Festivales

Crónica de la primera edición del Craft Film Festival

posted by Mireia Iniesta 27 abril, 2017 0 comments
A vueltas con el cuerpo

Andrés lee i escribe

La primera edición del Craft Film Festival de Barcelona ha derrochado, juventud iniciativa, ilusión y sobre todo arrojo, mucho arrojo. Con una programación de lo más arriesgado la organización, capitaneada por Aina Seguí, Vanessa Pérez y Massimo Perego ha sido capaz de llenar holgadamente las salas del cine Girona.

Si quisiéramos buscar un hilo conductor que hilvanase las películas seleccionadas, ese no podría que ser otro más que el cuerpo.  El cuerpo de nuevo, el cuerpo una vez más, el cuerpo como una gran obertura, un abismo sin fondo, una urgencia casi sádica. Por más que la película galardonada por el público, Andrés lee i escribe se aleje de esa línea temática, el grueso de las proyecciones tienen como centro neurálgico el cuerpo, y algunas de ellas son casi rayanas a lo escatológico. Los cuerpos y sus circunstancias resultan más elocuentes que las acciones de los personajes en la mayoría de las películas. Entre lo más destacado, encontramos  Rage un thriller polaco con hibridaciones propias del drama y reminiscencias a Locke de Steven Knight. Adam, un periodista de éxito se ve forzado a convertir su nocturna y rutinaria carrera diaria por las afueras de Varsovia en una contrarreloj para salvar a sus hijos. Durante su itinerario, será víctima de varios ataques, tanto físicos como psicológicos, su única defensa es imprimir más velocidad a su cuerpo, correr más rápido. Los jadeos y el sudor permanente copan los planos-afección de una película, cuya fórmula no parece agotarse jamás. En Ekaj, que guarda grandes similitudes con Midnight Cowboy, incluso con la cinta Girlfriend experience, se plantea la prostitución masculina como un modus vivendi. No obstante, el interés de la película no radica en esa actividad sino en las errancias de los dos protagonistas por la ciudad, un contexto hostil en el que dos losers buscan presas con las que alimentarse. La ciudad y sus habitantes se presentan como un elemento fagocitador que atrapa a los protagonistas, cuyas caras y cuerpos no dejan de ser perseguidos por una cámara de mano que no vacila en hacer uso del gran angular a la hora de recoger sus rostros y que copa la cinta de primerísimos planos. Una experiencia similar a la que se experimenta al ver las películas de Larry Clark, aunque Ekaj sea más humilde en su producción y quizá por ello, resulte más dura y profunda que las producciones de Clark. Por su parte, Needle boy, con grandes influencias de Oslo 31 de agosto y rasgos del cine de Haneke, se recrea en la misantropía de su personaje principal, un joven marcado por la pulsión de muerte. También en este caso se pone de manifiesto un proceder errático durante un día y una noche, que parece dar forma al “duelo” que debe afrontar el protagonista. Una vez más el estilo artesanal impregna la pantalla, la cámara de mano de principio a fin, una luz excesivamente tenue, sexo explícito, como testimonio de la vulgaridad de lo cotidiano y el plano de un tampax introducido en un vaso de cubata durante una fiesta, como metáfora de lo abyecto del que se imbuye el personaje principal. Recoge el testigo, Pervert  Boy, que da una vuelta de tuerca más a todo lo anteriormente descrito. Este film coreano expone el proceso mediante el cual un chico de pueblo se convierte en un pervertido sexual al más puro estilo Jack el destripador al trasladarse a una ciudad de Corea del sur. Obstinada en mostrar numerosos planos de desnudos del protagonista, obsesivamente falocéntrica, con constantes escenas onanistas del mismo en mini habitaciones decoradas con pósters de películas de éxito de los años ochenta, la película se recrea en el caldo de cultivo en el que se forja un pervertido al uso.

Pero sin duda alguna, Der Nowak es la película más escatológica y más artesanal del festival, con un estilo amateur que la hermana sin remisión al primer Almodóvar durante los primeros minutos de metraje, para acabar por dejar muy atrás a Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, y pasar a convertirse en un delirio que arrastra a su protagonista a transitar en el interior de su piso, en el que cada vez se encierra más y enloquece más, atravesando una senda paralela a la que transitó Caterine Denueve en Repulsion de Polanski. El miedo se disecciona con una voz en off que evoca la esquizofrenia colectiva y que ordena y manda, en un ejercicio vampírico que anula la voluntad de la protagonista. Ambientada en el Berlín actual, uno de lo elementos que más peso da a la película es la interpretación de la actriz Marta Bassols, que somete su cuerpo a las más crudas torturas en pos de imprimir realismo a su interpretación.

La conclusión a la que llego después de ver el festival es que el cine que sigue pariendo la crisis se ha vuelto más real, más precario, más auténtico, más irregular, más carnal, más abyecto y sobre todo, más necesario y más craft.


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