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Festival de Sitges 21: Crónica III

posted by Marc Muñoz 19 octubre, 2021 0 comments

El pasado sábado concluyó para quien escribe – aún restaría la jornada dominical para algunos – la última edición del Festival de Sitges. La misma que ha servido para reconectar con aquello que hace de esta cita cinematográfica algo único en su especie. Una burbuja en que las angustias y las pesadillas confrontadas recientemente quedaron aparcadas y desplazadas por las planteadas desde la parcela de la ficción, mucho más saludables al fin y al cabo. Parte ineludible de esa ansiada vuelta a la normalidad fue el retomar una tradición no escrita que esta casa cumple año tras año a rajatabla: el perderse la mejor película elegida por el jurado. En esta ocasión, la elegida por parte de un jurado presidido por Alaska fue la islandesa Lamb. Más allá de las pertinentes valoraciones y quejas sobre el siempre discordante palmarés, esta última edición defendió aquello que la diferencia de otros certámenes apostando por  un cine desacomplejado, diseñado para el disfrute de su camada de feligreses, y que convive con apuestas más arriesgadas y autorales que terminan con su inevitable goteo de deserciones y abucheos. Así pues, la cuenta de resultados de este año se cierra con varios tropiezos (siempre una cantidad estimable), películas que cumplen con sus prestaciones para esta arena festivalera, y unas pocas que deslumbran y se emancipan de olvido. Sin más, repasamos algunas de las cazadas durante las últimas jornadas.

Sion Sono, al igual que Ben Wheatley y otros ilustres cineastas contemporáneos, guarda un espacio preferencial entre los programadores, asimismo por la parroquia que acude a la llamada del festival catalán. Sin embargo, su primera incursión en suelo norteamericano se salda con uno de los grandes batacazos de Sitges 2021. No solo para el cinéfilo exigente sino, me atrevería a decir, para el fan irredento del de Why Don’t you play in hell?. Prisioners of the Ghostland presentaba a priori todos los ingredientes que convierten su cine en un goce sin limitaciones. Sin embargo, esta vez,  ni rastro de esa punzada gamberra y desacomplejada, sino un desaguisado tremendo que brilla por su poca coherencia, ritmo e interés. Prisioners of the Ghostland se introduce como alucinado western survival post-apocalíptico donde el personaje que interpreta Nicolas Cage tiene la misión de recuperar la hija de un gobernador cowboy si no quiere ver un cuerpo amputado. Pese a ese escenario propicio para accionar el disparate marca de la casa, esa locura a ritmo desenfrenado que define parte importante de la filmografía del nipón, la cinta se ve incapacitada, desde el primer frame, para entusiasmar al espectador, despreciando su potencial a las primeras de cambio, como si Sono se estuviera conteniendo y reservando a la hora de filmar, plantear las secuencias; especialmente aquellas de acción que adolecen de fuerza visual y pulso alocado. Ni las notas de humor corrigen este sonado sinsentido de mezcolanza de géneros.

Nitram

Le siguió una de las películas más maduras y férreas del festival, también de su director. Justin Kurzel se aleja de la órbita hollywoodienses para interesarse por uno de los episodios más sangrientos de su Australia natal. Nitram es la disección clínica de un paria social y de cómo esa mente inestable cae sin remisión hacia un estadio de demencia de consecuencias trágicas. Su áspero y seco retrato del joven que perpetró la matanza de Port Arthur es de los que calan en los huesos a cocción lenta. La obra incide en ese horror interno que convierte a un chico frágil en un monstruo inclemente. La escalofriante punción a cámara lenta que ejerce el personaje sobre el espectador se apoya en la maravillosa realización de Kurzel, quien opta por la elipsis en los estallidos de la violencia física. Sin embargo, otro tipo de violencia, la que enturbia los ambientes familiares y su entorno más cercano, y que presgia ese final inevitable, late en todos sus estudiados encuadres y movimientos de cámara. Esa tensión irrespirable que permea sus fotogramas y que, gracias al inmenso trabajo de cámara y de las descomunales interpretaciones de Caleb Landry Jones (premio a la mejor interpretación masculina en Cannes), Judy Davis y Anthony LaPaglia, hiela la sangre de quien observa la caída al abismo sin posible salvación de este personaje. Su plano final es otra lección magistral de cine en esta impecable película.

Sorprende que el festival decidiera otorgar la «Màquina del temps» a Neill Blomkamp, un joven director que oficializó su entrada en la arena del cine con la notable Distrito 9 y que desde entonces su carrera parece haber entrado en barrena. Desde su vilipendiada Chappie (2015), el director sudafricano no dirigía un largo. Rompe el hiato con Demonic, un film autofinanciado, sin actores conocidos y rodado en tiempos de Covid-19. Blomkamp plantea preguntas alrededor de los mundos simulados en este mejunje que coquetea con el terror de posesiones y el sobrenatural, y que circunda desorientado y sin pulso durante la mayor parte de su indiferente recorrido. Hay además cierta pereza formal que impregna las imágenes de un tono aún más amateur en esta cinta que confirma que Blomkamp es un director con gran habilidad técnica pero acusado vacío autoral. Así que sí, la «Màquina del temps» resultaba excesiva a todas luces, especialmente tras el resultado de su última tentativa.

Earwig

El mal regusto dejado por lo último del director de Elysium quedó disipado de un plumazo con Earwig, la mejor obra vista durante todo el certamen para quien arriba firma. La propia directora de la cinta, la francesa Lucile Hadzihalilovic, fue la primera en sorprenderse al recibir, en la gala previa que precedió la proyección, el Mélies de Oro por una trayectoria que solo cuenta con tres películas, la última de estas la presentada en el festival español. Bagaje suficiente para reivindicarla como una de las voces más estimulantes del actual cine europeo y fantástico, y más atendiendo su última propuesta. Antes del inicio de esta, la directora de Evolution cedió la clave para penetrar en su misterioso tejido fílmico: «Aparcad la razón y dejaros llevar por este viaje como prisioneros». Su tercer esfuerzo entra en ese cine adscrito en los márgenes de la narratividad canónica que obliga al espectador a sumergirse en su intricando universo para intentar iluminar de sentido su obtuso recorrido. Estamos ante una obra embriagadora formulada a través de una atmósfera que hipnotiza al que prevalece – hubo un goteo de salidas durante la proyección importante – y que se deja arrastrar en su fascinante, retorcido e inquietante juego. Con el mínimo andamiaje narrativo, con una perturbadora premisa alrededor de un cuidador de una niña a la que no permite disfrutar del exterior y prepara para un intercambio de naturaleza desconocida, el espectador se ve abducido por su fantasmagórica y onírica ambientación mientras intenta rellenar los estimulantes vacíos de este relato sobre traumas arrastrados e identidades difuminadas y vampirizadas. Todo el visionado emite un poder evocador inmenso que se sirve de la fotografía más excelsa que uno recuerda en años. La misma que busca aproximarse al cine de Lynch, también en la formulación de esos agujeros narrativos adosados a pistas de interpretación abierta, pero también del cine de Jean Pierre Jeunet, Terence Davies, Víctor Erice y hasta de la pintura de Francis Bacon. Herramientas con las que Hadzihalilovic edifica una experiencia sensorial subyugante para ser vivida en la pantalla grande del Auditori. Inmejorable fin de fiesta.

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