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Las 10 mejores películas de 2019

posted by Marc Muñoz 26 diciembre, 2019 0 comments

Como anticipamos en el resumen publicado hace unos días, la cosecha cinematográfica que ayer acomodó sus últimas llegadas no quedará salvaguardada entre lo más impepinable de esta década que también se cierra. 2019 ha dejado un desigual acierto entre los grandes cineastas que han concurrido en su marco temporal. También se ha caracterizado por un puñado de obras de excesiva veneración que han marcado el calendario de estrenos y las tertulias posteriores, mientras que otras piezas importantes parecen haber librado un diálogo elegíaco con el fin del medio y/o sus formas y métodos pretéritos. Por su parte, el cine español ha vivido otro gran año con la inclusión de lo nuevo de Pedro Almodóvar acaparando parabienes desde su paso por Cannes, pero han sido muchos otros largometrajes los que han engrandecido la cosecha de hogaño. No se puede decir lo mismo de un cine europeo renqueante que, desde hace ya unos años, echa en falta el riego creativo de nuevas voces autorizadas, a la vez que sus propios popes pierden fuerza en sus últimas manifestaciones artísticas.  Podría también definirse como el año del soplo de prestigio para Netflix , quien ha sabido aglutinar varios de los filmes más prominentes de la temporada como queda expresado en esta lista (3 de sus estrenos forman parte del TOP que sigue) de naturaleza subjetiva, y confeccionada con la pretensión, no de sentar cátedra, sino de ordenar y acotar alguna de las obras que más tiempo han permanecido ancladas en las retinas de quien escribe.

 

10. La favorita – Yorgos Lanthimos (Gran Bretaña)

The favourite

El afamado director griego redujo su estilo desmedido y extravagante, sin perder su carácter incisivo, para dar cabida, dentro de un envase comercial y de cine de género, a esta comedia negra de intrigas palaciegas alrededor de la corte real inglesa del S.XVII y las luchas internas que se libran en su interior para gozar del favor de la regente. Convirtiéndose desde el primer plano en un filme de época atípico, desenvuelto con ingenio y mirada mordaz, como un estudio de las pulsiones humanas básicas concentradas en las alcobas y salones de este palacio donde tienen lugar las delirantes y despiadadas batallas entre realeza y siervos manipuladores y viles. Un retorcido triángulo de poder, sexo y manipulación donde Lanthimos logra acomodar su marcado estilo sin violentar ni acaparar toda la atención.

9. Rolling Thunder Revue: A Bob Dylan Story – Martin Scorsese (Estados Unidos)

Dos de los artistas estadounidense más importantes en vida suman masa gris para rubricar el documental de la temporada. La segunda incursión del de Malas Calles en la circunscripción dylaniana se salda con un barrido por la frenética gira homónima que llevó al genial cantautor de Duluth, y a un séquito de músicos y personalidades artísticas, por escenarios de pequeño formato entre 1975 y 76. Lo extraordinario de la propuesta, más allá del interés arqueológico de recuperar un Dylan en su apogeo artístico, es ese mecanismo de falso documental, de servidumbre fantasiosa, que incorpora ante la imposibilidad de descifrar uno de los iconos del pasado siglo, o, ante la imposibilidad de controlar la memoria y los estragos que causa el tiempo en esta. “Concierto, documental y ensueño” como definiría Netflix, sorprendentemente con extremo acierto, a este audaz y magnético baile de máscaras.

8. ¿Dónde está mi cuerpo? – Jérémy Clapin (Francia)

Partiendo de una de las premisas más disparatadas de los últimos doce meses – una mano que recorre las calles de París en busca del cuerpo del que ha sido desmembrado tras un desafortunado accidente laboral  – Jérémy Clapin arma un sentido y vivaz retrato de los miedos, las inseguridades y la soledad de un adolescente huérfano e inmigrante en la ciudad del amor. Aunque lo más encomiable de esta propuesta levantada con trazo sencillo, sin grandes alardes técnicos, es su capacidad para epatar mediante el maridaje del relato de aventuras inserto en la odisea urbana de esa mano perdida, y, por otro lado, las tribulaciones, de carácter dramático y romántico, que afectan a este chaval protagonista que quedan descubiertas, poco a poco, mediante una historia personal resuelta a través de flashbacks. Una original y sencilla propuesta que, sin embargo, desprende un caudaloso afecto emocional a través de sus personajes, inclusive esa mano con la que el espectador sufre pese a su reducido factor expresivo.

