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Las seis obras inolvidables de Bernardo Bertolucci

posted by Marc Muñoz 28 noviembre, 2018 0 comments

Con la muerte de cualquier gran figura del arte desaparecen una cantidad incalculable de pensamientos, miradas, metodologías y ademanes.  A sus vez, el deceso regurgita por horas, días, o, incluso semanas o meses, los sentimientos asociados a su obra o a una parte de esta.  Las emociones almacenadas en algún rincón inescrutable de nuestra memoria vuelve a la superficie como ese géiser que se ha mantenido inactivo durante tiempo. Con la muerte de Bernardo Bertolucci el pasado lunes ha ocurrido de nuevo, y en el caso de este servidor, de manera significativa.

El deceso del cineasta de Parma conlleva además el cierre de fases y etapas que cada vez parecen más extintas e irrecuperables. Bertolucci, como dilucidaba Isaki Lacuesta en una entrevista reciente, fue un director de una inmensa libertad creativa, un rupturista (más en el fondo que en la forma), un intelectual capacitado para sacudir los cimientos y provocar (no solo en el sentido transgresor, sino en el de remover sentimientos) con sus sismos cinematográficos.

Con el autor de El cielo protector desaparece prácticamente ese cine autoral europeo (los que quedan se pueden contar con los dedos de un mano), aguerrido a una libertad sin precedentes para explorar temas tabúes y meter el dedo en una llaga que estos días escuece más que nunca para muchos colectivos y la sociedad en general. En definitiva por experimentar desde la lucidez y la potencia de una mirada superdotada y cultivada.

El cineasta italiano era además el último estandarte de ese gran cine italiano que traspasaba las fronteras y se erigía en materia  internacional. Con él, lamentablemente, desparece el último gran emperador del cine europeo. Pero como apuntaba José Luis Muñoz en su “El largo adiós”, su obra palpita, y lo seguirá haciendo por lustros, dada la vigencia con la que permanece acoplada a las retinas de quien se acerca. Estas son sus seis obras más infinitas.

Antes de la revolución (1964)

Con tan solo 22 años Bernardo Bertolucci firmaba su segunda película como director. Un trabajo inscrito plenamente en ese cine político donde sus ideales marxistas acaparaban los frames bajo el estímulo formal del neorrealismo. En este caso al servicio de un drama político de un joven seducido por el comunismo mientras mantiene una relación incestuosa con su tía. Una primera etapa más discursiva y política que coronaría con El conformista. Y entre medio quizá la película más contagiada por la radicalidad formal de algunos autores de la nouvelle vague, la desconocida Partner (una adaptación sui generis de El doble de Dostoyevski).

El último tango en París (1972)

El último tango en París

Aunque la película que lo asomaría al mundo llegaría a los 30 años. El filme que provocó peregrinación de cinéfilos castrados por el franquismo, cruzando la frontera para palpar los aires de libertad de la que gozaban los vecinos del norte. El último tango en París fue obra fenómeno mucho antes de la viralidad y las campañas de marketing. Bertolucci revolucionó el continente con una aproximación sin cortapisas a la sexualidad más retorcida, pero también sobre el desaliento y el dolor del ser humano, en este obra que fue un canto de libertad para una generación, una obra maestra para una cantidad estimable de cinéfilos y una película a linchar (la escena de la mantequilla) para una nueva generación (la actual) intransigente con los modales y formas de antaño.

Novecento (1976)

Un reparto internacional alucinante y de nuevo la perfeccionista fotografía de Vittorio Storaro para abrigar una obra monumental. Novecento se erige como un fresco político, social y humano de la Italia del S. XX y su choque de ideologías. Un relato maximalista sobre los ideales, los compromisos y las familias de sangre o de carnet. Una epopeya cinematográfica dividida en una primera parte más lírica y una segunda más militante cuya suma marcó a toda una generación, y con la que obtendría el rédito necesario para dar el salto hacia Hollywood. Para el que escribe, su obra maestra.

La luna (1979)

La luna

Antes de saltar a Hollywood y conquistar los Oscar con El último emperador, tuvo tiempo para filmar este precioso y controvertido drama edípico que cerraba su etapa más fecunda. Un relato alrededor de un adolescente adicto a la heroína manteniendo relaciones incestuosas con una madre cantante de ópera sería simplemente irrealizable en la actual dictadura de la corrección política. Una sociedad que daría la espalda a uno de sus filmes más íntimos, perdurables y hermosos, y sí, controvertidos (¿acaso el arte no busca sacudir el espíritu?).

Belleza robada (1996)

No está entre sus obras más recordadas ni aplaudidas, pero como argumentaba en la introducción cada obra del maestro italiano deja un poso en el espectador. Y para un cinéfilo que, por aquel entonces contaba con trece años, Belleza robada fue la entrada a la sexualidad, a sus miedos, sus incomprensiones y, especialmente, sus bellezas, las cuales adquirían a través de la lente de Bertolucci una dimensiona reveladora. Un crush cinematográfico con una actriz (la belleza radiante de Liv Tyler) y con su padre cinematográfico, un Bernardo Bertolucci regresando a Europa para iniciar una última etapa más íntima y más recogida.

Soñadores (2003)

Soñadores

Y en esa última etapa aún tendría tiempo de cincelar un clásico moderno de la cinematografía europea. En cierto sentido su Soñadores trascendió su momento en esa exploración del espíritu de Mayo del 68 a través de un triángulo amoroso que perseveraría ese componente controvertido del autor mediante una relación incestuosa entre hermano y hermana junto a un foráneo norteamericano. Un clima de libertad sexual en el interior de una casa señorial de París mientras en el exterior empieza la tormenta de adoquines. Una película sobre el despertar sexual, la experimentación del período y la futilidad práctica de unos ideales extinguidos que, sin embargo, sí sirvieron para alimentar las almas de sus autodenominados revolucionarios. Una obra que no solo sirve al italiano para establecer su homenaje a ese Mayo del 68 que lo marcaría, sino para reivindicar y homenajear el cine que generó esa oleada parisina y como tributo al séptimo arte en general. Diez años más tarde se despediría con otra reclusión entre hermanos, otra juventud enclaustrada, la que acaparaba los fotogramas de Tú y Yo. El testamento fílmico de un maestro irrepetible, quien no hubiera tenido el recorrido que tuvo de haber nacido en nuestro tiempo.


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