Cine

El Largo Adiós: Theo Angelopoulos (1935-2012)

posted by Manel Carrasco 25 enero, 2012 0 comments
La mirada se apaga
Theo Angelopoulos

El cineasta griego Theo Angelopoulos murió ayer a los 75 años de edad, víctima del atropello de una moto de la policía. Angelopoulos había construido una sólida carrera profesional que se extiende a través de 40 años y que ha hecho de él el cineasta de referencia en Grecia. Tras unos primeros años dedicado al periodismo, la Dictadura de los Coroneles cerró su periódico y lo impulsó a hacer cine, siempre con un horizonte donde se fundían la mirada política y la introspección personal. Angelopoulos dio voz y representatividad al cine griego desde la plataforma de los principales festivales europeos. Su filmografía se dio a conocer con una constante reflexión sobre el pasado y el presente de su país en una época especialmente convulsa, y la talla de figura capital en el cine europeo la dieron películas como su trilogía Días del 36 (1972), El viaje de los comediantes (1975), y Los cazadores (1977).

El cine de Angelopoulos giraba a menudo sobre la figura del antihéroe que regresa a su hogar, solo para certificar el desmoronamiento del mundo de la infancia y el desencanto ante el paisaje social que ha forjado el curso de la historia. Pesimista irredento, preocupado por el futuro del cine y por el papel de la educación, Angelopoulos fue quizás perfectamente consciente de que su retrato del propio hogar se podía trasladar al conjunto de Europa, de la que a fin de cuentas Grecia había sido el origen, y sus trabajos respiraban el aire eminentemente europeo del viajero-espectador ante la historia del siglo que le tocó vivir. A nadie debería extrañar que su último proyecto, truncado por su muerte, tuviera como tema la crisis griega; ni que su segunda trilogía, también inacabada, versara sobre la inmigración y la idea del legado. Angelopoulos se caracterizó por sus trabajos de magnitud colosal, ritmo reposado, y una ambición siempre colmada de abarcar varios temas a la vez desde la más elaborada de las reflexiones personales. Su cine es el de los grandes espacios de su país, de los cielos desnudos pero también el de la niebla que lo esconde, la humedad en el ambiente y el blanco que todo lo inunda. No era fácil encarar el universo de sus relatos y salir airoso, pero así lo celebraron en Venecia, en Berlín o en Cannes, donde se alzó con la Palma de Oro por La eternidad y un día (1998). Casado y con tres hijas, trabajador infatigable y con muy buena salud, el accidente mortal que ha segado todo lo que aún habría podido hacer es una desgracia colosal: No sólo se pierde a un cineasta fundamental y aún fértil, también se nos va una voz autorizada e insustituible de la conciencia europea y de su naturaleza más elemental. Para los que sientan su muerte, al menos siempre lo podrán ver en sus trabajos, trasmutado (por ejemplo) en el Harvey Keitel de La mirada de Ulises (1995): Paseando por el panorama herido del siglo XX, buscando los orígenes del cine y de su propia historia, melancólico y fatalista, lúcido y reflexivo.


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