Festivales

London Film Festival 2015: Crónica IX

posted by Alberto Varet Pascual 19 octubre, 2015 0 comments

Este cronista espera que sus lectores aprecien más su textos que su puntería, porque, si en Cannes se quedó dormido durante la proyección de Dheepan, ganadora a la postre de la Palma de Oro, en Londres le sucedió algo parecido, aunque no tan exagerado, con Chevalier, que se ha terminado alzando con un más que discutible Premio a la Mejor Película de la Sección Oficial. Allí estaban Cemetery of Splendour, Sunset Song o Evolution, pero el jurado ha preferido premiar lo académico con aires de novedoso que lo verdaderamente único. Aprendida la lección: en los festivales hay que apostar por las películas que arriesgan sólo hasta el punto que marca una lógica que, ya en su día, Hitchcock despreciaba.

El certamen, por otro lado, cierra esta misma noche con Steve Jobs, lo nuevo de Danny Boyle, con un gran Michael Fassbender, un guión bien escrito, unas estupendas canciones de Bob Dylan y toda la artillería vacua del de Trainspotting.  

 

Steve Jobs – Danny Boyle

Un mal director de orquesta

Steve Jobs

El personaje de Steve Jobs es muy goloso para un biopic por sus dobleces, sus agujeros negros o su endiosamiento. También por su doloroso retrato familiar o la superación de su enfermedad. Con todo esto, Aaron Sorkin entrega un guión que lleva su firma desde el principio hasta casi el final. Ahí están los diálogos propios de una screwball comedy, el buen dibujo de personajes, las tramas y subtramas perfectamente hilvanadas en el tiempo, la inteligente elipsis para evitar hablar del cáncer o su mirada punzante al héroe americano. Poco que objetar, entonces, y, sin embargo, la obra se acaba mostrando bastante convencional, incluso vacía. ¿Por qué?

Como vemos en varias escenas del film, Jobs tendía a aparecer en el escenario junto a los rostros de Dylan o de Martin Luther King, unas figuras sin las cuales no se puede entender la Historia de la Humanidad. El trabajo se dirige aquí hacia una estimulante lectura: el genio es un hombre solitario, un ególatra, pero nunca un insensible. Una cuento fascinante que, lamentablemente, no se le puede aplicar a Boyle, quien vuelve a llenar su obra del bombardeo audiovisual hortera que ha caracterizado la última etapa de su carrera con la pretensión constante de estar conquistando clímax emocionales al son de la retórica del protagonista.

No le negaremos a Steve Jobs algunos gestos visuales originales, ni una generosa realización, pero tampoco que la mayoría de los planos del film se limitan, en el mejor de los casos, a ilustrar el texto de Sorkin, con lo que da la sensación de estar frente a una cinta de guión, donde el lenguaje audiovisual ha sido vaciado de su razón de ser. Boyle lo sabe, y no deja de acumular extravagancias narrativas que, en ocasiones, parecen mandar la historia real hacia una dimensión onírica (la mente del protagonista, muy bien interpretado por Fassbender, por cierto). Con el paso del metraje uno se da cuenta de que eso también es cosa del guionista, y que donde realmente aparece Boyle, tras dos horas de falsos clímax audiovisuales perpetrados en nombre de una supuesta orquesta cinematográfica, es en una conclusión donde da rienda suelta a la glorificación de un personaje que estaba mucho mejor caminando sobre esa línea ambigua que Sorkin había dibujado para él.

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