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Festival de Sitges 18: Crónica I

posted by Marc Muñoz 5 octubre, 2018 0 comments

Suspiria remake

Las corridas de cine a cine por todo el pueblo, el gusanillo exteriorizado en voz alta en los minutos previos a cada proyección, el color negro imponiéndose en cualquier fila, las opiniones enfrentadas y aireadas a la salida. Sí, el Festival de Sitges ha empezado con sus rituales para ofrecer el mayor festín de cine fantástico y de terror, y del que no lo es, de la temporada cinematográfica. Un año más ahí estamos para ser parte de esta gran cita.

Sitges 2018 prometía un estreno por todo lo alto con la presencia del remake de Suspiria orquestado por uno de los directores de moda, el italiano Luca Guadagnino, pero por mucho entusiasmo y devoción que levantara en Tarantino, la nueva propuesta no convence en todos sus tramos ni decisiones, cosa que la imposibilita para alcanzar la estela iconográfica de su referente, por mucho que presente un par de secuencias admirables. La obra del italiano se desmarca pronto de la referencia de Dario Argento al plantear un acercamiento más discursivo, más histórico y contextual al relato base que compone una bailarina que ingresa en una particular escuela de danza en el Berlín de la guerra fría. De hecho, Guadagnino termina enmarañado en las subtramas y en esa obcecación por insertar la historia (la de la Alemania de la época marcada por terrorismo y las revueltas) en los códigos genéricos, una decisión que no solo no encuentra puentes (ya sea sobre o debajo de la superficie) con el relato principal, sino que además ralentiza su visionado y hacer perder coherencia al conjunto. Ocurre también con el elevado protagonismo que cobran ciertas subtramas (la del Dr. y la de la madre de la protagonista), con su punto reiterativo y de poco efecto en la coyuntura dramática principal de la obra. Ante ese escenario mal distribuido (y ponderado) de tramas y narraciones, el de Call Me by Your Name se inclina en una forma que, desvinculada del giallo, opta por beber de los referentes del terror de los 70 de la Europa comuinsta (Possesion) y del Polanski de El quimérico inquilino y La semilla del Diablo. Sin embargo, esa fotografía áspera y grisácea, con presencia de grano y afición por el travellings, no termina de dar con la fórmula para sonsacar atmósferas asfixiantes y terroríficas. De hecho, el filme logra la mueca desagradable del espectador en sus secuencias más impactantes, pero en ningún momento instala el desasosiego, el miedo o la angustia en el espectador, también por culpad de las digresiones y un ritmo desajustado, con metraje excesivo. Se agradece su sabia decisión de alejarse del referente para reconfigurar una obra nueva a partir del material de Argento, pero su pretenciosidad, su barniz artie y cierta desconexión entre fondo y forma lastran un visionado que prometía muchas más luces.

Parecido ha ocurrido con lo último de Gaspar Noé. El enfant terrible del cine francés regresa con este Climax que se apropia del espíritu de El Ángel Exterminador para bañarlo en una sangría lisérgica que termina devolviendo una orgía infernal donde florecen los peores instintos humanos. Un planteamiento sencillo pero goloso, que el francés solo sabe manejar desde la forma, descuidando así un fondo que podría haber sacado mucho más jugo de ese infierno artificial que se crea en una fiesta de despedida desbocada protagonizada por un grupo de jóvenes bailarines. No obstante, y pese a lo previsible del texto, y lo desaprovechado de este, la cámara perversa y transgresora del de Enter the void funciona en un recorrido absorbente a través del seguimiento (saltando de uno a otro en apariencia de plano-secuencia) a estos jóvenes desorientados deambulando por un campo de hedonismo atroz. Todo ello correspondido con la incisiva luz de sus películas y la incorrección que caracteriza al cineasta, aquí, menos punzante de lo habitual, igual de engreído con su estilo (a veces cansino, y bastantes más veces, incómodo) pero resolutivo en su fiesta macabra.

Y  la primera jornada ha finalizado con Asher, un producto más convencional y sin más ínfulas que las de entretener mediante un dispositivo de cine de acción criminal donde Ron Perlman interpreta a un sicario de Brooklyn a quien contratan para matar a ciertos objetivos mientras empieza a sentir algo por una chica ajena a ese mundo. Michael Caton-Jones (director de la estimable Rob Roy) dirige con pulso adecuado esta cinta sin pretensiones pero bien nutrida de un humor algo negro. Es un filme olvidable al fin y al cabo, pero bien llevado y entretenido.


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