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Festival de Sitges 2014: Crónica III

posted by Raúl Muñoz 7 octubre, 2014 0 comments

Lunes de Festival. Bien, relajémonos al fin. Para los que llevamos tiempo cubriendo el Festival de Sitges, éste empieza en lunes. Porque si bien su arranque oficial es un viernes, cada año, el primer fin de semana se dedica a lucir films con músculo comercial, que satisfagan a la mayor diversidad de público asistente, y es a partir del lunes cuando la programación adopta un cariz más arriesgado, radical y personal.

Y así lo atestigua la primera película a proyección, la brutal, demente, salvaje, hiperviolenta y absolutamente falta de moral The world of Kanako, del japonés Tetsuya Nakashima. En la línea de recientes películas orientales tales como Old boy y I saw the devil, el film narra la peripecia de un policia brutal, drogadicto, borracho y violador (hace parecer al Harvey Keitel de Bad Liutenant una perfecta babysitter para tus críos) en la búsqueda de su hija desaparecida a la vez que se suceden una serie de asesinatos de compañeros de instituto de ésta.

The World of Kanako

Con una clara vocación exploitation, la cinta es un compendio de palizas brutales, violaciones, incesto, cuchilladas varias, tiros a quemarropa, atropellos y todo lo que podáis imaginar. Con un estilo frenético, un montaje absolutamente epiléptico, música tronante, secuencias anime, créditos y estética setentera y una galería de perversiones sin igual, la película te agarra desde el primer minuto y no te suelta hasta el final.

Es difícil dilucidar si estamos o no ante una buena película. En el plano narrativo es algo confusa. En el plano estilístico hay un abuso de primeros planos, planos detalles, desenfoque, lens flare por doquier, que la asemejan a un vídeo clip. Hay secuencias de fiestas de instituto que retoman la estética de Spring Breakers y la llevan al paroxismo. En el plano moral, la película es una salvajada de tomo y lomo. La mayoría de atrocidades son llevadas a cabo por nuestro protagonista, y asistimos atónitos a la absoluta falta de ética de éste: violador consumado, abusador de su esposa, de su hija, maltratador de cuanta mujer se cruce en su camino… Todo ello sin que el director parezca tener demasiado interés en juzgarlo, y ofreciéndonos sus hazañas a modo de espectáculo puro y duro.  Lo dicho, una película disfrutable a su manera, pero que te hace preguntar qué tipo de persona eres, capaz de asistir durante 2 horas sin pestañear a semejante aberración.

Sin tiempo para recuperarnos de semejante paliza, asistimos a la siguiente proyección. Stereo, del alemán Maximilian Erlenwein, es un thriller de venganzas mil veces visto, en la que un tipo de pasado oscuro se instala en un lugar desconocido, tratando de retomar una vida normal, alejada de su criminal actividad. Como no puede ser de otra manera, el pasado siempre vuelve, y ante la adversidad, el protagonista volverá a hacer uso de sus dotes criminales para arrasar con todo aquel que ose desafiarle. Con un gusto por la violencia gratuita evidente, la película fracasa en todos sus facetas. La historia nos es conocida, a pesar de querer introducir un elemento novedoso, como es el hecho de que el protagonista no recuerde su oscuro pasado y sea un alter ego suyo, al que solo él ve, el que se lo recuerde incesantemente. En cuanto a forma, a pesar de que se nota un intento de dotar a la película de cierto estilo (la fotografía virada a ocre, un tramo final en un club con pasillos tenebrosos, luz roja, fluorescentes parpadeantes) se muestra bastante torpe y no llama demasiado la atención, excepto quizás en alguna secuencia de tiroteos. Una película absolutamente prescindible y a la que no auguro demasiado recorrido.

