CineCrítica

Número 9 – Shane Acker

posted by Marc Muñoz 7 enero, 2010 0 comments
Little Big World

La génesis de Número 9 (nueve) se encuentra en el corto de animación homónimo que su director, Shane Acker, realizó como trabajo de fin de carrera. Tras llevarse numerosos premios y ser nominado al Oscar en la categoría de corto de animación, Shacker ha decidido trasladar su idea y su peculiar mundo al largometraje.

Producido por Tim Burton y Timur Bekmambetov (ambos enamorados del trabajo de Acker) Número 9  se ambienta en un futuro post-apocalíptico en el que el mundo se encuentra en ruinas tras la fatídica ultima guerra del hombre donde la máquina consiguió rebelarse a ellos para terminar imponiéndose. No obstante, existe un pequeño grupo de seres que intentará salvar a lo que queda de civilización. Entre este grupo encontramos a número 9, un personaje con madera de líder y capaz de revertir la situación.

Con esta sencilla base argumental (con unos referentes muy indetificables), Acker construye un potente artefacto de animación con el que logra sumergir al espectador en un mundo distópico, oscuro, desolado, pero a la vez con un desborde creativo luminoso en su plasmación, que hace que el espectador se maraville con cada plano, con cada secuencia, con cada animación, y con cada diseño salido de la mente de Acker.

Es precisamente este el punto más brillante del filme, su aporte de originalidad, de creación de un mundo de animaciones deslumbrantes, de un diseño familiar pero con un toque ajeno nunca visto. Como los propios personajes del filme: nómadas construidos a base de trocitos y objetos que se van encontrando, como si se trataran de una especie de reverso apocalíptico de los muñequitos que pueblan el videojuego Little Big Planet. Unos personajes bautizados por el propio director como “creaciones stitchpunk”. 

La admirable estética creada por su autor también bebe de otras fuentes, como esa gran máquina que mezcla el rojo de Hal 2000 con ciertos tintes orwellianos. O los escenarios que podrían pertenecer a algún pueblo europeo derruido tras la primera guerra mundial, una contienda con la que se inspira Acker para relatar una fascinante secuencia en la que se narra cómo se llegó hasta el actual devastado escenario.

La potencia de esta luz inspiradora y cegadora que desprende el trabajo de animación de Acker consigue que se diluya una parte del efecto que provoca un argumento sencillo y previsible. No es un filme de animación completo, como fue Wall-E, pero si que supone una bocanada de aire regenerador con el que da gusto entrar en el 2010.

  


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