Festivales

Festival de Cannes 2015: Crónica Día 8

posted by Alberto Varet Pascual 22 mayo, 2015 0 comments

Dos gigantes se dieron cita en el último día de este cronista en Cannes, obligado a abandonar el barco por motivos personales. Aunque es algo que no lamenta en exceso: la mayoría de la crítica ha hecho ya las maletas, y el regocijo cinéfilo ha sido sustituido por una melancólica sensación de vacío. Un vacío sobre el que se levanta el cine moderno, y que le ha servido a Hou Hsiao-Hsien para entregar una obra insólita que ha puesto patas arriba todo el panorama cinematográfico mundial. Un vacío que desvela, igualmente, la gran personalidad de Manoel de Oliveira, que regresó ayer de entre los muertos para presentar su nueva película. Y un vacío, también, pero de sentido, el de la proyección de Love, el escándalo anual cannois y auténtica muestra de la facilidad con la que la expresión artística contemporánea puede tomar el pelo al respetable en el nombre de la pretensión autoral.

The assassin – Hou Hsiao-Hsien

Reinventar el wuxia, desperezar el cine

The Assassin

Se dice que una cinta justifica un festival cuando es algo más que una obra maestra. Cuando no se la puede catalogar de ningún modo. Cuando la experiencia de estar ante ella te sobrepasa como espectador. Cuando no existen asideros a los que agarrarse para criticarla. Cuando todas tus certezas como crítico desaparecen de un plumazo. Cuando hay que empezar de nuevo, como un niño, a aprender. La Asesina, de Hou Hsiao-Hsien, es esta película.

Tras ver The Grandmaster, el wuxia atropellado de Wong Kar-Wai, había quien tenía cierto miedo a la incursión del responsable de Three Times en el mismo territorio. La tardanza de su estreno (la producción ha necesitado ocho años para ver la luz) tampoco ayudaba a creer. Pero puede que resida en esta paciencia la clave del gran triunfo de una realización que no cede jamás a ninguna servidumbre.

The Assassin destroza desde el minuto uno todo tipo de convención. Empezando por las peleas, que no son épicas ni excesivas. Son pocas, realistas y tienen una corta duración. No están apoyadas en la coreografía trillada de ningún especialista, ni buscan epatar, sino dibujar, de una manera única, un conflicto, que puede ser personal (las luchas íntimas entre asesinas y mentoras) o colectivo (la defensa de la protagonista a los suyos). Unas escenas levantadas desde composiciones originalísmas para el género. Por ejemplo, en lugar de ver el clásico montaje picado de una batalla, nos encontramos frente a un plano de larga escala que oculta a los luchadores tras los árboles. O, de forma similar, somos testigos de cómo determinadas secuencias acaban sin una resolución, si no han recibido antes el corte de una elipsis o de un pillow-shot como si estos recursos fueran espadas.

Porque lo último de Hou Hsiao-Hsien se presenta como un estudio acerca de las claves cinematográficas del wuxia y el trabajo de los grandes autores orientales, sobre los que realiza prodigiosas variaciones de una finura extrema. Está Kurosawa, en los planos de los caballos pastando en blanco y negro, o los jinetes montando al atardecer. Ozu, en los citados pillow-shots y en la posición de la cámara en los interiores. Y, por supuesto, Mizoguchi, cuyas pasiones prohibidas en sociedad son reformuladas desde la máxima depuración narrativa.

Es, precisamente, una prodigiosa escena mizoguchiana la que puede servirnos para explicar la grandeza de esta joya: Hou Hsiao-Hsien dispone un plano/contraplano de una duración extrema entre la protagonista y su exprometido que no tendría nada de especial si no fuera porque bajo sus bellísimas imágenes late una lucha a muerte entre la luz y la oscuridad (¡qué fotografía, qué matices en los negros!), entre la soledad y la compañía, entre la ostentación y la pobreza, entre la nobleza y el pueblo, entre lo que pudo ser y es, entre el silencio y la palabra… El maestro taiwanés viene a decirnos así que las peleas que le importan son éstas; que su reformulación del género partirá desde los huecos que el wuxia desprecia. Unos tiempos muertos que The Assassin recoge para jugar con ellos en un uso del tempo cinematográfico de escándalo. Cine a contracorriente que corre el riesgo de ser incomprendido por el espectador al que le de miedo lo distinto.

Love – Gaspar Noé

Un pornógrafo arty

Love gaspar Noe Poster

No es que a Gaspar Noé le duela el paso del tiempo, es que no lo asimila. O, al menos, no lo hacen sus personajes, siempre perdidos en el presente, anhelando un pretérito feliz que se fue. Sus películas se transforman en un ejercicio de nostalgia bastante mema cargado de saltos temporales a la búsqueda de ese edén.

Al igual que sucede con Sorrentino, Noé lleva las alforjas llenas para un viaje que se puede hacer de manera más humilde. En su reciente proyecto, precedido de la mayor expectación posible en el festival, donde fue pasada en hora golfa con peleas en la cola para poder entrar en el Teatro Lumiére, carga las tintas en una larguísima proyección abarrotada de semen y saliva. ¿Merecía verdaderamente este producto semejante expectación?

