Festivales

Festival de cine de Londres: jornada IV

posted by Alberto Varet Pascual 12 octubre, 2016 0 comments

La cuarta jornada del Festival de Cine de Londres le permitió a este cronista ver ese mismo número de películas. Todas ellas, afortunadamente, tremendamente sugerentes. La mejor, de lejos, La mort de Louis XIV, de Albert Serra. Sin duda, la más brillante de lo que va de festival y uno de los títulos de un año que, digámoslo ya, es el más flojo del último lustro.

Le fils de Joseph – Eugène Green

A la búsqueda del amor de un padre

Le fils de Joseph

Una vez que hayas permitido matar el feto, ya no pararás. No habrá límite de edad. Habrás puesto en movimiento una reacción en cadena que podrá hacer de ti la eventual víctima. Tus hijos querrán matarte, porque tú permitiste que fueran muertos sus hermanos y hermanas. Querrán matarte porque no desearán soportar tu vejez. Querrán matarte por tus casas y propiedades. (Doctor Gallop, demógrafo y jefe del Departamento de Ciencias de la Alimentación en la Universidad canadiense de Manitoba).

Le fils de Joseph, de Eugéne Green, es una penetrante mirada a la vida en estos tiempos de la glorificación del ‘yo’, donde un niño sin padre, como Jesús, necesita ser amado por una figura paterna que no es tal. ¿Cómo hacerlo cuando el mundo está regido por un concepto absolutamente falso de la piedad; cuando importa lo mismo, o incluso más, la vida de un animal que la de los humanos? ¿Cómo lograrlo cuando se equipara matar para comer a matar por una cuestión de orgullo (feminista) o necesidad materialista?

El director de La sapienza no rehuye su responsabilidad como cineasta a la hora de enfrentarse a todos estos asuntos, pues, precisamente, de responsabilidad habla su obra. Y lo hace desde una particular óptica que se nutre del cine de Oliveira y Pedro Costa en su antiteatralidad, del de Kieslowski en su espiritualidad y de la teología en el plano narrativo, de modo que Le fils de Joseph exhibe músculo intelectual como un insospechado y excelente complemento a la infinita Knight of Cups donde, por cierto, el aborto también era mostrado cual egoísta extensión lógica del neocapitalismo.

 

Safari – Ulrich Seidl

Gacela coja

Safari, de Ulrich Seidl

Ulrich Seidl es un cineasta espectacular. En Safari pone su talento tras la cámara para rastrear los pasos de unos adinerados centroeuropeos en plena sabana africana durante sus días de caza, y se marca un viaje al interior de un solar espiritual donde el resto de autores hubieran encontrado tan solo una mera narración o una mera denuncia. Aquí la llanura africana es pasto del egoísmo humano, de la falta de piedad y cultura capitalistas, de las contradicciones culturales surgidas de unos monólogos en constante lucha contra sí mismos y las imágenes, de la soberbia de los humanos, ésa que revela sus fragilidades cuando se encuentran en la necesidad de saberse la cima de la cadena alimenticia…

La puesta en escena de todo esto es magistral. Sin embargo, algo ocurre hacia el final. El director trata de arrojar luz sobre un pueblo acogotado por el capital, y lo hace mediante un gesto radical y arriesgado: planos fijos de los personajes sin diálogos. El impacto de estas secuencias, alejadas del palique de las anteriores, es significativo, pero su desarrollo en el metraje se antoja insuficiente. Cuando llega el fundido último parece que la película se ha quedado corta de densidad. Seidl debió extender la duración de estas escenas, aún a riesgo de alargar notablemente su producción. Tuvo que haber dado más bola a las prácticas íntimas de los nativos para generar un discurso útil acerca de su situación. Lamentablemente no es así, y esto aleja a Safari de la obra maestra que estaba destinada a ser.

