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Entrevista Todd Miller (Apolo 11)

posted by Alberto Varet Pascual 8 julio, 2019 0 comments

Esta historia suele comenzar con el archiconocido ‘Un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la humanidad’. La frase, verdadero emblema de la superación humana, parece haber borrado las huellas previas de toda una aventura espacial que el norteamericano Todd Miller pretende rescatar del olvido en su 50 aniversario. De hecho, para el cineasta, el instante más conmovedor no tiene lugar en la Luna, sino en en la Tierra, justo antes del viaje, cuando los astronautas se visten con los trajes espaciales. ‘Es uno de los primeros rollos que visualizamos. Ellos están ahí, haciendo un test de lanzamiento. Se ponen los trajes, suben a la nave, hacen la prueba y vuelven a casa en un ambiente jovial. Algo que se opone a la seriedad del día del lanzamiento. Es una escena que siempre me pone la piel de gallina’, comenta.

Esta búsqueda de la emoción original ratifica la construcción lineal de Apolo 11. Una linealidad que no atenta contra la digresión narrativa (hay montajes paralelos y polivisión), ni redunda en una falta de sorpresas durante el metraje. Prueba de ello es el duelo en edición paralela entre los rostros tensos de los astronautas antes del despegue y las caras cargadas de incertidumbre de un público, ¡oh, sorpresa!, multicultural. 

Efectivamente, si algo prueba Apolo 11 es que la mejor vacuna contra el verborrea victimista actual son las imágenes de archivo. Así lo explica Miller: ‘Desde el punto de vista documental queríamos ser objetivos. Para mí, algunos documentales del pasado no representan con exactitud el ambiente del momento. Al bucear en los archivos vimos que había presencia de mujeres y de gente negra mirando el lanzamiento, unas tomas que se nos habían escamoteado. Pero es que, además, hay pruebas de la presencia en control de la ingeniera Joann Morgan, quien tuvo un imprescindible papel en la operación, o imágenes de un técnico de color que medía la radiación que recibían los astronautas’.

Porque este registro de la NASA abarca mucho más que el viaje en sí mismo. Como bien dice el director, ‘es la epopeya de un tiempo que nuestra generación ha tenido la suerte de vivir’. El territorio de Apolo 11 es, por tanto, el del tiempo, materia prima del cine y gran protagonista de un metraje que no deja de resaltar el potencial del medio para atraparlo. Su relatividad se hace patente en la linealidad de la propuesta, no sólo por la citada multiplicidad temporal dentro del propio dispositivo, también por la condensación de nueve días de importantísimos acontecimientos en 90 minutos. ‘Esos nueve días formaban nuestra particular línea de tiempo’, afirma Miller. ‘A partir de ahí relacionamos todos los hechos del material de archivo. Para ello tuvimos que bucear en mucha información. Hablamos con las familias de los astronautas, revisamos las imágenes que no se han visto y comprobamos la fidelidad de otras obras de ficción y documental sobre el viaje. Fue como meternos en una máquina del tiempo donde se desplegaban ante nosotros imágenes insólitas’, asevera.

Los brutos a los que se refiere el entrevistado son tan ingentes que solo de audio existen 18.000 horas. A la NASA le venía bien alguien que los cuantificara, y nadie mejor para esta labor que un cineasta. Así que la organización aceptó la intromisión de Miller en un territorio dominado por las imágenes de gran formato (se esperan proyecciones IMAX de la película en todo el mundo) y de 16mm. en cámaras instaladas en las ventanas de la nave y el módulo de control. Una multiplicidad de miradas representada en el film mediante la polivisión, descrita por el director de esta manera: ‘Las filmaciones eran simultáneas, técnicamente muy exactas. Toda la escena del viaje en la que vemos la pantalla partida es muy importante desde el punto de vista histórico, porque las cámaras de 16mm., tanto del módulo lunar como la del módulo de control, estaban registrando lo que ocurría al mismo tiempo’. 

Este trabajo de edición lo emparenta el propio autor con el Direct Cinema: ‘Soy un fan del cine directo, de su estilo. Sobre todo de las pelis en gran formato de los 50 y 60, de todo aquel cine pre-vanguardista. Son obras en las que no se ven las huellas del cineasta. Esas son mis favoritas’. Pero decide quitarse méritos en el resultado final al reivindicar la verdadera autoría de las magistrales imágenes que pueblan su cinta: ‘Todos los astronautas eran miembros de la American Society of Cinematographers. La gente se olvida de que fueron ellos los que tomaron las imágenes más icónicas del proyecto. Descubrimos que eran unos técnicos increíbles’. 

Esta grandeza a la que alude Miller pone de relieve, no obstante, la decisión más discutible del film, que no es otra que el rebozo sonoro de una banda sonora épica que parece dudar del potencial de lo rodado. El director lo defiende: ‘La música es de mi más antiguo colaborador, Matt Morton, una de las personas más creativas que conozco. Aquí ha usado instrumentos que existían antes de 1969. Como un sintetizador llamado Moog de 1968. Juntos hicimos un pre-score. De él surgieron muchas horas de música electrónica que cincelamos para acoplarlas en la película. Encuentro esta forma de trabajar maravillosa. De hecho, creo que la repetiré en el futuro’.

Al que esto escribe se le antoja, sin embargo, mucho más coherente el diseño de sonido del film, poblado tanto de audios procedentes del archivo de la NASA como de otros que fueron incluidos en el metraje tras fascinantes búsquedas. Miller cita, por ejemplo, cómo ‘se escuchó una alarma durante el alunizaje, un sonido que no estaba en el registro visual’. ‘Supusimos que es algo que sólo se escuchó en los cascos de los astronautas, así que decidimos indagar sobre aquel tono, lo que nos llevó a MIT Flight Dinamics, el departamento que desarrolló las misiones de vuelo. Y sí, ellos tenían el tono de aquella alarma. Lo llevamos al diseño de sonido y nos aseguramos de que Buzz Aldrin lo escuchara para confirmar que ese sonido es el que él escuchó. Trabajamos de esta forma en varias escenas. Incluso para cosas más técnicas. Fue increíble colaborar con estos héroes’, sentencia.

Si el viaje de aquellos hombres fue histórico, el de Miller, a través de todos estos registros, le rinde el tributo justo. Su buceo por el material original ha sido tan intenso que simplemente mentarle la ‘conspiración Kubrick‘ le saca la carcajada: ‘La verdad es que me fascina imaginar a millones de personas creando una conspiración sobre el alunizaje cuando todos sabemos que ocurrió. Además, los que mandan no son tan competentes como para esconder esto durante 50 años’, concluye entre sonrisas.


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