Cine

El largo adiós: Abbas Kiarostami (1940-2016)

posted by Alberto Varet Pascual 5 julio, 2016 0 comments
Como un faro que no cesa

Abbas Kiarostami

Si el cine es un lenguaje extranjero capaz de generar mundos paralelos que nos ayudan a interpretar el nuestro, no es de extrañar que Abbas Kiarostami fuese considerado uno de los grandes maestros de la disciplina. Obsesionado con la repetición y la imagen espejo, cimentó una obra tan seria como autoexigente, sin servidumbre alguna, alrededor del poder de la imagen, anticipando así la confusión vital del ser humano en un universo construido sobre ella y para ella, pero dejando hueco a una poesía y una dulzura que estallaron de las más insólitas maneras, incluso tras su autoimpuesto exilio.

Kiarostami nació en Teherán en 1940, donde estudió pintura en sus años universitarios, una formación que bien le pudo valer para hacer florecer su capacidad observacional y su fijación por el arte de la repetición. Como si del mejor discípulo de Andy Warhol se tratara, el autor de Like Someone in Love le insufló al cine, a través de su mirada colmada de espejismos y cruda realidad, nueva vida, justo cuando muchos levantaban sobre el medio su enésima acta de defunción.

El grueso de su carrera fue concebido en su nación, cuya filmografía cambió para siempre, tanto por la celebración cinéfila internacional que suponía cada uno de sus trabajos (fue de largo el mejor y más reputado de los directores de la ‘Nueva Ola Iraní’) como por su labor pedagógica en Teherán, donde creó un departamento de cine para jóvenes en el centro Kanun. Sin embargo, en 2010 decidió hacer las maletas y marcharse a la Toscana a rodar la sublime Copia Certificada tras asegurar que ‘ya se había cansado de pelear contra la censura’.

Pero ese agotamiento no se tradujo, de modo alguno, en fatiga creativa, y su cine, contenedor de tensiones inefables entre la verdad y el deseo, la realidad y su duplicado, continuó dejándonos imágenes, instantes y pensamientos tan inolvidables como la conclusión de Close-Up, aquella colina serpenteante de ¿Dónde está la casa de mi amigo? (la obra que le abrió la puerta a Europa tras su éxito en Locarno), la alucinante búsqueda de un enterrador en El sabor de las cerezas (su Palma de Oro sacada a flote a pesar de la censura) o aquella conversación imposible en moto entre el protagonista y el médico de El tiempo nos llevará.

Son momentos que bien resumen la esencia de las cintas de Kiarostami, donde la sencillez oculta un manantial de ideas hiladas con una extrema sensibilidad y una personalísma poética que no cesaron ni cuando a comienzos del nuevo milenio emprendió su periplo más experimental. Aquel que le llevó a filmar la bellísima Shirin, y a hacer correr involuntariamente una lamentable tinta polémica en el circuito crítico de nuestro país a raíz de la famosa carta de Víctor Erice, quien anteriormente había colaborado con el iraní en unas correspondencias audiovisuales que se encuentran, sin duda, entre lo más esencial del cine contemporáneo.

A la caza de un milagro, las imágenes de sus películas parecían albergar en la dilatación del tiempo la posibilidad de que lo sobrenatural se diese cita dentro de la cruda realidad. Y fue precisamente ahí, en esa tensión, donde se levantó una voz excepcional que puso de nuevo el cine a latir, inoculando en la cinefilia una ilusión por el porvenir de la expresión audiovisual que sigue hoy de plena vigencia. Quizás sea esa la gran lección de Abbas Kiarostami. Porque él se habrá marchado a vivir a la casa de otro amigo, pero la luz de su cine continúa iluminando nuestra modernidad como un faro que no cesa.


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