Festivales

Festival de Sitges 2014: Crónica IV

posted by Raúl Muñoz 9 octubre, 2014 0 comments

Martes 7 de octubre de 2014. Festival de Sitges. Anoto la fecha en algún rincón de mi mente para, en un futuro, rememorar el día en el que vi la colosal, monumental, épica, bizarra, inabarcable (añadan los adjetivos que consideren) Hard to be a God de Aleksei German. Si, como habréis descubierto, el martes topé con la perla que uno busca cada vez que empieza el festival, la película definitiva, aquella cuyo visionado justifica el certamen en si mismo y después de la cual sabe que ya nada será igual. Pero no nos precipitemos, no dejemos llevarnos por el entusiasmo, y analicemos la que  fue, sin duda, la jornada más fructífera de lo que llevamos de festival.

La mañana empezaba de la mejor manera posible, con un nombre querido por estos lares, cuyos primeros films son objeto de adoración, a pesar de que el año pesado dejó a más de uno descolocado.

David Cronenberg abría el fuego matutino con su crónica de la vida en Hollywood Maps to the stars. Arropado de un excelente elenco de actores (la mayor parte de ellos, pasados de rosca, dicho sea también) Cronenberg nos entrega una crónica del día a día de una serie de personajes ubicados en Hollywood, cuyas vidas giran, en su mayoría, alrededor de la industria cinematográfica.

Maps to the Stars

La película es una sátira, pretendidamente despiadada, de esta fauna que puebla la ciudad de las estrellas, sus miserias, sus dramas y sus vergüenzas. A pesar de algunos logros y aún reconociendo que la película se deja ver con facilidad y funciona en alguno de sus tramos, no puedo dejar de pensar que el antaño frío y calculador Cronenberg ha mutado en esta ocasión en un director de brocha gorda, ajeno a los matices, que trabaja con personajes absolutamente estereotipados, situaciones absurdas y una puesta en escena plana e insustancial. Nos encontramos por ejemplo con el personaje que encarna Julianne Moore, una actriz madura, venida a menos, que se aprovecha de su turbio pasado para ganar notoriedad en programas de televisión, a la vez que intenta conseguir un buen papel y que no duda en celebrar el conseguirlo pese a que ello signifique la tragedia para una compañera de profesión. John Cusack es un célebre terapeuta de terapias alternativas, famoso en televisión con su programa de autoayuda para llevar una vida equilibrada, pero que no puede evitar que su casa y su vida familiar sea un desastre. Hay un antiguo niño prodigio repelente, adicto a las drogas e insoportable, que pone en jaque al estudio al resistirse a rodar más secuelas de su gran éxito, y que demuestra aversión a la nueva estrella infantil con quien comparte reparto. Como vemos, todo en el film está construido con situaciones que nos son familiares, muchas de ellas las vinculamos con nombres propios de la actualidad, pero están tratadas de forma muy burda. Me dirán que siendo como es una sátira no debería estar para sutilezas, pero viendo quién firma el film, no deberíamos esperar menos. Cabe apuntar algunos aciertos de guión por lo que respecta al actual panorama cinematográfico: Las estrellas de hoy son niñatos malcriados, hay una enfermiza vanaglorización de la juventud en Hollywood, para ganar pedigrí es necesario estar en una serie… certeros apuntes, pero que no son suficientes para destacar la película entre lo mejor de la filmografía de su autor.

A continuación le sigue el film Jamie Marks is dead, por el cual siento cierta curiosidad, pues ha dejado buen sabor de boca en algunos de los festivales punteros del circuito indie. Jamie Marks, el empollón de la clase, el nerd, aquel que es sometido a toda clase de burlas y vejaciones por los compañeros de clase, ha muerto. Su cadáver aparace en el margen del río. En el instituto nadie parece recordar siquiera quién es. Excepto Adam. Adam lamenta la pérdida de Jaime, y junto con Gracie, la chica que descubre su cadáver, tratan de recuperar su memoria.

Jamie Marks is dead

Jaime reaparece en la vida de ambos, en forma de cádaver. Busca en Adam la amistad que no tuvo en vida. Con esta premisa arranca la película de Carter Smith. Una película de tono melancólico, que retrata con acierto y sin estridencias el angst adolescente, a la vez que plantea un triángulo amoroso entre los citados Adam, Gracie y  Jamie, con la particularidad que este último está muerto.

Con una cuidada fotografía, un buen manejo de los parámetros del cine indie (cámara en mano, contraste desaturado, rangos de color monotonales, ritmo sosegado) la película es una buena muestra del temor al paso a otra vida (en este paso, de la adolescencia a la edad adulta) ejemplarizado aquí en el tránsito de la muerte a un nuevo estadio desconocido. Si bien resulta un poco naïf en alguno de sus planteamientos, la película se sigue con interés y consigue en dos o tres momentos de terror cierta tensión, sin tener que recurrir a los manidos sustos basados en reventarte el tímpano cuando menos te lo esperas.

