Festivales

Festival de cine de Londres 2016: jornada V

posted by Alberto Varet Pascual 13 octubre, 2016 0 comments

La quinta jornada del Festival de Cine de Londres le forzó al que esto escribe a dormir cinco tristes horas para ver una de las obras cinematográficas más execrables de la Historia. No importa. Se pudo resarcir con la proyección de dos maravillas y otros dos títulos verdaderamente capitales para el medio en estos albores de nuevo milenio.

 

El nacimiento de una nación – Nate Parker

Cegado por el odio

The Birth of a nation

El nombre de esta película no es una temeridad, es el reflejo incuestionable del grado de descerebramiento sumo de un director dispuesto a ajusticiar a los malvados racistas en los tiempos #TooWhite en los que vivimos. Nate Parker, así se llama el sujeto, viene a poner a Griffith en su sitio con su film-fórmula, todo un espectáculo verbenero que usa impunemente los crímenes contra la comunidad negra durante el esclavismo (concretamente la revuelta iniciada por Nat Turner en 1831 que dejó más de 55 muertos blancos) al creerse legitimado por una coincidencia en el color de la piel.

Al menos eso es lo que parece señalar el discurso de un film que, en lugar de condenar el odio y abogar por el amor al prójimo, tilda el asesinato de un policía blanco a manos de un negro de suburbio de mero ‘causa-efecto’. Una idea en sí misma repugnante y de alcance limitadísimo. Pero si triste es la ocurrencia, ojito al dispositivo cimentado sobre decisiones tales como el uso de melodías conmovedoras para convertir a negros y blancos en ángeles y demonios respectivamente, la utilización de una música épica para ensalzar un levantamiento en armas o la inserción de planos de rostros blanquitos vociferantes con el objetivo de glorificar la actitud criminal del protagonista.

Sin duda, la película más racista de los últimos años, aunque de esto tampoco se haya dado cuenta el creador. Es lo que ocurre cuando alguien es incapaz de comprender el valor de sus gestos, esos que, muy a su pesar, le revelan como la persona que a Griffith se le achacó pero que nunca fue, ni siquiera cuando filmó su obra maestra: un esclavo de los tiempos del odio en los que le ha tocado vivir.

Elle – Paul Verhoeven

Quebrar los límites de la nueva moral

 

Elle no es un trabajo cualquiera. Es una especie de tratado psicológico hecho cine. A Verhoeven siempre le han interesado más las pulsiones que la narrativa, y ha desplegado este interés en una extensa carrera plagada de títulos de una naturaleza muy orgánica. Elle es, en ese trayecto, suma, compendio y sublimación de lo visto, y, a la vez, puesta a punto desde el tiempo que nos ha tocado vivir.

Si esta obra de arte va a llegar a ser visionaria como lo fueron, por decir, Robocop (una producción sobre Detroit como la ciudad de un futuro sin futuro) o Starship Troopers (película que previó de algún modo la mirada norteamericana post 11-S), sólo los años lo dirán. Lo que sí está claro es que no hay en el panorama audiovisual una cinta que le tome el pulso al universo de hipocresía absoluta creado por las leyes de la nueva moral como ésta, donde el único atisbo de lógica (el asunto relacionado con un bebé) es igualmente lo único que cobra dimensión de disparatado dentro de un film pasadísimo de rosca.

Verhoeven parece reformular Instinto básico en el siglo XXI, pero Elle es mucho más que esto. Sus reglas buñuelianas moldean un perverso juego surgido en la tensión entre la nueva moral y el inconsciente, lo que genera espacios totalmente nuevos para el thriller: aquellos que cincelan unas imágenes libres que no entienden de límite alguno impuesto por ningún poder institucional.

