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Entrevista a Luc Dardenne (El joven Ahmed)

posted by Alberto Varet Pascual 5 diciembre, 2019 0 comments

¿Cómo acercarse a una película como El joven Ahmed? Se trata de un film radical que, sin embargo, no lo parece. Es cine social y comprometido, mas nada materialista. Se acerca al misterio, sí, pero desde el enigma que genera un personaje monolítico. Es sencilla en apariencia, pero enormemente compleja en su interior. Tiene una apariencia realista -“realismo de aproximación” lo llamó Luc Dardenne a su paso por Madrid (su hermano Jean-Pierre no pudo viajar por motivos personales)- pero oculta un artificio en la construcción engrasado a la perfección…

Sí, lo último de los hermanos Dardenne es todo un desafío. Tan inteligente, tan sutil, tan anormal en los tiempos disparatados en los que vivimos, que la gran mayoría de la crítica especializada le dio la espalda en el pasado Festival de Cannes. Afortunadamente, los belgas se hicieron con un justísimo Premio al Mejor Director, pues su trabajo tras la cámara, tanto en la larga como en la corta distancia de su escueto metraje, es arrollador. 

De nuevo, ¿cómo arrimarnos a la grandeza de este film sin parangón? Acaso por su final. Toda una revelación tildada por muchos, como los corresponsales de Cahiers du Cinéma en Cannes, de previsible. ¿Previsible que un niño se encuentre a sí mismo como infante al volver del cielo a la tierra? ¿Previsible que un zombie vuelva a ser humano en el umbral de la muerte? ¿O que un film con forma de parábola cierre con una revisión hermosísima de El hijo pródigo (Mas era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Lucas 15:32)?

Para el que esto escribe, este personaje, de naturaleza monolítica, es el gran hallazgo de la obra. Una creación que permite a los directores dirigirse hacia una esencialidad nunca antes vista en su obra y evitar, de paso, apalancarse en su estilo (por más que tantos dijeran en la Croisette que el film era uno más en su carrera). Una opinión compartida por Luc Dardenne, quien no dudó en reconocer que existe “una inquietud por no repetirse”. “Estoy totalmente de acuerdo con lo que dices. Las otras películas las construimos a través de los personajes, pero el que aquí trabajamos nunca cambia, lo que nos impulsó a hallar una revelación final distinta. El niño es alguien que lleva la muerte en la cabeza, pero de una manera que le aleja de la vida. Por ello, para nosotros, el hecho de acercarlo a la muerte en el final, donde llama a su madre, era fundamental. Porque ahí no llama a Alá ni al Profeta. Ahmed, como cualquier niño del mundo, llama a su madre. Momento en el que su fanatismo desaparece”, aclara.

Así es. El niño es niño cuando su cuerpo-coraza, elemento principal de la sublime puesta en escena, se rompe como una vasija, como bien nos explica el director: “La película se construye alrededor del cuerpo. Sus manos, su cara, su boca… todo debe ser lavado… El cuchillo lo esconde en su cuerpo… Siempre estamos rondando su cuerpo. Un cuerpo que limita un entorno banal, muy cercano a nosotros, lo que hace de su presencia algo enigmático… oscuro… incomprensible. Ese cuerpo no se deja tocar por nadie ni por nada, sea un perro o una niña. Porque Ahmed cree estar más allá de la tierra. Estar por encima. Por eso cae al final a plomo desde las alturas, instante en que desaparecen sus ideales. Porque ese cuerpo es una vasija rota. De ahí que lo filmáramos como si fuera un cambio de muda. Y su arma se convierte en un llamador. Rota la vasija, vemos por fin al niño. Ahmed es un chaval en un patio llamando a su madre con un instrumento que se parece mucho a esos juguetes que los niños sacan de los baúles del cole”.

 Hay esperanza, por tanto, para este musulmán radical en esta seria obra de arte. Esa esperanza vive dentro de una verdad última de todo punto invisible para la derecha política actual. Pero El joven Ahmed no hará migas tampoco con la izquierda, tan tendente a obviar los problemas procedentes de ‘las minorías’. Es el precio a pagar cuando miras valientemente a esa locura que tiene nombre y apellidos, pese a quien pese. “Tanto Europa como países como Túnez o Marruecos no han medido la fuerza del fanatismo procedente de los Hermanos Musulmanes y de los wahabitas. Fueron necesarios los atentados para entender que toda una juventud en Europa se podía fanatizar. Son jóvenes que no abrazaban un Islam de la luz, sino uno fundamentalista, salafista, predicado por inmigrantes que buscan la escisión entre los ‘verdaderos musulmanes’ y el resto de occidentales”, asegura Luc con contundencia. 

Un panorama desolador, alentado, según el cineasta, por “algunos medios e Internet”, que, sin embargo, no le roba al veterano autor la esperanza. “No debemos caer en la paranoia. Hay un trabajo de educación por hacer: el de educar a los jóvenes en la tolerancia, pues cualquier religión puede volverse fanática. Como lo fue el catolicismo. Pero hay que reaccionar. Y es algo que en Bélgica estamos haciendo. Allí ya hemos empezado a vigilar quién es un Imán y quién no. Los musulmanes deben ser educados en el Islam de la tolerancia y no en el de la intolerancia. Y esto, cierto es, se presenta como un verdadero reto”, asevera.

Esperanzado también, aunque algo menos, se muestra este Dardenne cuando diserta sobre el cine actual: “Doy clases en la universidad y veo una baja en lo tocante al cine como arte. Hay una especie de monocultura con los filmes Marvel. Tampoco tengo nada en contra, pero hay menos diversidad que antes. Ahora bien, cuando se muestran películas alejadas del blockbuster, veo una respuesta en esos jóvenes. Así que lo que hace falta es un trabajo. Y concienciar a los gobiernos, porque el presupuesto dado a toda la cuestión del arte no es suficiente. Y no lo es porque no entienden que el arte no es un suplemento, sino algo que nos ayuda a vivir”.

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