Realité Dupieux

Atropellado, sin descanso, salgo de la sala para dirigirme a la cola, sin tiempo de comprar un mísero bocata de esos tan simpáticos a 7 euros, para meterme de nuevo en al Auditori y dejarme sorprender con Realité. De Quentin Dupieux no hay que esperar nada porqué nunca sabes qué esperar. El director de Rubber, Wrong, Wrong Cops y la película que nos ocupa, es un especialista en descolocar al espectador, presentarle tramas surrealistas y romper las convenciones del género en el que parece que se inscriben sus películas. En este caso estamos ante una película que toma la forma de cine dentro del cine. Como en Inland Empire de Lynch, o en Road to nowhere de Monte Hellman, vista en Sitges hace unos años, la película dentro de la película, afecta directamente a la película que observamos como público. Encima, dentro de la película hay sueños dentro de sueños, que salen en la película que filman los de la película que es un sueño de quien hace la película. ¿Me siguen? Yo tampoco. Y creo que Quentin tampoco. Pero el guión es ágil, divertido, con situaciones hilarantes, planteado como un puzzle dentro de un puzzle dentro de un puzzle. Y como el director no nos lleva a ningún lado, se permite retorcer la estructura a su antojo, sin llegar a conclusión alguna, pero no sin ello ofrecer recompensas suficientes al espectador como para que le siga en el viaje. Una película estimable, candidata segura al premio a mejor guión.

Sigue el tour. El bocata de 7 euros acaba cayendo, aunque duela. Sin tiempo a deglutirlo, mucho menos aún a digerirlo, estoy sentado en mi butaca preferida del Auditori para ver la esperada A girl walks home alone at night, de la iraní afincada en USA Ana Lily Amirpour.

A Girls Walks Home alone at night

La cinta, ambientada en una ciudad imaginaria iraní, narra la pequeña historia de amor entre una vampiresa y un tipo marginal que tiene problemas con su padre drogadicto. Con una historia mínima y en absoluto original, la película tiene su mejor baza en el tratamiento visual. En un impoluto blanco y negro, altamente contrastado, la película ofrece una serie de imágenes poderosas, que la dotan de una cuidada atmósfera. Es remarcable la fuerza que ejerce el atuendo típico iraní, el hiyab, vestido en la película únicamente por nuestra protagonista vampírica, y que dota a ésta de un halo fantasmagórico y terrorífico, en sus amplios paseos nocturnos por unas calles deshabitadas, que remiten por su estética, su cadencia y su fotografía, a las de los primeros films de Jarmusch (en especial y muy mucho, a Strangers in Paradise). Pese a lo conseguido de su atmósfera, y como hemos visto en otras cintas del festival, la película parece temer el horror vacui, y no puede evitar inundar muchas de sus escenas con suave música pop y cámara al ralentí, al modo videoclip, que las hacen más llevaderas, pero que  no aportan el dramatismo necesario en muchas de éstas. Un debut muy estimable, pues se intuye una directora de buenas ideas visuales, pero que dista del entusiasmo que ha levantado en otros lares. Y de la influencia de Lynch de la que tanto se ha hablado, ni rastro. Quizás, en mayor medida, cabría destacar semejanzas con la muy superior y casi maldita The addiction, de Abel Ferrara.

Con el agotamiento llamando a la puerta, realizo un último esfuerzo y me dispongo a ver Cold in July, del americano Jim Mickle. Excelentemente interpretada por Michael C. Hall, Sam Shepard y un recuperado Don Johnson, la película empieza como lo hiciera Una historia de violencia, de David Cronenberg. Un ciudadano anónimo (hall) dispara de muerte a un intruso en su hogar. A partir de entonces, el hombre es aclamado como un héroe en el pueblo. Esta notoriedad lleva a que el padre del difunto (Shepard) pueda dar con él y amenace a la familia, en una premisa que nos remite a El cabo del miedo, de Scorsese, pues como en ésta, el padre vengativo parece un ente de la naturaleza a quien toda la policía del estado es incapaz de detener.

Cold in July

Cuando ya tenemos claro por dónde va a ir el film (el típico juego del gato del ratón), la película da un giro, que si bien en un principio parece que nos va a llevar a territorios mucho más interesantes y sugerentes, acaba enredándose en su mismo, y convierte lo que era un film sosegado y moral, en un final de traca con venganzas, tiros, y nuestro héroe de pega en un Charles Bronson redivivo que haría las delicias del Tea Party. Como en la mañana, la película transgrede toda norma moral para ofrecer un festín de violencia, tiroteos y filosofía filofascista de los más rancia, que pensábamos que había terminado con la era Reagan, pero temo vuelve a florecer. Pese a todo, una vez más, la película es disfrutable, lo cual me lleva a pensar: ¿En qué clase de monstruo me está convirtiendo este festival?

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