Festivales

Festival de Cannes 2015: Crónica Día 6

posted by Alberto Varet Pascual 20 mayo, 2015 0 comments
Día 6: El autodesprestigio

La propuesta animada de Pixar no ha sido sólo lo mejor de esta jornada, sino que se encuentra entre lo más vivo y asombroso del certamen y del año. Que no esté incluida a competición, donde sí está el sobrevalorado Denis Villeneuve, es aclaratorio de la ceguera de una organización que no arriesga ni a un lado (dibujos) ni a otro (Apichatpong Weerasethakul). Por si fuera poco, la sorpresa en lo que va de festival la hemos encontrado en La quincena de realizadores. Lo dicho: con los ojos cerrados.

Sicario – Denis Villeneuve

Alerones de autor

Sicario

Fueron muchos los que, tras ver Prisioneros, aseguraron que lo que hacía Villeneuve allí era levantar un material de telefilme hasta la categoría de thriller notable. Personalmente creo que el proceso era el inverso: con un interesante material Villeneuve entregaba algo superior a un telefilme. Es ahí dónde empiezan mis problemas con este cineasta canadiense.

Porque, para el que esto escribe, el de Incendies no es tanto un gran creador de formas como un buen ilustrador de guiones que confunde el ruido con la autoría en su intento de colocarle a sus películas alerones de autor. Alerones, por otro lado, nada originales, pues todo lo mejor de su obra se lo has visto a otros en versiones muy superiores a las suyas. Así, en Sicario, ya hay quien lo compara con Bigelow o Michael Mann, obviando la personalidad femenina de la primera y la capacidad para reformular el cine de acción del segundo.

Villeneuve no es ninguno de los dos ni por asomo: a pesar de que tengamos en esta realización tres intensos momentos en medio de dos horas de cuasi vacío en la puesta en escena, ninguno toca el cielo. Y no lo hacen porque, los dos primeros, situados en sendos atardeceres, tienen fuerza estética, pero no un discurso acerca de la disolución de los personajes en ese paisaje (mero esteticismo, vaya); y el segundo, un pasaje con visión nocturna dentro de un túnel que recuerda a La noche más oscura, no nos habla del terror político, como aquella, sino que se conforma simplemente con epatar desde la imagen.

Con todo, y siendo sólo pasable, es éste el trabajo de Villeneuve que más le ha gustado al que esto escribe, quien piensa que sólo la sublime Carol es superior a ella en lo que llevamos de competición. Y es que, aunque el retrato fronterizo no acaba de convencer, la situación del personaje de Emily Blunt y su interpretación sí aportan un valioso contrapunto dentro de un territorio puramente macho.

Inside Out – Pete Docter

Metaanimación

Inside out

‘Una lágrima por cada sonrisa’ era la frase con la que Pete Docter recordaba la magistral Dumbo aquí, en Cannes, hace ya algunos años, en la presentación de Up. Su última propuesta sigue ese mismo discurso, que adolece de una determinada sensiblería y de una mirada demasiado convencional y mohína a la familia que deterioran el resultado global. Sin embargo, y afortunadamente, también comparte una potencia emocional surgida única y exclusivamente de la expresión animada. De hecho, Inside Out va, narrativa y estilísticamente, mucho más lejos que su predecesora.

El genio de Docter consiste en darle un nuevo uso a los gestos que son marca de la casa, como la velocidad gestual propia del producto Pixar, que es aquí reformulada en las entradas y salidas al pensamiento de los personajes, y aplicada, asimismo, a los movimientos de todos estos con un resultado asombroso: se puede leer la película como una lección de anatomía en la animación que va de los diferentes tipos de fisonomías de cada estado de ánimo a la recreación prodigiosa de las muecas de un bebé.

Mención aparte merece el trabajo con el color, que ya era notorio en Up, pero que aquí despliega una paleta bastante más compleja al aplicar mates y grises a la escala conocida para convertir la pantalla en un lienzo impresionista que encuentra su coherencia final en los febriles devaneos de la pareja protagonista y, muy especialmente, en un segundo punto de giro impagable: nunca antes en la Historia del cine se había dicho de una manera tan sencilla como iluminadora que del dolor surge la felicidad, que de la oscuridad se alza la luz, que de los negros y grises emergen los colores, que del boceto nace la pintura. Porque, por encima de todo, el discurso de esta genialidad es metalingüístico: nos encontramos frente a un viaje hacia el interior de la mente de los creadores que viene a decirnos que las emociones en una cinta de dibujos proviene de la mezcla de unas pocas grandes sensaciones humanas. El animador, entonces, como un pintor que debe romper los colores primarios para obtener otros miles llenos de matices. Una maravilla.

Songs my brothers taught me – Chloé Zhao

Los espíritus libres del cine contemporáneo

Songs my brothers taught me

La sombra de Malick es alargadísima, y su glorificación no suele dar buenos resultados: los directores malickianos tienden a abrazar su poética, pero no sus riesgos en un montaje que mutila la duración de los planos con la intención de conseguir una edición sincopada.

Songs my brothers taught me adolece de este mismo problema, acentuado en determinadas secuencias que son un lamentable plagio de la obra del de Días de cielo. Sin embargo, y contra todo pronóstico, el film también ha sabido leer muy bien el poso que el tejano ha dejado en el cine reciente, y se lleva las lecciones a su terreno para levantar una extraordinaria película fronteriza plagada de fantasmas que parecen habitar los intersticios que existen entre cada escena.

Para llegar hasta ahí, la directora ha tenido que privilegiar las imágenes en detrimento del guión (primer triunfo): estamos ante un drama social de frontera, sí, pero al contrario que la mayoría de estos (como Las elegidas, que vimos ayer), éste no cae en el tremendismo, ni en el subrayado de lecturas escritas en un papel de antemano, sino en la acumulación de acciones de unos personajes que parecen atender sólo a sus emociones. O sea, que lo que hacen todos ellos no está regido por la lógica de un texto, sino por las decisiones tomadas por la directora en el propio campo de batalla, lo que libera a las interpretaciones de la ortopedia para alcanzar una particular poética de lo prosaico.

El resultado final es un western crepuscular, tan original como sólido, capaz de acumular matices acerca de la vida de unos habitantes estadounidenses marginados por la sociedad. Unos inmigrantes que, diluidos en los atardeceres fronterizos, parecen conectar con las sobras de los indios que les precedieron. Todo un milagro de la puesta en escena que demuestra, por enésima vez, que el guión es el esclavista de las almas libres en el panorama contemporáneo. Para este crítico, la gran sorpresa en lo que va de certamen.


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