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Crónica Festival de Sitges 2019

posted by Mireia Iniesta 29 octubre, 2019 0 comments

El cine como pulsión vampírica 

Con un nutrido número de óperas primas en su haber los cuatro temas principales que parecen haberse impuesto en la cincuenta y dos edición del Festival de Sitges han sido: la fragmentación y “resurrección” del cuerpo, la familia, la antropofagia de la industria cinematográfica, y por supuesto, la locura.

Patrick-Mario Bernard y Pierre Trividic dirigen L’Angle Mort . Una obra que narra la historia de  un hombre negro de mediana edad que tiene la capacidad de volverse invisible desde su nacimiento. Una habilidad que va perdiendo con los años que comparte con otros personajes y que entraña el peligro de volverse irreversible. La narración tiene lugar en un contexto urbano casi siempre nocturno y opresivo, respondiendo a una ambientación claustrofóbica y malsana. L’Angle Mort nos habla de la necesidad y, a la vez, de la dificultad de ser visto y reconocido en una sociedad que estigmatiza y criminaliza la diversidad. Donde el anhelo de hacerse carne palpable se manifiesta para fracasar con la llegada del amor. Algo que enlaza con las vivencias del protagonista de J’ ai perdu mon corps de Jérémy Clapin. Película de animación profundamente estilizada y arriesgada con ayuda del 2D y el 3D, en la que una mano diseccionada busca su cuerpo. Un cuerpo que pertenece a un joven de origen árabe,cuya historia transcurre en paralelo a la de su mano. El contexto social parisino es, como en el caso de  L’Angle Mort, de una hostilidad inusitada. Otro de los puntos en común entre J’ ai perdu mon corps y la película de Patrick-Mario Bernard y Pierre Trividic, es el amor como elemento motivador y a la vez causa de profunda decepción Podría decirse que ambas películas recogen la desaparición o fragmentación de nuestros cuerpos en las grandes ciudades como metáfora de la antropofagia capitalista, donde el amor ya no tiene cabida y donde el aislamiento social estigmatiza a todo aquel que sea distinto.

Y de la fragmentación o desaparición del cuerpo pasamos a la experimentación o a la resurrección del mismo con películas como Paradise Hills, ópera prima de Alice Waddington. Con una clara influencia de la versión The Stepford Wives dirigida por Bryan Forbes. Paradise Hilles narra la historia de una institución ubicada en una isla paradisíaca a la que se envía a las chicas rebeldes y díscolas de familias ricas para que sean “reeducadas” en la obediencia. El objetivo es hacerlas encajar en el arquetipo de mujer burguesa impuesto por los cánones patriarcales de la alta sociedad. El problema es que esa reeducación pasa por asesinar y sustituir a las chicas por otras de baja extracción social sometidas a múltiples operaciones de estética para parecerse a las originales. Colocando a otro ser humano donde el filme de Bryan Forbes colocaba a un robot. La película de Waddington, aborda, más allá de los agravios que generan las diferencias de clase, la presión a la que están sometidas las mujeres en una sociedad en la que el capital erótico y social se convierte en exigencia para las del género femenino.

Esta idea de crear un ser humano a nuestro antojo alcanza su cenit con Depraved de Larry  Fessenden. Esta producción de bajo coste ofrece una versión posmoderna del mito de Frankenstein. Un cirujano ex miembro del ejército y gravemente afectado por el trastorno de estrés postraumático acepta llevar a cabo el experimento con el cuerpo de un hombre recién asesinado que volvía a casa tras pasar una noche romántica con su compañera. El humano recién creado será conocedor de su origen y se revelará contra su encierro. La película, narrada con pulso firme, constituye una dura crítica a la industria farmacéutica y a los conflictos bélicos. La arrogancia del Victor Frankenstein de Mary Shelley, en su calidad de demiurgo, es aquí sustituida por la empatía y el deseo de un ex combatiente de reparar, sin éxito, todo lo arrasado en su paso por la guerra.  

En esta edición la institución de la familia ha tenido un peso esencial en la programación del festival. Si hasta ahora la tendencia del género fantástico y de terror era hablar de la fragmentación familiar. Esta vez la consigna “la familia unida jamás será vencida” parece haberse impuesto. Si bien, en la mayoría de casos se trate de una unión forjada y fundamentada sobre el mal. 