Medianamente satisfechos, volvemos a la sala para ver el film en que hemos depositado infundadas esperanzas: la austríaca Goodnight Mommy,  cuya interesante premisa argumental nos presenta a dos gemelos que esperan el regreso a casa de su madre después de que esta haya sido intervenida quirúrgicamente para recuperar su aspecto después de un accidente. El hecho de que la mujer vuelva con la cabeza completamente vendada y muestre un comportamiento poco reconocible, hace sospechar a los niños que quizás esa mujer no sea quien dice ser.

Goodnight Mommy

Con esta premisa, tres actores, y una localización, los directores Veronika Franz y Severin Fiala entregan una cinta de terror psicológico impecable. Con un tratamiento ejemplar de los espacios (el exterior, donde los niños se sienten libres, ofrece planos amplios, en movimiento continuo, ya sea traveling o steady, mientras que los interiores son estáticos, cerrados y gélidos), unas medidas interpretaciones, y algunas soluciones visuales impactantes (la imagen de la madre con la cabeza vendada causa más pavor que cualquier Michael Myers, Jason, Leatherface o Freddy), la película presenta su seria candidatura a premio gordo en el festival. Si a ello le sumamos un giro inesperado y una última media hora enfermiza, brutal e insoportable, que acerca el film al Funny Games de Haneke, tenemos el cocktail perfecto para considerarla la película del certamen.

Y así es, al menos durante las siguientes horas. Abrumado por el hecho de saber que mi siguiente película es un mastodonte ruso de 3 horas, en blanco y negro, con reminiscencias a Tarkovski, decido darme un respiro y quedarme con el buen sabor de boca de la película anterior. Conforme se acercan las 19.45, hora del pase de Hard to be a God, me pregunto si hago bien, en un festival festivo y desenfadado como es este, metiéndome a sufrir durante 3 horas en una sala con algo que se aventura va a ser difícil de digerir. El hecho de que en el Cine Prado no seamos más de 40 personas me hace temer lo peor.

hard to be a God

Y empieza la película. En un planeta lejano, unos humanos llegados de la tierra, estudian a estos habitantes, cuyo mundo es un reflejo de la Edad Media acaecida en la tierra. Esta es la línea argumental con la que se inicia la película, y que nos cuenta la voz en off en los primeros compases. Ya entonces hemos presenciado una geografía malsana, envuelta en nebulosa, salpicada de barro, perfectamente fotografiada. Y nos adentramos a una aldea. Alguien defeca desde un punto elevado y sus heces resbalan por las murallas. Un guardia lancea el trasero del defecador a la vez que ríe dementemente. El barro llega hasta las rodillas. Los cerdos se retuercen y gritan. Niños enfermos persiguen a perros andrajosos. Conocemos a Don, nuestro protagonista, un humano encargado de estudiar a los seres de este planeta. Toca jazz en un primitivo saxo. Y entonces la cámara se pega a él  y echa a andar, y andar, andar, a cruzar patios, pasillos, más patios, encontrarse con gente, con mujeres que quieren tomarlo, hombres que quieren matarlo, hombres que conspiran, condenados al patíbulo… y la cámara pegada a él, siempre, durante las 3 horas. Y el barro chapotea, se mete en las botas, suena constantemente. Así como el sonido metálico de las armaduras, las pesadas bolsas, los guantes, los cascos, los escupitajos, las toses, la mierda que resbala por las paredes. Todo es suciedad, barro, heridas supurantes, pústulas, enfermedad, personajes odiosos golpeándose, escupiéndose a la cara, rociándose con sus heces, rebuscando en los intestinos de los muertos. Pero sin saber cómo, todo toma una cadencia casi poética, y estamos allí, nos encontramos en ese planeta, lo vivimos, lo respiramos, lo sentimos. Los largos planos secuencia me abruman. Los paseos por los interiores, donde suceden mil cosas a la vez, en primer termino, en segundo, en tercero. El encuadre revienta, no hay espacio para tanto. La gente se solapa, las manos, los guantes, las espadas, los curtidos rostros… todos ellos entran en plano y se mantienen ahí, en el centro un instante, luego salen, en el fondo la acción sigue, la cámara sigue avanzando, sin descanso, y todo sucede a nuestro paso. Palomas sobrevuelan las estancias. Cruzan el plano. Defecan. Sueltan plumas. El gran angular deforma todo, los rostros, las manos, los cuerpos, las pesadas armaduras. Pero le otorga una fascinante  belleza. Estoy hipnotizado. No entiendo demasiado qué está sucediendo pero jamás he visto nada igual.

Mañana, el festival sigue curso, pero ya nada superará esto.


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