 

Paterson – Jim Jarmusch 

La soledad de un universo propio

Paterson

Fueron muchos los que cargaron contra el Jarmusch de Sólo los amantes sobreviven por pijo. Ahora todos aquellos (o la gran mayoría) se deshacen en elogios con Paterson. No obstante, cabe preguntarse por qué, si lo nuevo del director de Ghost Dog viene a ser lo mismo que aquella, aunque en un espacio más humilde y con personajes más normales.

Da la sensación de que hay un público que sigue empeñado en tener que verse reflejado en las películas que ve, lo que le lleva a maldecir a autores con una mirada tan personal como las de Leos Carax o Sofia Coppola. Sin embargo, ¿no juega Paterson en esta liga? ¿No trata, en el fondo, de lo mismo que Sólo los amantes sobreviven: la soledad del creador, obligado a construir un espacio propio hecho de las cosas que ama para sobrevivir?

Quizás los que sostenían que Jarmusch se había hecho ‘muy suyo’ y ya no hacía realizaciones sobre la gente normal vean en Paterson lo que no es: un regreso a los orígenes del cineasta. Pero lo cierto es que la trabajo realmente se esfuerza en construir un universo jarmuschiano que habitar (con sus repeticiones, su música, su humor, sus silencios, su poesía…). Vamos, que el de Down By Low es sabedor de que emprendió en su día un viaje de no retorno. Y eso es de celebrar. Aunque a este espectador le parezca que su anterior film era en verdad bastante más robusto que esta gran película.

 

Hell Drivers – Cy Enfield

El diablo sobre ruedas

Es una suerte tener la oportunidad de acercase a la cuidada restauración de una joya como Ruta Infernal, de Cy Enfield, un film sumamente importante cuya huella es notable en títulos como El diablo sobre ruedas o Mad Max. Suponemos que pronto veremos una edición en Blu-Ray digna. Y la película lo merece, pues se trata de una crónica en verdad acertada de un universo machista y competitivo, movido por la ambición, donde el amor no tiene cabida. Ahí, una mujer (Peggy Cummings), ejercerá el rol de elemento desestabilizador dentro de un mundo marcado por las carreras suicidas por dinero.

Las obras dinámicas de Michael Mann, el debut de Spielberg o las rutas enfebrecidas de George Miller se vislumbran en esta cinta británica marcada por una clara renovación de los gestos clásicos. Todo un hito cinematográfico guardián de una mirada certera a un presente desesperado que no cesa de proyectarse con una enorme fuerza sobre el ahora.

 

Voyage of time – Terrence Malick

Nada somos

Voyage of time

Con el prólogo de El Árbol de la Vida, la presteza con la que el director está soltando sus últimos títulos y las críticas recibidas en Venecia en la cabeza se adentró este cronista, curioso pero dudoso, al pase de Voyage of Time. Los titubeos duraron entre dos y tres minutos. Los que necesitó Malick para responder a un poema sobre el mundo con imágenes de… ¡los desheredados de mundo!

Así es. En tres minutos el de La delgada línea roja ya me había ganado, pues a ningún otro autor se le ocurre semejante atrevimiento. Lo que sigue es histórico: Malick presenta un documental animal que hibrida con la recreación histórica y las escenas lo-fi de sucesos sociales que todos hemos visto en internet para reelaborar el significado de las mismas. De algún modo no hay nada nuevo ahí y, sin embargo, vemos donde no veíamos. Ya sea porque la cámara está donde antes nunca había estado (hay imágenes parecidas a cosas que conocemos pero nunca iguales) o porque, como siempre ocurre con el tejano, juega con los lugares comunes en la representación para dotar al gesto del significado robado.

Todo esto en una intensa, elocuente y hermosísima cinta esculpida bajo un lenguaje nuevo que manda a las imágenes constantemente de fuera a adentro y de adentro a fuera durante el tiempo de proyección, pues de la nada venimos y a la nada vamos. Una obra única en su especie que nos obliga a replantearnos los códigos del documental hasta el punto de que el visionado de títulos como Nanuk, el esquimal o Farrebique no volverá a ser lo mismo.


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