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67º Festival de San Sebastián: Crónica III

posted by Jose Luis Muñoz 23 septiembre, 2019 0 comments

Hoy toca lluvia, por hablar ayer del calor, y la temperatura bajó de los 25 a los 15. Me planteo coger un bus urbano, el 13, pero sale muy tarde y no llegaré a las 9 al Victoria Eugenia. Así es que me armo de valor, cojo la bici y chapoteo en todos los charcos. Suerte que yo mismo soy una secadora. Cosas de mi excepcional temperatura corporal que me permite planchar con las manos.

Audición es una coproducción entre Alemania y Francia, rodada en Alemania y hablada en los dos idiomas. La protagonista, una exigente profesora de música, Anna, es alemana; su pareja, un artesano que fabrica instrumentos de cuerda, francés. La música entra a lo grande en la competición con esta película de la realizadora berlinesa Ina Weisse, responsable del guión. Anna tiene un amante, un contrabajista (aquí hasta el sexo se mueve en el mundo de los arpegios, corcheas y semicorcheas). Cuando la profesora de música acoge bajo su tutela a un virtuoso y joven violinista, su hijo Jonás, minusvalorado por esa madre exigente, sufre celos insufribles. Anna se derrumba emocionalmente cuando, en aras de la perfección absoluta, humilla a su aventajado alumno y este se rebela en una de las escenas más tensas y de violencia soterrada del film. Película muy interesante esta Audición que gira en torno a la exigencia artística que conlleva la praxis de todo arte. Anna es una mujer  insegura (pierde el arco del violín en medio de un concierto, y eso la sume en la desesperación) e indecisa (en el restaurante al que acude con su pareja cambia tres veces de mesa y otras tantas de plato). Intuimos una educación rígida y exigente por parte de sus padres (el padre, en una de las secuencias, mete el brazo de su nieto en un hormiguero). Brillantes interpretaciones por parte de todo el elenco de actores, especialmente de Nina Hoss, matizando su personaje de Anna, una mujer que oculta una enorme fragilidad bajo su coraza de profesora de música despiadada. Y de nuevo en el festival el conflicto entre madre e hijo, y al tanto de lo que hace éste (ya lo sabrán cuando la vean) para eliminar a su rival en la atención de su madre. Una gozada de película, y no sólo musicalmente hablando, que también. 

Desayuno en Baluarte, lo mismo que ayer, y la deliciosa tarta de almendras y crema pastelera me sabe a menos porque es sensiblemente más pequeña. El precio no se reduce. Ha dejado de llover y ya hasta se han secado pantalón y camiseta por lo que descarto riesgo de pulmonía que me obsesionaba en mi trayecto matutino bajo la lluvia. Me sé el camino a ciegas. Me toca ahora cine exótico, de Kazajistán, de donde Eva Green fue propulsada hacia Marte ayer. Continúo sin ver a esa hermosa astronauta. No tengo tiempo de buscarla en el espacio. Prometo verla de nuevo en Soñadores cuando regrese a casa, con su boina roja sesentayochesca. 

El primer premio del festival se lo ha llevado Constantín Costa-Gavras, que recogió en persona el realizador franco-heleno. El premio Donostia premia su larga carrera de realizador comprometido, aunque él no se sienta muy satisfecho con esa clasificación. Lo cierto es que el director de Desaparecido aún tiene muchas cosas qué decir. Y hablando de compromiso social, ninguna película, de momento, se hace eco de la crisis migratoria. ¿Nada tienen que decir al respecto los directores europeos? 

Adilkhan Yerzhanov parece haber escuchado mi queja de ayer de que echaba en falta en el festival cine rompedor. El director kazajo me regala una fábula que, superado el primer momento de rechazo y estupor (pero esto ¿de qué va?) acaba enganchando. Su Oscuro, oscuro hombre, en referencia al poli protagonista de la historia, podrá gustar más o menos (conté una veintena de desertores que agachaban la cabeza educadamente en su fuga para no tapar los subtítulos); a mí terminó gustándome esta comedia negra y sangrienta rodada en un escenario desértico y de austera belleza: las planicies kazajas. Una investigación policial pretende acusar a un pobre demente de una serie de violaciones y asesinatos de niños cometidos por un pedófilo dirigente político. Un cuerpo de policía absolutamente corrupto ajusticia a golpes a sus víctimas en los interrogatorios para ahorrar juicios: la confesión con sangre entra. Una periodista extranjera mete la nariz en el asunto de los asesinatos de niños. El brutal policía asesino Bezkat finalmente se rebela contra los suyos y se niega a cargar el crimen al demente cuyas excentricidades acaban por hacerlo simpático a sus ojos. La pareja de locos, el falso culpable y su no menos estrafalaria pareja, resultan ser los más cuerdos e inteligentes de esta función con guiños al surrealismo constantes. Rastrea uno en este film demencial e iconoclasta cierto tono humorístico de Emir Kusturica (el coche policial se atasca constantemente, y lo han de empujar policías y detenidos; a un interrogado lo matan a golpes de obras completas de Leo Tolstoi, imagino por su peso y volumen de páginas; los policías tienen aspecto de haber sido reclutados en un circo felliniano, felicitaciones al director de casting por haber escogido a esa fauna), sin el desenfrenado ritmo zíngaro del director yugoslavo, sustituido por uno mucho más pausado, kazajo, pero atentos a las cuñas musicales, a tono con el relato cinematográfico: desconcertantes. El desenlace, con una delirante lectura de derechos cívicos a los detenidos por parte del policía protagonista Bezkat a sus colegas corruptos, que lo toman a chiste, remite a Quentin Tarantino. Como anécdota, tenía a mi lado una espectadora que se sepultada literalmente bajo su jersey hasta desaparecer en él. ¿Tenía frío? ¿Me había abandonado el desodorante? No. Fobia a la sangre, aunque fuera en una comedia negra tan descacharrante e iconoclasta como ésta. No había niños en conflicto con sus padres. Bien. Empezaba a cansarme. 

