CineCrítica

Paranoid Park – Gus Van Sant

posted by Marc Muñoz 20 julio, 2009 1 Comment
Estados de belleza transitoria

Paranoid Park

En la filmografía de Gust Van Sant siempre ha habido una dicotomía entre lo comercial y lo independiente, entendiéndose este último como cine arriesgado alejado de la indústria.  Si en el lado más convencional Van Sant ya demostró ser capaz de adaptar su estilo para construir obras potentes como Milk, en su vertiente más indie no ha conseguido desenvolverse con la misma soltura como para convencer por igual a público y a crítica. Con su trilogía de la muerte: Gerry (2002), Elephant (2003) y Last Days (2005), levantó  cierta polémica y dejó al respetable más frío que el aire acondicionado de las pocas salas de cine que las proyectaron. Algo que ha conseguido solventar con la estrenada recientemente (pero con dos años de retraso) Paranoid Park (2007), y sin dejar a lado su marcado estilo underground.

Gust Van Sant esboza con Paranoid Park un retrato intimista de Alex, un joven skater que de forma accidental acaba con la vida de un guardia de seguridad. A diferencia de la trilogía citada, aquí el director de Drugstore Cowboy centra su mirada en el adolescente, lo que provoca que el distanciamiento objetivo con el que nos tenía acostumbrados se convierta en un viaje intimo y subjetivo a la mente de Alex. El filme avanza lentamente desflorando el sentimiento de culpa, la duplicidad de personalidades, la inseguridad y la soledad que afectan a su protagonista de una forma muy sutil, impropia del cine convencional.

El devenir narrativo del filme es parsimonioso, pero Van Sant se muestra hábil en la exposición de la historia, haciendo que el espectador vaya construyendo y desconstruyendo  a partir de un montaje destructurado con constantes saltos temporales. Eso lo utiliza también para que a medida que el espectador conozca nuevos detalles de la historia entre más hondo en la mente del joven.

Otro de los grandes aciertos de la obra es su portentoso estilo visual, influenciado en gran medida por contar con Christopher Doyle en la dirección de fotografía. Entre los dos construyen un entramado de texturas: Super 8 para los momentos oníricos del patinaje, el digital para la realidad diaria, y el 35mm para los momentos en que Alex intenta reconstruir el trágico accidente, cuyo resultado final es un estado hipnótico que mantiene agarrado al espectador. En especial por esos virajes a cámara lenta en el skate park a modo de momentos de ensueño de un chaval que no conoce otra forma que el patinaje para huir de su triste cotidianeidad. Produce placer estético la manera en que el director decide seguir a los patinadores ante sus trucos, cómo mueve la cámara y trabaja el sonido, parece como si los patinadores (y el espectador con ellos) surfearan por un mar de cemento, en una especie de oasis urbano.

Otro aplauso artístico merece el tratamiento del sonido y de la banda sonora, valiéndose de Beethoven, bandas sonoras de Nino Rota, Elliot Smith y temas de Leslie Schatz para crear extraños vínculos hipnóticos entre imagen y sonido, que dan su mejor versión en escenas como la de Alex cortando con su novia del instituto.

Gus Van Sant vuelve a demostrar con Paranoid Park su facilidad para acercarse al mundo del adolescente, a sus temores, a sus inseguridades, a su belleza fugaz y a su iconografía (acaso alguien firma mejor que el pasillo de instituto y el paseo errante de sus alumnos, concibiendo esto como un elemento de evasión de unos jóvenes asqueados con sus alineadas vidas). Al espectador puede no agradarle ese peso arty tan rebuscado (si se quiere tendencioso) y que tanto marca a la película en contra de un mayor desarrollo narrativo. Pero Paranoid Park es de esas películas sobrenaturales, enigmáticas e inexplicables que pueden llegar a emocionar y dejarte en la deriva onírica, incluso después de su proyección.

7,5

Ver en Filmin


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