7. Madre – Rodrigo Sorogoyen (España)

Madre

Rodrigo Sorogoyen puso en valor su versatilidad a la par que se reivindicó como uno de los activos más consistentes del actual panorama cinematográfico español. Y lo hizo con una de las películas más ninguneadas y olvidadas de la cosecha anual. La ambigüedad que anega este relato de una madre sin pulso vital tras la misteriosa desaparición de su hijo – una premisa que da forma con un prólogo compuesto por el propio corto homónimo con el que Sorogoyen se quedó a las puertas del Oscar dos años atrás – es la pauta a la que se acoplan los vaivenes dramáticos de esta sugerente cinta.  Y es precisamente su desacople del posible thriller de intriga lo que debió desconectar a varios espectadores que no esperaban que lo que siguiera fuera un melodrama trufado de una ambigüedad y transgresión algo radical en el cine post #MeToo. Sin embargo, la inteligencia y el tacto de Sorogoyen – especialmente mediante el fabuloso dispositivo narrativo escrito junto a Isabel Peña, pero también con su dotes como realizador – le permitieron salir airoso de las zonas más grises y oscuras de un zigzagueante relato de amor cuyos ecos dirigen a Mulligan, Rohmer y hasta Malick en el estilo volcado.

6. We, the animals – Jeremiah Zagar (Estados Unidos)

We The Animals

Salida de la oscuridad a la que la exhibición de nuestro país somete a buena parte del cargamento indie estadounidense gracias a los esfuerzos de los programadores del festival Americana, We, the animals se desmarcó como la gran ópera prima de los últimos meses. Poseída por la caligrafía lírica del gran mentor de los cauces independientes, el influyente Terrence Malick, Zagar combinaba la hermosura de una fotografía absorbente y magnética con el crudo relato familiar de tres hermanos viviendo en un hogar descosido por la violencia doméstica, la pobreza inherente a las zonas más descuidadas de la América rural y la inoperancia de unos progenitores sobrepasados a la hora de desempeñar sus funciones en las circunstancias descritas. Y todo ello lo articulaba mediante la mirada sensible e imaginativa del más pequeño de los hermanos, cuya imaginación desbordante se emplazaba como el único respiradero vital. Una película modesta, sencilla, pero cuyo hermoso continente ayudaba no solo a hacer más digerible su contenido, sino que creaba un sorprendente y mágico contraste cuyo efecto sobre el espectador se traducía en una estela afectiva de largo alcance.

5. The Souvenir – Joanna Hogg (Gran Bretaña)

The Souvenir

Inédita en nuestro circuito comercial (y probablemente así permanezca), The Souvenir se reivindica como una de las cintas más escurridizas y magnéticas vistas en demasiado tiempo. La propuesta de Joanna Hogg deslumbra por una agudeza formal insólita, y hasta descarada y rompedora en estos tiempos de virtuosismo desaforado. Mediante una certera puesta en escena estática, prácticamente teatral, registrada con planos fijos y quietud absoluta, la directora británica captura la relación tóxica entre un hombre misterioso y una aspirante a directora, quien, en paralelo, se implica en el crecimiento como artista volcada en su primer proyecto cinematográfico. Lo más revelador de esta obra de enrevesada y desafiante sintaxis es la sugerente sinergia que se establece a tres bandas, mediante ese juego entre la realidad de esta pareja de turbios meandros, la representación de la película que prepara la protagonista (la debutante Honor Swinton Byrne) y los propios mecanismos autoconscientes de la obra que aquí concierne. Igual de admirable es el impecable trabajo con el que llena de significado esas zonas ambiguas, esos interrogantes de pregunta esquiva, fuera de plano y sin foco, perdidos entre sus constantes elipsis, y que dominan la pantalla gracias al empleo de un sublime montaje sincopado con el que interrumpe la narración para, a su vez, enlazar con las otras realidades (o representaciones) en juego, incluyendo esa capa meta ficticia  – ese revelador plano final de ella mirando a cámara-. Unos personajes de una complejidad desconcertante, un drama rompecabezas que requiere del riego mental del espectador atento y cuyos espejos (de presencia literal en su medida puesta en escena) remiten a un cine pretérito ( con homenajes y citas que incorpora al texto), y a ese espectro inenarrable del séptimo arte.

4. Dolor y gloria – Pedro Almodóvar (España)

Dolor y gloria

El director manchego elevó su jerarquía como cineasta mediante el que supone su artefacto más autoconsciente y confesional hasta la fecha. Descrita por algunos como su Fellini 8 y medio, este autorretrato se encarrilla por momento en la autoficción pero lo que en realidad sobresale es por la sincera expresión que emite el autor de Mujeres al borde de un ataque de nervios a través de sus imágenes y la emoción contenida en estas. Despojado de su estética más marcada y chillona, Almodóvar depura su estilo para fortalecer esa mirada regresiva hacia sus orígenes, como punto de partida elemental para entender la forja de una identidad artística simpar, y por otro lado, desde la linea del presente, para explorar otras cuestiones dramáticas sobre su generación (la losa de la droga) o más personales: como el arte, las llagas personales, la asfixia del paso del tiempo o las dobles, y en su caso, últimas oportunidades, por ejemplo, con el el amor. Sumergirte en su última obra equivale a manosear todo el universo almodovariano, todo lo que ha influido en la edificación de su distinguible mirada cinematográfica. Ese plano de cierre en el que la meta ficción se impone como un potente clic entre la representación y la realidad personal volcada en su construcción, denota la calidad de una obra que se incluye entre lo más elevado de la filmografía de su autor.

