CineCrítica

Norwegian Wood – Tran Anh Hung

posted by Marc Muñoz 23 marzo, 2011 2 Comments
Desdichados de amor

En 1965 los Beatles lanzaban el mítico LP Rubber Soul. En su interior destacaba un tema escrito por John Lennon en el que, por primera vez, el grupo incluía elementos orientales (George Harrison tocaba el sitar) y de rock psicodélico en su sonido. La canción, titulada Norwegian Wood, la utilizaba el escritor Haruki Murakami, no sólo para dar nombre a su famosa novela ( traducida en España como Tokio Blues), sino como un recurso narrativo, a través del cual, el protagonista se aboca a recordar en primera persona su pasado juvenil en la ciudad de Tokio a finales de los 60’s.

Ahí es precisamente donde el director vietnamita Tran Anh Hung decide ubicar directamente su adaptación de la novela de Murakami, rehuyendo así del flashback de la obra original. Esta es la primera libertad que se toma Norwegian Wood respecto a su texto original.

El filme arranca con el trágico suicidio de Kizuki, el mejor amigo de Toru Watanabe (Kenichi Matsuyama), protagonista y narrador de la historia. Tras la malograda muerte, Watanabe decide trasladarse a la capital nipona para empezar sus estudios en la universidad. Un día, se encuentra con la novia de Kizuki (Rinko Kikuchi), Kaoko, una joven de belleza frágil, introvertida, y con un gran dolor en su interior. Al poco Watanbe cae enamorado de la misteriosa proyección de Kaoko. Sin embargo, los problemas emocionales de ésta aumentan, y para estabilizar su salud mental, se ve obligada a retirase a Kyoto. Entretanto, Watanabe conoce en la universidad a Midori, una hermosa chica que aporta luz a su vida, y de la que también se sentirá atraído.

Bajo esta materia de amor a tres bandas y amores sin consumar, el director del Olor de la papaya verde incide, con su particular estilo sensible y elegante, en los via crucis del amor, los primeros encuentros sexuales, el deseo sexual, las vicisitudes del corazón, en definitiva, explora todos los recovecos de los primeros amores, los que los curtidos en materia coinciden en definir como los más intensos y puros.

A diferencia de esos Soñadores de Bernardo Bertolucci (misma época, pero diferentes localizaciones y preocupaciones), aquí los caracteres centrales están demasiado succionados por el amor como para atender a revoluciones. Tran Anh Hung remarca la idea cada vez que su protagonista es rodeado y solapado por multitudes revolucionarias, a las que él apenas les presta la mínima atención.

Sin embargo, y pese alguna otra conexión con el film del mayo del 67 del director de Novecento, la película de Tran Anh Hung traza paralelismos más evidentes con el Deseando amar (In the mood for love) de Wong Kar Wai, no sólo por ese tempo calmado, pero tenso a la vez, que radica en tantas cinematografías de autores orientales, sino también por la brillantez cegadora de su continente a la hora de abordar una historia de amor.

Si Wong Kar Wai tenia un aliado de oro en la fotografía de Cristopher Doyle, no menos respaldado debe sentirse el director de esta película con el soberbio trabajo de Ping Bin Lee. Una fotografía preciosista, que resalta en pantalla los estados de ánimo por los que saltan sus protagonistas en los diferentes estadios del filme. Una fotografía, que oscila, como el cine de este director de origen francés-vietnamita, en la elegancia, la sensibilidad, la belleza más impoluta, y en definitiva arrastrando el espectador hacía un placer estético ajeno al verbo.

 

Otro punto clave en la cinta, es el inteligente uso que el director de Cyclo saber configurar con el espacio fílmico: la construcción del paisaje como un reflejo del estado emocional por el que circulan los protagonistas de su historia. Así pasamos de los prados verdes, con el viento realzando formas sensuales y coloridas, cuando el amor entre Watanabe y Kaoko parece sólido. A la tosquedad, sequedad, caos y hostilidad de esas rocas y el mar picando con furia cuando la tragedia se vuelve a cernir en la historia. Un vuelco amargo, que convive y se mezcla con esa idílica representación del amor verdadero, y que dota al relato de un reverso triste, igual de conmovedor, pero más desgarrador en la memoria del espectador. Y no por ello, el envoltorio se vuelve más áspero, duro o llamativo. Anh Hung se mantiene fiel a su elegancia expositiva, incluso en las escenas más dramáticas. El director hace una clase magistral del uso del fuera de campo, de la sutileza, con la cámara rehuyendo del salpicadero, del primer plano explícito, en esos momentos más tortuosos. El resultado se traduce en imágenes más perdurables si cabe aún, y en una sensibilidad visual que permanece y toca la fibra del espectador.  

Unos placeres estéticos impulsados a la platea mediante otro de los aspectos del filme que más sobresale, la inspirada banda sonora de Jonny Greenwood. El guitarrista de Radiohead transforma en sonidos evocadores toda la belleza y el padecimiento que transmiten las imágenes de esta hipnótica película. Anh Hung utiliza muy bien el recurso de la música para ensalzar esos estados de ánimo tan extremos por los que se ven abocados los personajes de esta historia.  A las composiciones originales creadas por Greenwood, se añaden algunos cortes del grupo alemán Can, y evidentemente la propia canción de los Beatles que da nombre a la película, estas últimas para ambientar este relato en el Tokyo de finales de los 60’s.

Norwegian Wood no es una película que navegue por los transitados caminos de los filmes de romance. Los encuentros amorosos y sexuales de sus personajes son retorcidos y complejos (muchas capas deben deshojar). Por este motivo, la película puede descontentar a una parte del público, que como en Nunca me abandones, se acerque a ver una historia de amor sin complicaciones. Aquí la pureza del amor se aboca en tristeza y aflicción. Otra traba para el espectador puede radicar en habituarse a un envoltorio formal, que pese a su impecable belleza plástica, transcurre entre un ritmo pasmoso, un montaje elíptico que desconcierta y una vocación poética poco habitual en el cine de nuestro hemisferio. Sin embargo, si uno puede visionar el filme sin deparar en exceso en estos detalles, seguramente será absorbido por el estilo opiáceo de Tran Anh Hung y saqueado por la  narrativa que irradia el texto de Murakami.


2 Comments

jesus (of suburbia) 23 marzo, 2011 at 12:37

La banda sonora que hizo Jonny Greenwood para Pozos de ambición era bestial, la mejor que he escuchado nunca.

La novela de Murakami me gustó, aunque no suelo leer mucho a autores recientes. Éste fue un regalo y me pareció denso pero hermoso.

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Marc Muñoz 23 marzo, 2011 at 13:44

No sé si bestial Jesus, pero aquí clava otra gran banda sonora:

http://open.spotify.com/album/1deQZwfO0XETbsj9dStdeT

En esta hay también momentos de violines estridentes a lo Penderecki (que tanto me angustian) que recuerdan a la de Pozos de ambición

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