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Muchos hijos, un mono y un castillo – Gustavo Salmerón

posted by Marc Muñoz 14 diciembre, 2017 0 comments
Mucha guasa, una reina y un síndrome de Diógenes

Muchos hijos, un mono y un castillo

El documental sigue siendo el reducto ante las formas cinematográficas más anquilosadas, caducas  o simplemente plagiarias. Si en los últimos años siempre ha habido un documental que sobresalía del resto,  incluso situándose entre lo más altivo de la producción cinematográfica general, este año parece que el correspondiente tiene acento español.

Ganadora del premio al mejor documental en el prestigioso Festival de Karlovy Vary, y desde ayer nominada al Goya en su categoría, Muchos hijos, un mono y un castillo supone el primer trabajo como director del actor Gustavo Salmerón. Un esfuerzo de catorce años de filmación de su propia família que desemboca en este maravilloso documental sobre la matriarca del clan Salmerón bajo el engañoso hilo argumental de una estrafalaria búsqueda – en realidad una obsesión por parte del autor – de las vértebras de su bisabuela que la madre guarda en algún lugar de su caótico castillo.

Un punto de partida impuesto por el propio Gustavo Salmerón para desplegar este sentido, alucinado y excéntrico retrato (auto)familiar, con su madre en el centro gravitacional, y con el que no deja de ahondar sobre cuestiones universales como el significado de la vida, la vejez, la muerte y la familia. Porque en realidad Muchos hijos, un mono y un castillo no desperdicia la oportunidad de construirse mediante una radial utilizada previamente por el tándem Azcona-Berlanga para radiografiar una España esperpéntica, alojada en un refugio impermeable al paso del tiempo . Sin embargo, Salmerón, hábil con la realización y el montaje, apuesta sin corsés por la honestidad aplastante de Julita, esa madre convertida en el personaje de no ficción más carismático y entrañable del curso que acapara la atención y las miradas, envalentonada por esa máxima de que la realidad siempre termina imponiéndose a la ficción.

A través de la crisis y un descalabro económico que, por instantes, insinúa que el documental podría alinearse con los Panero de El Desencanto, Salmerón se recrea, con amor y respeto a sus allegados, en el sin sentido y el caos que rodea su familia en un momento tan delicado y estresante como es la mudanza tras el desahucio de ese castillo que alberga tantos recuerdos de sus vidas.  

Es a través de su madre, un torrente de salidas humorísticas y desparpajo, que Salmerón repasa el álbum de fotos familiar sin caer en la hagiografía o el sentimentalismo sectario, sino más bien explotando la excentricidad y el disparate que rodea a su clan familiar. Tal es así que muchas veces el relato cruza el umbral de lo verosímil, plantando la duda al espectador sobre la veracidad de las imágenes o su manipulación para efectos dramáticos más persistentes. Una duda que Salmerón juega con cierta transparencia – la secuencia del falso entierro, por ejemplo – con tal de subrayar con mayor fortuna la comicidad y lo rocambolesco implícito en el personaje de Julita, así como el efecto que causa en toda la familia.

También en su forma Salmerón adopta una posición autoconsciente: cómodo, e incluso, irónico, con la austeridad y la simplicidad del formato del vídeo casero al que recurre, pero a la vez, extrayendo de este virutas emocionales de largo recorrido. Porque si su trabajo termina subiendo al podio y adherido al espectador es por su habilidad por conectar con emociones universales, interpelar al vínculo familiar de cualquiera que, por mucha distancia personal que le separe de los protagonistas de este relato, termina atraído e identificado con el clan protagonista. Y es que no hay nada a apelar cuando Julita expresa sus temores, sus filias, sus quejas, sus gestas, sus remordimientos, sus fantasmas, sus triquiñuelas y sus amores sin cortinillas, con la sinceridad e inmediatez que solo puede proporcionar cuando quién está al otro lado de la cámara es su propio hijo.

Muchos hijos, un mono y un castillo invoca así una época perdida y olvidada a través de un retrato desternillante y delirante de un personaje vital que prevalece y emociona. Salmerón no solo logra un esplendoroso debut con un sentido homenaje a su madre y a su familia, sino que construye el documental más gratificante de la temporada y un candidato serio a clásico instantáneo de nuestra cinematografía.  

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