El Principal, con su característico perfume a rancio que irradia de su patio de butacas, sólo existe en mi memoria o en San Sebastián. Allí me toca ver La odisea de los Giles, espantoso título de la aportación argentina a la sección oficial. Antes me he tomado un bikini (he traducido sándwich de jamón y queso fundido al camarero en una terraza ante el riesgo de que me trajera un dos piezas a la mesa) que me ha costado como un menú en Barcelona. Donostia es cara y más por el festival. La película argentina es, de las películas de la Sección Oficial, aunque no vaya a concurso, la más convencional de las vistas. El director Sebastián Borensztein factura un film amable y simpático que hace justicia poética a los afectados por el corralito argentino. Una panda de idealistas maduros se propone crear una cooperativa para animar la economía de su pequeño pueblo. Cuando consiguen la plata de los cooperantes, los muy incautos, la ingresan en el banco el día  antes de que haga fallida el sistema bancario argentino. La pasta contante y sonante, algo más de ciento cincuenta mil dólares, se la lleva íntegra un especulador local. Los afectados deciden hacer una especie de rififí para recuperar su dinero y sacarlo del búnker en donde lo tiene sepultado el granuja en cuanto reciben el soplo. En tono de comedia entrañable, con todos los tics y convencionalismos que no rehúyen momentos cursis y sentimentalismo barato, el film emplea a la familia Darín en pleno, Ricardo y Chino Darín que, además de interpretar el papel de hijo del popular actor argentino ejerce de productor ejecutivo de la cinta. Auguro una buena carrera comercial cuando se estrene en España. 

Otra taza de cine rompedor en el añejo Principal, que podrá estar mejor o peor conseguido. James Franco también parece haberme oído y su película Zeroville, interpretada, con look de Yul Brynner, y dirigida por él, es un canto al cine dentro del cine a través de la accidentada carrera de un tal Vikar, un mitómano que lleva en su cabeza rapada una imagen icónica de Un lugar en el sol con Montgomery Clift y Elizabeth Taylor, film por el que siente una devoción mística: de tramoyista en Hollywood pasa a ser un afamado montador. Sitúa el director de The Dissaster Artist, por la que  ya obtuvo una Concha (este año no podrá optar porque su film ya ha sido estrenado en Rusia e incumple las normas del festival) en la misma época que Quentin Tarantino localiza su último film. La pasión poderosa que nuestro personaje, que interviene en rodajes míticos como Apocalipse now (asistimos a una de las tomas de Marlon Brando recitando un poema de Thomas S. Elliot), es amigo de John Millius (Seth Rogen) y es un experto cinéfilo (pese a haber pasado casi toda su vida en un seminario), siente por la bella Soledad (Megan Fox), una actriz de segunda fila de la que se rumorea que es hija bastarda de Luis Buñuel, se remonta al rodaje mítico de Un lugar en el sol. James Franco juega constantemente con el plano real y ficticio, que se entrecruzan en esta extraña película que no me acaba de convencer pese a sus aires de modernidad. Es un dicho en el cine que un buen montador puede remontar, valga la redundancia a medias, una mala película. James Franco no lo consigue a pesar de algunos buenos momentos de buen cine y de ese juego de fantasmas y espejos con los que constantemente juega. Las escenas de búsquedas en fotogramas perdidos de la imagen de su adorada Soledad; la conversación cinéfila que mantiene con quien asalta su habitación para robarle; su fijación por la copia original, que se perdió, de La pasión de Juana de Arco de Carl Theodor Dreyer o cuando literalmente queda sepultado por los negativos de películas que visiona compulsivamente en su moviola, son algunos de esos buenos momentos que depara Zeroville. A reseñar ese guiño cinéfilo a David Lynch con Cabeza borradora.

Regreso en bici consciente de mi último paseo donostiarra a caballo de ella. No quiero acabar otra vez como un pollo si mañana llueve como hoy, así es que seré civilizado y cogeré en el barrio de Altza, enfrente mismo de mi alojamiento, el bus 13 que me llevará al Bulevar a disfrutar de más cine.


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