Festivales

Festival de Sitges 2014: Crónica VII

posted by Raúl Muñoz 13 octubre, 2014 0 comments

Sábado. Último día de festival. Es cierto que el domingo sigue abierto al público, con las intensas maratones que recogen lo mejor del certamen, pero para nosotros el viaje termina aquí. A pesar del agotamiento, del estrés, de algunas quejas, de desavenencias con el palmarés, de quejas vacuas a la organización como niños consentidos que somos, todos arrastramos la pesadumbre de asistir a las últimas horas de esta amada celebración colectiva que supone el Festival de Cinema Fantàstic de Catalunya.

A pesar del desgaste sufrido durante la semana, me resisto a abandonar el Festival sin someterme a una buena dosis de películas. Por problemas de entendimiento con la política de entradas del sábado, descubro con rabia que el pase con el que hasta ahora veía la mayoría de películas, hoy no me va a servir de mucho. Como la mañana me queda huérfana (han estrenado Burying the ex, la última película de Joe Dante, pero no me he visto con fuerzas), decido acercarme a la carpa Fnac, donde se lleva a cabo una interesante y profunda charla con el director Peter Strickland, que nos deleitó en Sitges con su estupenda The Duke of Burgundy. Durante 40 minutos hablamos de sus referentes, de sus filias, sus obsesiones, el trato que da al sonido a sus películas, de la estructura circular que domina sus dos últimas obras… Una conversación  de lo más interesante, con un director apasionante que demuestra tener un gran conocimiento del medio.

Antes hemos asistido, con algo de pasmo, a la rueda de prensa del palmarés. Lo cierto es que ha contentado a muy pocos de los presentes. Aunque recuerdo que esto no es algo nuevo. El año anterior ya sucedió, y el anterior al anterior. Me quedo con algunas reflexiones interesantes del director del festival, Angel Sala. En primer lugar ha declarado que está pensando cambiar el formato de la sección a competición oficial, reduciendo el número de películas (este año eran 38). Ha advertido igualmente que es un error cubrir el festival fijándose nada más en la sección oficial, cosa que comparto. Y por último ha reflexionado sobre el trabajo que realizamos desde prensa, y se ha preguntado en voz alta si a día de hoy tenía mucho sentido hacer una crónica diaria del festival. Si no sería mejor tratar de hacer un relato personal de la vivencia de cada uno con respecto al mismo. Yo, que he hecho crónica diaria más o menos exhaustiva del certamen, no puedo estar más de acuerdo con el señor Sala. Así que el año que viene voy a pedir al jefe de todo esto que cargue un Cadillac del 73 con botellas de Bourbon y éter, y prometo mandar mis crónicas al más puro estilo Hunter S. Thompson.

Y así, reflexionando y compartiendo puntos de vista con unos y otros, ha llegado la hora de uno de los films de los que más se ha hablado previo su pase en el cine Prado. Se trata de The tribe, un film cuya máxima peculiaridad es que está interpretado en su mayoría por sordomudos, y que usa el lenguaje de signos en cada una de sus secuencias, sin subtítulos para apoyar su entendimiento.

The Tribe

La película nos narra la llegada de un nuevo interno a un centro de acogida para jóvenes inadaptados, con la peculiaridad de que son sordomudos. Al poco de llegar, nuestro protagonista irá descubriendo y adentrándose en las prácticas y tejemanejes ilegales del grupo dominante en el internado. El nuevo compañero se integra rápidamente en este grupo, y conforme avanza la trama se irá embruteciendo con el entorno y los actos delictivos que le rodean, hasta llegar a un punto de no retorno y estalle la violencia.

La película, que a nivel formal y argumental no aporta grandes innovaciones, logra generar una sensación de extrañeza al mostrarnos como suena el sexo sin voz, sin gemidos, como suenan las peleas sin gritos, como suena la violencia muda. Ahí radica su máximo acierto. Y lo mismo sucede con un par de secuencias en las que mediante la acción que sucede en pantalla, somos conscientes de todo lo que puede significar ser sordos. Con un tramo final hiperviolento (en el cual, y pasa a menudo, mucho descerebrado en la sala aplaudió con fruición) y una terrible secuencia de un aborto clandestino, la película tiene todas las papeletas para convertirse en el film polémico del año.

P'tit quinquin

Para despedir el festival decido pasar 4 horas en las cómodas butacas del Cine Prado (ejem) para ver la miniserie P’tit Quinquin, de Bruno Dumont. En un tono humorístico que combina la sátira, la farsa y la parodia, Dumont nos relata la investigación llevada a cabo por un torpe comisario francés y su ayudante, de una serie de asesinatos rituales que suceden en un pequeño pueblo pesquero. Sin demostrar interés real por el desarrollo de la investigación, Dumont dirige su mirada al día a día de los habitantes de este pueblo, entre los que destaca el joven Quinquin del título, un adolescente vivaracho y conflictivo, que con sus travesuras mantendrá al comisario en estado de constante crispación.

Sigo con interés y divertido las pesquisas de estos excéntricos personajes. Reconozco momentos de alto grado humorístico. Miro con ternura el amor primerizo de Quinquin y su compañera. Pero no soy capaz de ir mucho más allá. Entiendo que Dumont está tratando de mostrarme una parte de la sociedad francesa, que detrás de tanta farsa se esconde un sentido tono crítico. Pero mi cerebro ha hecho off. Lleva horas despidiéndome de este festival. Contando ya los días que faltan para su nueva edición, tratando de asimilar tantas y tantas horas de cine acumulado.

A partir de hoy, comienza la cuenta atrás.


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