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El largo adiós: Harry Dean Stanton (1926-2017)

posted by Alberto Varet Pascual 16 septiembre, 2017 0 comments
Elogio de la distancia

Harry Dean Stanton

 

Podría escribir sobre los más de doscientos trabajos de Harry Dean Stanton para la pantalla. Sobre su extensa carrera o su longeva vida. Acerca de su eterna condición de secundario (término detestable que constantemente se usa para definir de forma imprecisa a actores primordiales) o su filiación musical… Podría hacerlo sobre todas esas cosas que se citan habitualmente en un obituario, pero prefiero hacerlo desde un ángulo menos serio. Prefiero hacerlo desde lo que su figura significó para mí y para muchos de mis amigos. Una figura flaca siempre colocada a una distancia púdica.

Como tantos amantes del cine de mi generación, vi por primera vez a este actor en Alien (Ridley Scott, 1979), pero lo conocí en París, Texas. La película de Wim Wenders supuso un antes y un después cinéfilo para tantos de nosotros… Los más cercanos a la música, por la banda sonora imborrable de Ry Cooder; otros por la fascinación que sentían por lo que en su día tuvimos a bien llamar el American Taste. En lo que a mí respecta, por esas dos cosas, sí, pero sobre todo por la intensidad del relato, por la voz del actor principal y, muy especialmente, por aquel instante en el que el pequeño Hunter identificaba a su madre por el pelo.

Es una escena de acercamiento increíble donde empezar es una posibilidad (¡qué texto más hermoso le dedicó Serge Daney!). Aquel hombre flaco y vacío había logrado el milagro. Se despedía, perdido en un mar de coches, con una pequeña sonrisa, de las dos cosas que más había amado en su vida. Su amarga victoria era capaz de atravesar el tiempo. Había rulado por el limbo que dibujaba la frontera americana hasta el purgatorio personal de la casa de su hermano y, de ahí, a la redención en un peep show.

Tras aquella experiencia decidí saber más sobre este actor. Vi cómo aparecía en multitud de obras de autores de la talla de Francis Ford Coppola, Alfred Hitchcock, John Houston, John Carpenter o Martin Scorsese sin tener jamás un papel tan relevante. Ni siquiera su amigo David Lynch, con el que ha colaborado más que ningún otro intérprete, le dio esa oportunidad. Con todo, son notables sus aportaciones en Terciopelo Azul, Corazón salvaje, Twin Peaks: Fuego, camina conmigo e Inland Empire, e inolvidable en Una historia verdadera. Al lado del director de Mulholland Drive se le vio también en sus dos últimos proyectos, Lucky y Twin Peaks: El regreso, donde volvía a dar, como ya lo hiciera en The Straight Story, dignidad a la vejez.

Allí mostraba de nuevo su pasión por la guitarra, que ya nos había dejado instantes tan emocionantes como aquel vídeo en el que interpretaba la Canción Mixteca de París, Texas, el film que más apreciaba de toda su carrera. Sus ojos se empapan porque entiende la letra. La reconoce y se reconoce en ella, como lo hiciera Travis años antes tras el cristal del peep show y durante el visionado de la maravillosa cinta en 8mm en la que volvían a la luz los recuerdos velados de un pasado feliz (¡qué hermoso el momento en el que Nastassja Kinski vela el objetivo de la cámara con su seda de flores).

Harry Dean Stanton se fue ayer. Lo hizo para siempre. Nos deja su presencia en el cine, ese invento que, como dijo Jean Cocteau, filma a la muerte trabajar. Él la esquivó durante mucho tiempo. Todo un acto de resistencia para paliar la distancia que la parca se empeña en imponer entre los hombres. Justo como su personaje en la obra más hermosa de Wenders, quien volvía a la vida cuando ya estaba muerto para poner orden en el presente. Él lo seguirá haciendo desde su legado. Nosotros aquí le esperaremos. Descanse en paz.

 


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