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Festival de Sitges 18: Crónica III

posted by Marc Muñoz 8 octubre, 2018 0 comments

Under the Silver Lake

Tras un merecido día de descanso tras la sacudida etílica de la fiesta montada alrededor de la presencia de Gaspar Noé y el elenco de actores de Climax y que tuvo lugar en la madrugada del viernes al sábado en Pacha Sitges (la cual daría por otro tipo de crónica), recuperamos la rutina cinematográfica con una jornada desigual.

Domingo amaneció en la localidad costera con uno de los platos más apreciados por los comensales reunidos en el Festival. David Robert Mitchell se ganó hace cuatro años el respeto unánime con el horror suburbano contenido en la notable It Follows. Si en esa re-configuraba el terror y, especialmente, su marco y puesta en escena, en su tercer largometraje (desprecintado en el último Festival de Cannes) vuelve a reformular otro género para dar con una propuesta fresca y entretenida. Under the Silver Lake se edifica como un neo-noir tras los pasos de un anodino y aburrido jovenjove se obsesiona con la desaparición de una chica que había conocido la noche anterior. Desde este punto de partida, Mitchell decide, a través de las pesquisas y el rol marlowiano que adopta este chico, explorar las catacumbas de un Los Ángeles presentada como una ciudad de plástico y fachada. Y es debajo de esta cara superficial, donde el detective improvisado, y a su lado, el espectador, exploran la mitología residual del Hollywood clásico chocando y fusionándose con la modernidad del cine contemporáneo que practica este cineasta renovador. Un artefacto ingenioso, bastardo en su híbrido y postmoderno en una concepción que parece cruzar Chinatown con Inherent Vice, El largo adiós, Brick y personajes salidos de la mente de Terry Gilliam. El resultado es desigual aunque adictivo, pero Mitchell puede congratulase de ser una de las voces más interesantes del nuevo panorama cinematográfico yanqui, mediante otra película con más pliegues y valores de los que a priori presenta su lectura más inmediata.

Todo lo contrario que Ghostland, la nueva película de un Pascal Laugier que se ganó un sitio de honor en el salón de la fama sitgesiano por el impacto causado hace unos años con Martyrs. Sin embargo, el francés plantea aquí un producto chirriante en su unión entre el melodrama familiar y el horror estridente mediante un filme formulario, de lugares comunes y una galería de recursos discutibles para sacudir al espectador de su butaca. Una ejecución tramposa y un estilo histérico para un fondo que no mantiene el tipo si es que uno no le busca mensajes ocultos rebuscados.

La adaptación del libro Galveston de Nic Pizzolatto se salda con una solvente road movie con determinado deje romántico y moralista alrededor de un criminal duro de roer pero de buenas intenciones y una prostituta agarrada a este para sobrevivir en un entorno que le ha sido hostil desde su nacimiento. Todo ello bajo el siempre interesante marco del Sur profundo norteamericano, en este caso, en los alrededores de la ciudad texana que da nombre al título del filme y donde se refugian estos dos personajes ante la amenaza de una banda criminal. El pulso que imprime Melanie Laurent es acertado. Pese al convencionalismo y la sensación de carreteras transitadas que transmite, la película encuentra fijaciones estables en las actuaciones de Ben Foster y Elle Fanning, en los derroteros derrortistas de sus personajes y en la violencia seca y visceral que irrumpe en ciertos tramos de la cinta. Un filme noble que remite a una amplia galería de obras similares sin elevarse por encima de estas, como sí lo hicieron, enmarcadas dentro del noir rural estadounidense, ejemplos recientes como los de de Comanchería o Wind River.

 


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