Por otro lado, la típica táctica del autor de Días perros de dejar a las cosas ser y ponerlas en crisis desde las decisiones de montaje interno y externo le juega aquí una pequeña mala pasada, porque da la sensación de que se les pudo haber puesto las cosas más crudas a los blancos millonarios cuando los entrevistaba. De algún modo se escapan al potencial del cine. Esto sumado al hecho de que el discurso audiovisual está descompensado (dedica tiempos disimilares a blancos, negros y caza en un caleidoscopio que no acaba de cristalizar en el metraje de la forma deseada) hacen de Safari una cinta tan inteligente, competente e incluso magistral, como coja y tímida. Y esto es una pena visto lo visto durante la mayor parte de la proyección.

 

Personal shopper – Olivier Assayas

De abstracciones y ambiciones

Personal Shopper

Silbada en Cannes, lo último de Olivier Assayas no es, ni de lejos, una mala película. Es cierto que sus pretensiones la convierten más en un batiburrillo de ideas que en la obra abstracta que quiere ser, pero esto no le resta potencia a una realización primorosa cargada de imágenes procedentes tanto del Brian de Palma de Doble cuerpo como de ese cine fantástico oriental que, de alguna manera, previó a comienzos del nuevo milenio el universo de almas perdidas que el mundo digital traería.

En este sentido, se puede decir que Personal Shopper no inventa nada. Pero inventar tampoco parece ser la intención de un Assayas conocedor de la Historia del Cine. Su pretensión se antoja, más bien, la de reflexionar acerca del potencial de esas cintas en un espacio plenamente europeo (París-Londres). El director logra así un film verdaderamente estimulante si se lee, como escribió en Cannes Àngel Quintana, a modo de ‘libro abierto’, ‘esbozo’ o ‘juego de apuntes sobre posibles películas’.

Con todo, cabe la pena señalar que es una lástima que el metraje se pierda en unas desmedidas ambiciones. Especialmente en un arranque y un final que parece que tuvieran que justificar el resto de acciones de la producción, lo que le resta potencial a la magnífica escena del tren, verdadera virguería narrativa capaz de asombrar, desde una abstracción nada estridente, la vida de tránsito constante que vivimos donde la incomunicación es la moneda corriente.

 

La mort de Luis XIV – Albert Serra

La caducidad de la carne es real

La mort de Louis XIV Albert Serra

El trabajo más asequible de Albert Serra (con permiso de Crespià, The Film not the Village) no está alejada de riesgos. El de Bañolas decide acercarse a los últimos quince días del Rey Sol desde una particular pieza de cámara que hace estallar los viejos conceptos sobre el género: nada tiene que ver lo que hace el director español con, por ejemplo, lo perpetrado por Spielberg en su ladrillo Lincoln. Aquí la palabra significa y se sabe filmar. Se saborea, como cada uno de esos gestos que puede ser el último.

Todos los acontecimientos (frases y acciones) del metraje están directamente relacionados con la figura de un monarca decrépito interpretado de forma asombrosa por Jean-Pierre Léaud. Su fin dejará un enorme hueco en el universo construido por Serra, pues la monarquía genera una dependencia ligada a una vida que, como tal, tiene fecha de caducidad.

Semejante lucidez desata, como es lógico, múltiples capas de información: La mort de Louis XIV es una reflexión profunda sobre la importancia de la monarquía para un pueblo siempre en fuera de campo. También acerca del valor de la democracia desde el elemento más democrático de todos: la muerte. Es, asimismo, una conmovedora meditación alrededor del tiempo, y una mirada a la tensión entre la carne y su caducidad, la historia y la Historia, la religión y su importancia para el hombre…

Efectivamente, mucha tela que cortar en este pequeño pero robusto film en el que Serra continúa su experimentación con la filmación multicámara y el ‘rodaje performance’ que han hecho de su cine algo único. Una obra de calado histórico no desprovisto, eso sí, de la imaginación y la sorna de siempre, aunque, acaso, sofisticadas como nunca.


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