3. Historia de un matrimonio – Noah Baumbach (Estados Unidos)

Reviviendo los propios estragos sufridos con el divorcio con Jennifer Jason Leigh, Noah Baumbach edifica el melodrama romántico más vigoroso y demoledor de la temporada. Esta radiografía de la descomposición de un matrimonio entre un reputado director teatral y una actriz consumida por la sombra acaparadora de su esposo, se traduce en un torrente de emociones sentidas y verosímiles sobre ese amor tan intenso que se sabe marchitado pero del que duele hasta el tuétano hacerse a la idea de su partida sin retorno. Y que queda además enfangado, hasta adquirir categoría dramática, con la intervención de esos despiadados abogados matrimoniales (fantásticamente interpretados por Laura Dern y Ray Liotta) alrededor de la pieza más preciada en cualquier guerra conyugal: un hijo inocente al descalabro. Todo ello lo aborda el director de Greenberg en una condición de demiúrgico superdotado, con una sensibilidad propia de quien ha sufrido en propia carne los trances que se describen. Una cinta plagada de aciertos narrativos – la importancia de esa carta que les obliga a escribir el consultor matrimonial- , que bascula con asombrosa habilidad entre el drama y la comedia desternillante – la visita de la asistente social a casa de él desencadena las cotas de hilaridad más altas de la temporada – y apuntalada por sus vivaces diálogos que, articulados por dos actores en estado de gracia (Scarlett Johansson y Adam Driver), conducen hacia ese estado de zozobra emocional a la que te somete esta cinta de risotadas y lágrimas contenidas, y cuya valiosa lección final no parece ser otra que el de la necesidad del desaliento amoroso; el de haber sentido aunque aquello que parecía inagotable pase por un estado vegetativo, como algo hermoso y significativo para sentirse vivo. También la imposibilidad de dejar de amar a alguien con quien tanto se ha compartido, como indica su director de forma sublime en ese plano con el que claudica una de las mejores obras de su trayectoria.

2. Largo viaje hacia la noche – Bi Gan (China)

El largo viaje del día hacia la noche

Uno de los jalones de la panorámica cinematográfica de 2019 fue impuesta por uno de los cineastas chinos más atrayentes del momento. Dividida en dos piezas diferenciadas, una primera más adherida al neor-noir, mientras que en la segunda despliega una atmósfera onírica mediante un plano-secuencia en 3D de belleza ensimismadora, Largo viaje hacia la noche recuperó ese cine sensorial que termina anegando al espectador con sensaciones de naturaleza insondable. Mediante esa simple excusa narrativa de un hombre que regresa a Kali para buscar a un viejo amor, Bi Gan despierta un fastuoso relato de amores fugaces, fantasmas atrapados en la memoria y de una odisea subyugante por esa China rural y exótica capturada por la fotografía más stendalhiana de la temporada. Especialmente cuando entra en escena ese cambio de formato (un 3D no como un recurso vacuo y de lucimiento técnico, sino como canal para el mayor grado de evocación y como herramienta esencial para palpar la textura del espacio), y el viaje del protagonista es compartido en la inmersión de un espectador absorto con ese fascinante plano-secuencia por la China rural más recóndita.

1. El irlandés – Martin Scorsese (Estados Unidos)

Uno de los proyectos más perseguidos y anhelados por Martin Scorsese quedó completado como una obra catedralicia, una más en una carrera llena de hitos en la memoria colectiva de la cinefilia. A través de la historia real de Frank Sheeran, el director italoamericano armaba un fresco político-gangsteril con la violencia como eje vertebrador, no solo en las estructuras de la mafia, sino como nexo de unión íntimo con otras importantes instituciones y, por ende, con la propia historia de los Estados Unidos de la segunda mitad del S.XX.  Si la primera parte se presentaba como una reactualización de su cine mafioso desde el prisma de un director de 77 años, desposeído de la energía y el punch de antaño, en la segunda asumía hasta las últimas consecuencias esa condición con una reflexión sin medianías sobre la vejez, la soledad y los remordimientos enquistados. Aunque lo que traslucía con mayor gloria y afecto era su dimensión extrafílmica de canto del cisne; no solo respecto a su cine de gangsters , sino a una forma de ver y entender el cine. Una carta de despedida emotiva, dirigida tanto al elenco actoral con el que logró alcanzar su estatus de maestro de cineastas, como a unos espectadores siendo, probablemente, testigos, por última vez, de un filme de tan tallada personalidad por parte de su autor. Una obra monumental, sobria y palpitante, a cuyas 3 horas y media uno se agarraba con la esperanza de que el trayecto no terminara nunca. El comandado por Scorsese está lejos de hacerlo, pero el halo elegíaco que contiene su última incursión resonó con estridencia durante esas jornadas posteriores en que la obra crecía entre los pensamientos. Su principal artífice – aunque fuera con mayor ímpetu a posteriori-  volvió a demostrar que la senectud no va reñida con las formas más soberbias del arte.


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