Bloodline, ópera prima de Henry Jacobson es una comedia negra inspirada en la serie Dexter. Protagonizada por un asesino en serie que asesora a estudiantes en un instituto de secundaria. Un hombre aparentemente normal, felizmente casado y a la espera de un bebé, que asesina a todo aquel que agravie a sus estudiantes. A medida que avanza la trama descubrimos que de casta le viene al galgo y que la pulsión psicópata de nuestro protagonista tiene un origen hereditario.Con una puesta en escena sencilla, pero funcional, Bloodline resulta ser una propuesta original que apuesta por el crimen como única forma de mantener la unión del núcleo familiar. Igual de esenciales resultan los lazos sanguíneos en Come to daddy de Ant Timpson. El director de Turbo kid firma una comedia negra en la que la férrea unión entre un padre y un hijo, cuyo ingreso forzoso en el mundo del hampa, será decisivo para la salvación de ambos. Y para familia unida la de Ready or not de Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett, que hibrida a la perfección, thriller, comedia y terror, bebiendo de películas como Terrorífica luna de Miel .Después de casarse, una joven novia se verá forzada a jugar a un juego de azar con su familia política. El juego consistirá en huir durante toda una noche para evitar ser asesinada. También en este caso, la supervivencia familiar pasa, además de por la obligada renuncia al amor romántico, por el asesinato forzoso. 

En la misma línea está The Lodge de Veronika Franz y Severin Fiala. Aquí la indisoluble unión de dos hermanos y su deseo de proteger a su padre, así como su voluntad de honrar la vida de su madre, resultan elementos decisivos en el desarrollo de la trama. La película da otra vuelta de tuerca a la espeluznante tensión planteada en Goodnight Mommy. También en este caso, dos niños y una figura materna (esta vez impuesta) quedan socialmente aislados. Aunque la fidelidad al género no es uno de su fuertes, las  secuencias de carácter sobrenatural resultan acertadas y desgarradoras.  

Como excepción a los idilios familiares de carácter psicopático se alza The forest of love de Sion Sono. El director de Tokyo Tribe, Tag y Why Don’t You Play in Hell? pone una vez más de manifiesto su radicalidad y sube la apuesta a medida que avanza en una narración cada vez más cruenta y fratricida. Encima de la mesa un pacto de suicidio, unos personajes que son aspirantes a cineastas, toda una serie de saltos cronológicos y numerosos flashbacks. La película se revuelca en su exceso y reflexiona acerca del cine, y en especial, de la figura del director-tirano. Y lo hace mediante el personaje de Murata, un estafador cubierto por una pátina de carisma que convence a todo aquel que se cruce con él. A través de Murata, Sono juega con la idea un alter ego cineasta. Un tipo sádico que vampiriza a todos sus personajes y que pasa de carismático a monstruoso con suma facilidad  . 

En Nina Wu de Midi Z, el personaje del director de cine como figura tiránica, acosador psicológico y sexual (inspirado en Harvey Weinstein) se materializa en forma de pesadilla recurrente en la mente de una actriz que quiere abrirse camino en el mundo del séptimo arte. Un delirio de imágenes estilizadas que recrean una serie de situaciones repetitivas que se manifiestan en un bucle infernal de tonos lyncheanos. Un sufrimiento idéntico al experimentado por la aspirante actriz de Demons, de Daniel Hui. Una joven actriz cae en manos de un director de teatro sádico y cruel, que durante el primer casting se pregunta en qué momento la muchacha va a desnudarse ante él. La película se muestra muy cercana en sus planteamientos estéticos y narrativos al cine experimental al tiempo en que cuestiona la violencia que subyace a la creación artística, poniéndola al mismo nivel que el canibalismo. 

Tanto la victimización de los actores como la tiranía de la figura del director alcanzan su máxima expresión en Mope, ópera prima de Lucas Heyne. Mope es el nombre que reciben los actores de categoría más baja, como es el caso del protagonista de la película.  Un loser con un miembro demasiado pequeño como para encajar en el mundo que idealiza.No resulta casual que su protagonista sea un hombre afroamericano, adoptado y con un serio trastorno mental. Una vez más se estigmatiza al que no puede encajar en el rebaño. Mope lleva la humillación y la deshumanización por bandera a través del personaje de un actor fracasado y un director, una vez más, tiránico y amoral. Hecha con un presupuesto notablemente irrisorio, la textura e imperfección de sus imágenes se traduce en un metáfora de la disolución radical del sueño americano en la era Trump. Al sueño dorado de Hollywood lo sustituye un auténtico descenso a los infiernos de la abyección de la industria pornográfica. 