Es curioso que, viviendo, como dice el director, en un mundo cambiado por el acceso fácil a la pornografía, Love, una historia de celos plagada de escenas morbosas, haya llenado las butacas de todos y cada uno de sus pases. Será que la gente quiere ver algo con más estilo que el porno, o que busca un exhibicionismo al alcance de cualquier medida. Sea como sea, lo nuevo de este supuesto enfant terrible no sacude los cimientos prometidos ni por asomo. Y eso que la cosa no empieza mal…

El film arranca con una pareja masturbándose mutuamente durante minutos. El efecto en la sala es inmediato. El realismo es total. Se sienten las caricias. Te metes dentro de esa cama. Y la sensación continúa en los sucesivos momentos tórridos… hasta que el material se precipita hacia el exceso sin miramiento. Para entonces, ya se le puede reprochar una pedantería de manual de autor en la narración y en la estética fea tan marca de la casa (oscurecida con el 3D siendo ya muy oscura de por sí). El metraje está lleno de cortes abruptos de un segundo en negro que provocan un pequeño jump-cut que desconcierta. Quizás la explicación esté en un póster del Frankenstein 3D, de Andy Warhol, que el protagonista tiene colgado en la pared. Puede que Noé nos esté diciendo que los sentimientos expresados en pantalla son un monstruo hecho a jirones. A saber. Lo que sí tenemos claro es que el ruido se instaura desde el primer minuto, y que éste es adobado por una ridícula voz en off que articula unos pensamientos de parvulario con pretensiones de complejidad.

Con todo, Love se salva hasta ahí por las escenas de alto voltaje… hasta que uno piensa que, quizás, el director esté confundiendo amor y pasión: aquí no hay nada de lo primero sin lo segundo. Bien haría Noé en revisar Eyes Wide Shut, un trabajo similar en temática, aunque verdaderamente profundo, donde Nicole Kidman, tras confesarle a su marido que lo hubiera abandonado sin pensárselo dos veces al ver a un marine, le espeta ‘y sin embargo, mi amor por ti era tierno y triste’. O sea, que las cosas no se acaban, se transforman. Pero para el franco-argentino todo es irreversible. El dolor se instaura y sus personajes sólo pueden lamerse las heridas según caen en un pozo oscurísimo.

Y es ahí, en la fosa de la perversión, donde el creador se estrella sin remisión. Porque se le ve muy cómodo en ese ambiente, y no es capaz de articular un discurso acerca del mismo. Ulrich Seidl, por ejemplo, no lo oculta, pero lo muestra como el producto de unas actitudes humanas y sociales que merecen una mirada crítica. Nada de eso hay aquí cuando asistimos a orgías bajo neones azules o coqueteos con travestis donde el bakalao y la fotografía molona sirven de embellecedor de las bajas pasiones. El morbo por el morbo, sin aristas ni capacidad (auto)reflexiva.

Con las cosas así, el film no puede establecer una relación entre el mundo en el que vivimos, cargado de pornografía, como dice el autor, y las imágenes que ofrece. No importa: Noé no se achanta y emprende un camino ultrasórdido para intenta rasgar la mirada del espectador que contiene, en su punto álgido, una eyaculación a cámara en 3D que está muy lejos de provocar algo más que la risa (por mucho que la experiencia sea difícil de olvidar).

El problema de Love es, por tanto, su inexistente rigor. La banalidad que esconde tras de sí un pornógrafo arty mimado por los festivales. Aunque algo hay salvable en todo este desaguisado: le pese a quien le pese, estamos ante una propuesta arriesgada, personal y distinta que intenta, con poco éxito, abrir novedosos caminos en la representación del sexo en pantalla, pero que deja por el camino algunas de las más poderosas escenas de pasión que el cine haya entregado jamás.

Visita o Memorias y confesiones – Manoel de Oliveira

De entre los muertos

Visita: Memorias y confesiones

Señalaba Luís Miñarro que El extraño caso de Angélica era una película sobre el amor de un hombre por una muerta pensada, pero no rodada, antes que Vértigo. Así, el gran productor español, trataba de explicar la importancia en el cine moderno de una figura como Manoel de Oliveira, siempre atrapado por la imagen fantasma, capaz de adelantarse en tiempo y forma al propio Hitchcock.
Oliveira, como Angélica, regresó ayer de entre los muertos con un una cinta que es, en sí misma, un fantasma en 35mm. nacido en 1982 para ser desvelado tras la muerte del autor, lo que revela la coherencia y la sinceridad de la obra de un tipo tan lúcido como juguetón.

La proyección impresiona desde el principio con sus largos planos secuencia de los pasillos de una casa vacía. Un gesto glorificado en la filmografía de creadores tan contemporáneos como Apichatpong Weerasethakul. Oliveira recoge presencias invisibles que cobran una nueva dimensión con la ayuda de una voz en off que recita algunos textos de Agustina Bessa-Lluís en una operación que también se la hemos visto a otros autores imprescindibles hoy (al Miguel Gomes de Las mil y una noches, sin ir más lejos).

O sea, que el responsable de No, o la vanagloria de mandar, es capaz de adelantarse a los mejores incluso muerto. O vivo. Porque ayer Oliveira regresó en forma de presencia cinematográfica, como uno de esos fantasmas que a él siempre le inquietaron y que sólo pueden formularse en el interior de una habitación oscura. Los que ocupábamos la Sala Buñuel del Grand Palais fuimos testigos del poder del cine en su esencia químicamente más pura. Especialmente cuando el director comenzó a recitar unos recuerdos que bañaban unas viejas fotografías que conservaba en una casa que tuvo que vender tras vivir entre sus paredes por cuarenta años. La construcción de un puente entre el pasado y un presente que, ya entonces, era Historia. Impresionante.


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