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63 Festival de San Sebastián: crónica jornada III (domingo 20 de septiembre)

posted by Jose Luis Muñoz 21 septiembre, 2015 0 comments

mi gran noche

No decepciona Álex de la Iglesia en su disparatada y divertidísima Mi gran noche, su película con Raphael que va a concurso. Podrá gustar más o menos el cantante, símbolo de una época, pero hay que rendirle un aplauso por haber sido capaz de reírse de sí mismo, algo que le honra más allá de sus condiciones vocales y haberse mantenido sobre los escenarios de forma incombustible. Álex de la Iglesia urde un espectáculo divertidísimo que mantiene una cota muy alta durante casi toda la proyección. Un tipo en paro con la cara de Pepón Nieto es contratado in extremis para suplir al figurante de la grabación de una noche de fin de año que ha sido aplastado por una grúa. A partir de allí se inicia el fenomenal y descacharrante espectáculo rodado con toda clase de medios que Alex de la Iglesia domina con férreo control. Unos diálogos chispeantes, que enlaza un chiste bueno con otro mejor; un elenco de actores en el que prácticamente están todos; una coreografía luminosa y dinámica; una planificación sencillamente espectacular. Y personajes que son un gran acierto como Yuri, al que Carlos Areces pone cara, el hijo ruso de Alphonse; o el psicópata fan de Alphonse que se sabe sus canciones de memoria. La comedia disparatada de Álex de la Iglesia rinde homenaje a otro disparate cinematográfico de otro director, Blake Edwards: El guateque. Aquí el gafé no es Pepón Nieto sino todo aquel que se cruza con la figurante protagonizada por una chispeante Blanca Suárez que tiene una historia de amor con él en directo. Un final con espuma de jabón, pero sin elefante.

21 noches con Pattie es otra extraña participación en la sección oficial por parte de Francia. La película viene firmada por los hermanos Larrieu, Jean-Marie y Arnaud, los responsables de El amor es un crimen perfecto, y la historia es delirante y con algún que otro milagro de por medio, consecuencia, seguramente, de su lugar de nacimiento: Lourdes. A un pueblo de los Pirineos franceses llega Caroline (Isabelle Carré), una joven de ciudad, con el propósito de organizar el funeral de su madre Isabelle Winter (el apellido no es casual porque creo que a ese rincón, de alguna manera, les llega la Tramontana) a la que apenas conocía, recién fallecida mientras hacía la siesta,  que descansa en una de las habitaciones de una casa hermosa y luminosa. Pronto traba amistad con la hermosa y madura Pattie (Karin Viard), la mujer que se cuidaba de la casa de su madre, promiscua exacerbada, que le detalla todo tipo de confidencias sexuales.  El cadáver de la madre desaparece como por ensalmo el mismo día que llega para rendirle homenaje Jean (André Dussollier), un escritor maduro con cierto parecido con el premio nobel Jean-Marie Clezio. Lo que sigue, encuentros y desencuentros en una pequeña aldea dominada por la sexualidad desmedida de sus habitantes, como El sueño de una noche de verano de Shakespeare, es puro disparate. Que una película aborde el tema de la necrofilia en términos de comedia, es todo un desafío. El guión es caótico, y errático. El sexo es más oral, de la oralidad de Pattie que explicita de forma muy viva sus experiencias sexuales con todos los habitantes del pueblo a la oyente  Caroline, hasta el punto de despertar su libido dormida, incluido un subnormal bien dotado que interpreta Denis Lavant (actor fetiche de Leo Carax), que visual. Y Sergi López, vía Skype, o en persona, en una no menos delirante escena final, da el toque independentista cuando Caroline, su esposa, despierta de nuevo a la sexualidad aduciendo al viento cálido que sopla de España: Cataluña, matiza. ¿Una Tramontana que afecta a la zona genital y a la cabeza de los hermanos Larrieu?

A primera hora de la tarde, en el teatro Kursaal, llega la seria opción, desde el punto de vista de este cinéfilo, a la Concha de Oro. Sparrow viene de Islandia y es una coproducción con Dinamarca y Croacia. Drama sórdido e intenso que gira alrededor del adolescente de 16 años Ari (Atli Oskar Fjalarsson), brillante cantante del coro de su colegio de Reyjkjavik, devuelto a su padre por su madre cuando ésta emprende una nueva relación y quiere viajar por África. Gunnar (Ingvar Eggert Sigurdsson), su padre, vive en un confín de Islandia, en una población dispersa junto a los fiordos del norte y trabaja en una fábrica de pescado. Padre e hijo hacen seis años que no se ven, con lo que son casi unos desconocidos. Padre es un fracasado que ahoga en mares de alcohol, con sus amigos, en unas fiestas que no tienen fin. Los únicos anclajes emocionales del joven recién llegado son su amantísima abuela; una amiga de la infancia a quien reencuentra pero anda liada con un novio posesivo y violento; y un anciano compañero de trabajo en la fábrica de pescado con el que hace migas. Pero la situación de ese joven se hace insostenible a medida que pasan los meses y no se adapta a su entorno. Rúnar Rúnarsson retrata un ambiente desolador en donde la única salida es el alcohol y borda todas las secuencias con una caligrafía impecable manteniendo el mismo tono. Ejemplar la iniciación al sexo del protagonista por parte de una amiga del padre (el director opta por el primer plano del rostro del joven Ari mientras su amante se difumina en un espejo); la conversación telefónica a gritos con su madre reclamando volver a Reykjavik; y esa fiesta con drogas que promete ser feliz y se convierte en una pesadilla para su inmovilizado observador. Rúnar Rúnarsson filma su drama familiar con una fotografía fría que recoge la dureza del paisaje islandés y su cielo grisáceo y se sirve de unos actores extraordinarios. El fracaso es contagioso. De padre perdedor, hijo igual. Pero subyace una enorme ternura en la relación de esos dos seres unidos por los vínculos de la sangre, solitarios y que se necesitan. Ari busca el brazo de su padre, inconsciente tras uno de sus habituales comas etílicos. Una esperanza ante tantísima desolación y frustración.


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