Le Daim de Quentin Dupieux cierra este pequeño catálogo de películas metacinematográficas pobladas de directores tiranos presentadas en la edición de este año. El director amateur de Le Daim se convierte en un pintoresco asesino en serie cuando decide exterminar cualquier chaqueta que haya en el mundo que no sea la suya propia. Liquidando de paso a sus dueños para después filmarlo todo y hacer una película con el material. Le Daim experimenta una hibridación en toda regla: empieza siendo una comedia surrealista en la línea de las de Dupieux para convertirse en una comedia negra, y por último virar en un western. A pesar de ser una propuesta sencilla nos lleva a reflexionar, junto con el resto de películas mencionadas en este bloque, acerca de la antropofagia de la industria cinematográfica, que hace perder el juicio a actores y directores antes de fagocitarlos por completo. Unas relaciones vampíricas probablemente cercanas a las ya planteadas por Zulueta en Arrebato.  

La locura y la paranoia no podían faltar en un festival de cine fantástico y de terror. Swallow de Carlo Mirabella-Davis tiene como protagonista a una joven esposa que encarna el ideal de mujer de los años cincuenta. No en vano, tanto la decoración de su flamante casa de recién casada como su propia estética encajan como un guante con la de aquellos años. El estado anímico de esta ama de casa también concuerda con el de las mujeres de los cincuenta, imbuidas en el eterno femenino, tan bien reflejado en el personaje de Juliane Moore en Las horas. La joven esposa se revela a través de lo que se conoce como pica. Un síndrome que hace tragarse pequeños objetos a quien lo padece. Pronto aparecerán la eterna infantilización de la mujer y la maternidad forzosa. En palabras de Carlo Mirabella-Davis, la película está inspirada en la vida de su abuela y trata de ser un intento de darle una segunda oportunidad a través de la ficción. Por eso en su segunda parte se produce un punto de inflexión que rompe con las expectativas iniciales del espectador, que ve transformarse el pulso narrativo a la par de a su protagonista. Swallow desafía la lógica patriarcal, el paternalismo, el control sobre el cuerpo y la excusa burocrática de la locura como elemento perpetuador del encierro femenino.

Y para encierro el planteado por Robert Eggers en The lighthouse. Parecía que nadie podía enloquecer tanto a causa del aislamiento en el cine como el personaje de Jack Nicholson en El resplandor. Sin embargo, el director de La bruja vuelve con una propuesta que genera imágenes cargadas del lirismo propio de quien pierde la cordura. The lighthouse narra la historia de dos marineros al cargo de un faro que pasan por segundos de la confianza al odio, y de esta, al deseo sexual. La película consigue dar forma a la paranoia gracias a las magistrales interpretaciones de Willem Dafoe y Robert Pattinson, que a través de un histrionismo que va in crescendo y que puede llegar agotar al espectador, nos sumerge en el mismo delirio que experimentan los actores, cuyas interpretaciones llegan al límite de la fisicidad. The lighthouse rebasa sus planteamientos narrativos iniciales para convertirse en un verso libre que va de Tarkovski a Sukurov. 

Y para tormento el planteado en El hoyo, la película ganadora de esta edición del festival y primer largo de Galder Gaztelu-Urrutia. Partiendo del género de la ciencia ficción y del minimalismo más exhaustivo que se pueda imaginar, El hoyo está ambientada en una prisión estructurada por niveles. Los alimentos se distribuyen a través de una plataforma que va desde el nivel superior a los niveles inferiores. De forma que los reclusos de las plantas más bajas se comen las sobras de los de los pisos superiores. Cada persona sentenciada puede llevar consigo un objeto de su elección. Goreng, un nuevo ocupante que está tratando de aprender a sobrevivir en su nuevo entorno, ha decidido llevarse un ejemplar de Don Quijote, un gesto nada baladí teniendo en cuenta las circunstancias. A partir de una ambientación claustrofóbica que oprime tanto a personajes como a espectadores, la película  funciona como una devastadora crítica de los problemas de las vampíricas sociedades neoliberales en su faceta más antropófaga, tales como la desigualdad de clases, la no repartición de la riqueza, la explotación laboral o el solipsismo. Una serie de males de los que, como ya hemos apuntado, también adolece la industria del cine, incluso más allá del ámbito de la ficción.


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