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Festival de Sitges 18: Crónica II

posted by Marc Muñoz 6 octubre, 2018 0 comments

El apóstol

El Festival de Sitges remontó con creces la decepción de su inicio con una jornada que dispensó todo lo que el asiduo a la localidad catalana pueda desear, Empezando por El Apóstol, dirigida por Gareth Evans que salta hacia el terror tras los réditos internacionales cosechados con la saga The Raid. La producción de Netflix presenta una base argumental muy similar a la de El hombre de mimbre, cuando en los albores del S.XX, un hombre viaja a una isla remota para rescatar a su hermana desaparecida de las manos de una comunidad regida por un culto pagano. Bajo esa interesante premisa, el filme empieza navegando por aguas convencionales y transitadas, pero es en su segundo tramo, cuando esa comunidad menos amenazadora y menos interesante (o sea, sin escapes de tensión muy acusados) de lo esperable, cuando el filme gira hacia el horror, adopta estímulos del fantastique gore, mediante un aumento considerable del ritmo y la hemoglobina en pantalla. Es en ese salto, cuando la cinta busca más su reflejo en Saw y Lovecraft que en la citada obra de culto de Robin Hardy, cuando El apóstol adquiere formas reverenciales, y es poseída por un espíritu cafre y desacomplejado de tan buena acogida en el contexto que fue proyectada.

La buena inercia siguió, y acaso, aumentó, con American Animals. La primera incursión a la ficción de Bart Layton, el genial artífice de El impostor, sigue explorando una cosmología propia como autor en torno a las líneas difusas entre realidad y ficción. Aunque Layton sucumba aquí a la segunda, la realidad termina también pidiendo paso mediante inteligentes y audaces insertos de los protagonistas reales de este descalabrado robo de unos libros de preciado valor. Con esa constante aguerrida a su cerebro, y a su cine hasta la fecha, Layton fabrica un trepidante película de atracos poblada por personajes salidos del útero de los hermanos Coen. Un ritmo endiablado, una banda sonora de órdago, acertadísimas y originales emplazamientos en la dirección y las constantes derivas entre realidad y ficción hacen de este producto un noble y ejemplar producto de entretenimiento que va un paso más allá en su reconfiguración del true crime y los códigos de este.

Y la sorpresa grata, al menos, para un servidor, y guilty pleasure a reivindicar desde hoy, fue The Night Comes for Us. El filme indonesio dirigido por Timo Tjahjanto y que estrenará Netflix en los próximos días, reconcilia a uno con el cine de acción desatado y sin espesor argumental. Una mezcla explosiva entre el cine de artes marciales, el hard boiled hongkonés y la adopción estética y de puesta en escena del beatem up, que mantiene al espectador en una montaña rusa trepidante que apenas permite respirar ante el delirio de furia y ruido de su propuesta. Un producto de cascoporros a diestro y siniestro realzado por el virtuosismo técnico y de cámara, y por un regadero de sangre salpicada desde esa batallas y escenas de acción espectaculares, salvajes y disparatadas, y de efecto extático ante una platea rendida en lo que es un producto nacido para ser gozado en el marco del festival y bajo los ritos de júbilo de su público.

Piercing

Ante una jornada tan redonda poco se podía esperar que Piercing (incluida en nuestra lista de indispensables) se llevará la nota discordante. Nicolas Pesce, con producción de los fiables Borderline Films, presenta la relación entre un aspirante a asesino en serie y una prostituta a la que el primero contrata para materializar sus impulsos criminales. Lo que daba pie a un corto previsible se alarga aquí hasta los 82 minutos más lentos que servidor recuerda haber pasado últimamente en las interioridades de una sala de cine. Ni sus salidas hacia Audition, ni su estética refugiada en el noir norteamericano ochentero de Friedkin, Mann y compañía, o su fascinante banda sonora del euro fantastique de los 70, suavizan el visionado de este vaivén dramático de dos personajes dando tumbos sobre las mismas perspectivas y motivaciones sin ningún tipo de avance o giro que refuerce el diseño arquitectónico fallido de su guion. Un soporífero y pueril torture drama que marchitó el excelente sabor previo de la jornada.


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