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Entrevista a Pablo Larraín

posted by Alberto Varet Pascual 24 mayo, 2016 0 comments

Pablo Larraín

El Club, la última cinta de Pablo Larraín, es tan extrema que puede dejar perplejo a su propio director. O, al menos, ésa es la impresión que se le quedó a este crítico tras la round table de 15 minutos que mantuvo con él en Picadilly Circus. Allí, tras acabar su tiempo, el director chileno, muy amable y curioso, se me acercó para decirme: ‘Lamento que no veas a Dios en mi película porque creo que es posible encontrar en ella una perspectiva mística también’. Intuí entonces que, quizás, mi primera pregunta, con la que se abrió el fuego en la mesa, quebró algunas de sus certezas. Una charla, por tanto, productiva, que puede hacernos comprender mejor las claves de una obra tremendamente hermética.

*En negro, nuestras preguntas.

 

– ¿Cree en Dios?

No lo sé.

– ¿Es agnóstico, entonces?

Depende del día, tío… pero puedo decir que me gusta Cristo, aunque no los cristianos.

– Lo pregunto porque en su película tengo la impresión de que no hay Dios.  

Oh, creo que sí que lo hay. Pienso que es una película católica muy espiritual.

– ¿En serio? Lo digo porque, por ejemplo, el mar en la película es simplemente un mar, algo que los aísla, pero no puedo ver la fuerza de algo creado por Dios.

Bien, estas personas son prisioneras en un lugar sin ventanas ni cerrojos. El más claustrofóbico espacio pero, al mismo tiempo, el más abierto en la tierra. Este contraste es poderoso para mí. Ellos están allí porque quieren, nadie los fuerza. Es el único lugar en el que encuentran paz. Lo protegen ante la posibilidad de perderlo.

-Hablando de la localización, comparado con No es muy restrictiva. ¿Buscaba algo más pequeño en esta ocasión?

Es la naturaleza de la película, que trata de un lugar lejos de la sociedad, perdido en un lugar de la costa de mi país, así que debía ser así. En el Vaticano hubiera sido diferente. La película es acerca de un tipo de naturaleza y el intento de protegerla. También acerca de una libertad, porque , cuando haces una película que no implica muchos recursos, sientes esa especie de libertad también.

– ¿Cómo escribió el guión?

Bueno, es una combinación de ideas, una colaboración entre tres escritores, Daniel Villalobos, Guillermo Calderón y yo. Pienso que soy el único, de hecho, que fue a un colegio católico, pero si vives en un país como Chile, no importa si eres católico o no, siempre vas a estar conectado a la Iglesia Católica porque es tan poderosa que está en cualquier lado. El punto interesante es que cada uno tenía una forma diferente de aproximarse a la historia, así que mezclamos diferentes versiones. Mismo país, misma sociedad, pero distinta perspectiva sobre el problema.

– ¿Qué clase de documentación ha realizado?

Tuve la posibilidad de hablar con una pareja de antiguos curas, tipos que dejaron la institución por diversas razones y que querían contarnos algunas cosas difíciles de conocer como, por ejemplo, los regímenes en una casa así, donde hay un horario, reglas, tiempo de rezo, horas de comida, de oración… Todas esas cosas llegaron a la película, pero, a partir de ahí, comienza la ficción. La gente me pregunta a veces si todo esto existe. ‘Sí’, les digo. ‘¿Es así?’ ‘No lo sé. Quizás’. Nunca he estado allí porque nunca me dejarían. Pero lo que hacemos los cineastas es ficción, creamos algo que es ficción porque quién sabe lo que ocurre en esas casas.

– Quisiera preguntar acerca de las interpretaciones. He oído que les daba páginas cuando se quedaba a solas con ellos.

Ellos nunca leían el guión antes de entrar en el set.

– Algo que encuentro interesante es el modo en el que se justifican, en contra de la religión, en contra de todo. Especialmente la mujer, en cuya interpretación ves esos sentimientos encontrados. ¿Sabían los actores qué expresar antes de llegar al set?

Bueno, lo primero que quiero decir es que con ellos ya he trabajo durante años, así que nos conocemos, pero esta vez les invité a ser parte del proceso, a releer y repensar el guión. En esta ocasión ellos no sabían nada acerca del otro, ni de ellos mismos, así que cuando los estábamos maquillando o entraban en el set decían ‘ok…’, como quien dice, ‘¿cómo puedo hacer esto?’. Se asustaban, pero yo decía: ‘Está bien, tómatelo con calma’. Y hacíamos una toma, y otra, y descubríamos que los personajes se creaban allí mismo.

– El resultado es que los personajes son tremendamente reales.

Sí, porque si sabes lo que hay de antemano, el actor sabe dónde está, pero lo que encuentro interesante es que, si tú no sabes nada, entonces crees que el personaje es un hombre perdido. En este caso, el lugar es como un limbo. Eso crea una intriga enorme en la audiencia. Además, ellos improvisaban, y lo hacían desde un lugar en el que ningún actor había estado antes, así que no podían proteger al personaje. Y eso es lo que yo hago también, mirarlos con compasión.  

– Tengo la idea de que en la película nadie puede juzgarlos. Están aislados, así que el Estado no llega hasta allí, la Iglesia no los puede juzgar porque no quiere, la gente que les rodea tampoco preguntan quiénes son estos tipos y, en mi opinión, Dios no los juzga tampoco. ¿Quién los juzga, entonces? ¿Quién puede juzgarlos? ¿Quién pregunta por ellos o se apiada de ellos?  

Tú, tío..

– El espectador.

Claro.

– Vale, así que usted abre la puerta para mostrar algo…

Claro. ¿Por qué iba a juzgar? Sería tan poco interesante para la audiencia. Cuando veo una película, quiero hacer algo, ser parte de un proceso. El director necesita dejar algo abierto. Pensemos acerca de la víctima, ese hombre que grita fuera de la casa. La primera cosa que a uno le llega a la cabeza como cineasta es filmarlo y describirlo visualmente, porque esto es cine, no radio. Pero, después, porque esto vino tras conocer algunas víctimas de abusos que hablaban así tras haber sido abusados sistemáticamente durante años y años (no tenían ningún problema en explicar gráficamente su trauma como quien explica cómo se hace una tarta), decidí usar esa voz para dejar a la audiencia que imaginase. Y no hay nada más peligroso que la mente humana, tan llena de lugares oscuros e imágenes imposibles de filmar. Poco importa lo majo que seas.  

– ¿Podemos decir que hay tiempo para la reconciliación con el pasado?

¿Para ellos? No lo sé, pero, ¿has leído alguna vez acerca de un cura que admitiese lo que hizo? [Risas] Yo tampoco. Y he buscado. Encontré a uno con el que pasé un mes. Un simple cura entre todos los lugares y los lenguajes del mundo que admitió lo que pasó.

– ¿Dirías que es un crimen general o particular?

No, creo que es algo que viene de lejos. Los miembros de la Iglesia no creen en una justicia regular, sino en una que está en la mirada de Dios. Y nosotros, la gente civil, cree que si alguien comete un crimen, debe juzgarlo un juez. Se supones que somos iguales ante la ley, y ante los ojos de Dios también. Pero ellos no creen en la justicia civil, así que la evitan.

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