personaje que este crítico haya tenido en el pasado 2017.

Imposible, entonces, que nadie eche en falta diálogo alguno durante una primera hora que es gloriosa re-visitación del cine mudo. La que iba para mejor película infantil de la Historia pone a sus imágenes a bailar como Chaplin hacía con Charlot en la fábrica de Tiempos modernos. Un papel, un barco, el mar, un sueño neoyorquino, una niña… y el film danza ante nuestra mirada al compás de la batuta de un director de orquesta único.

Qué lástima que ese pasaje en blanco y negro pierda poco a poco presencia hasta desaparecer según la palabra toma más y más peso en el metraje. La estrategia hubiera sido impecable si el vocablo hubiera jugado una carta tan sutil en la obra como lo hace la imagen. Sin embargo, Haynes la usa cual mercenario de Hollywood. O sea, para hacer que sus niños se expliquen constantemente y la trama llegue a buen puerto.

Este desdén es deprimente. Hasta insultante, pues la palabra nos tenía que haber conducido también al terreno del misterio. Pero no. Muy al contrario, acaba incluso por ilustrar una conclusión tan bonita y trabajada como lamentable (la antítesis total de La imagen perdida, de Rithy Panh). El resultado es la devaluación de una obra maestra a la categoría de ‘bonito film’. Pero que no cunda el pánico, ya que, aunque sólo sea por la primera mitad, hay que ver Wonderstruck. Al menos eso es lo que piensa un crítico que recordará por siempre su visionado como la experiencia más vívida, emocionante y, sí, maravillosa del ya viejo 2017.

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