Cine

Premis Gaudí 2019

posted by Marc Muñoz 29 enero, 2019 0 comments
Una noche en los Gaudí
Gaudí 2019

@ACC Lucia Faraig

El pasado domingo se celebró en el Palau de congresos de Barcelona la fiesta culmen del cine catalán. Hacia esa 11º edición de los Pemis Gaudí se desplazó la parte de esta destilería que aquí escribe para experimentar, por vez primera, los festejos de la comunidad cinematográfica catalana. La lección más inmediata para un novato es que hay que salir de casa bien cenado, o, como mínimo, con bocata de chope en la mochila. Sorteadas las alfombras rojas y los pormenores de rigor, al visitante le aguardaba una acaudalada bodega. Y para combatir esa cantidades considerables de alcohol una reducida y ridícula representación culinaria (una tapa de salmón pasada por vapores extraños fue el sumun del vacío calórico de la velada). Con ese desequilibrio, parece inconcebible que no se produzcan más desfallecimientos, salidas de guion y blancazos en este tipo de galas.

Finalizado el tentempié etílico, y desalojada la sala para los rezagados, persistiendo en las barras ante la perspectiva de una extensa gala sin bebidas (en ese grupo me incluyo), la acción se trasladó a la sala principal para que esta diera su inicio. [Espacio preparado para bromas sobre el tedio de la gala]. Sin embargo, y al contrario de los vagos recuerdos de los pocos momentos vistos  por televisión en anteriores ediciones, reforzados, a su vez, por las voces maltratadas de los que asistían a estas, el pistoletazo de salida de los Gaudí fue bastante ejemplar. El Mag Larí sorprendió a propios y extraños rebajando su rol de mago que apela al bostezo, para, en su lugar, dar salida a números ortopédicos (chistosos) de magia combinados con algunos de su repertorio más efectista. Aunque lo sorprendente fue verle potenciando una desconocida vis gervasiana. Su salida al escenario se saldó con una ráfaga cáustica hacia todos los presentes, incluyendo la plana mayor política ahí desplazada (el president Quim Torra, el ministro de cultura José Guirao, la alcaldesa/traductora Ada Colau, etc.). No tuvo reparos en lanzar pullas a la platea y a sus sillones más venerados, y esa incorrección le sentó de maravilla a la gala, al menos, durante unos primeros compases que transcurrieron bajo un ritmo muy digno, ventilando los premios menores con pericia y agilidad, y tirando confetis (literalmente) a los ganadores que tenían en mente lanzar agradecimientos hasta el cuidador de su fauna canina. También fue digno de aplauso la discreta pero elegante escenografía dispuesta sobre el escenario. Hasta los números musicales tuvieron su pase. Bueno, en todo caso bajo el efecto de esa ingesta de alcohol considerable ya mecnionada, la cual, por cierto, planchó y atontó más rápido de lo normal al respetable al chocar con una masa de aire saharaui instalada, por algún descerebrado, en el espacio donde tenía lugar todo el sarao (la imagen de Sergi López abanicándose con el diario de la gala fue muy gráfica a la hora de entender los máximos de temperatura). No defenderíamos las coreografías, no, eso sí que no, pero sí las interpretaciones musicales de Roger Mas en el momento político álgido de la velada (no hubieron demasiados más) con su interpretación del “Digue’m No” de Raimon, seguido por gritos de “Llibertat, “llibertat” desde parte de la platea. O las intervenciones de Joan Colomo y Elena Tarrats, hasta el triunfito Alfred tuvo su qué intentando emular a un mixto de ANOHNI y Rufus Wainwright.

Más formularia resultaron las reivindicaciones hacia uno y otro gobierno por parte de la presidenta de la Academia catalana. A Isona Passola no le faltaba razón en pedir más apoyo para el precario gremio cinematográfico (aunque los precarios de verdad no se encontraran entre los 1.600 asistentes). El momento más emotivo (más allá del in memorian que, los situados en la zonas del gallinero, nos costó seguir) fue el Gaudí honorifico a Joan Pera. Nadie se atrevió a mutilar su extenso discurso de agradecimiento, sentido y entrañable, como transpira su figura humana, aunque su duración repercutió en el ritmo de una gala que, hasta ese punto, había llevado un desarrollo aceptable (de nuevo comparándolo con recuerdos de otras ediciones). Pera se aprovechó del no haber tenido que usar nunca un relaciones públicas para facturar un dilatado discurso y, pese a ello, nadie se atrevió a negarle una cerrada ovación por la huella dejada con su trayectoria como actor y doblador.

Antes de la traca final, hubo un pequeño episodio desconcertante cuando unos manifestantes irrumpieron sobre el escenario para recordar la revolución Rojava en el Kurdistán sirio (previamente habían estado haciendo ruido en las inmediaciones del palacio). Sin embargo, la sorpresa la causó la pasividad y la normalidad con lo que se llevó a cabo la irrupción de eso espontáneos. Mi vena conspirativa me inclina a pensar que todo formaba parte del guion, una proclama política de las injusticias del más allá como espejo amplificador de las de aquí.

Y finalmente los premios. Al fin y el cabo, lo único que la gente recordará de esta edición de aquí a varios lustros. El palmarés resultó de los más repartido. El fotógrafo de Mauthausen  de Mar Targarona arrasó en la candidaturas técnicas (dirección artística, producción, vestuario y maquillaje). Por su parte, Viaje al cuarto de una madre se llevó otros cuatro galardones (el del público, guion, mejor actriz para Lola Dueñas, y mejor actriz secundaria para Anna Castillo), aunque la verdadera triunfadora fue Entre dos aguas de Isaki Lacuesta conquistando siete Gaudí, incluyendo el de mejor actor (un eufórico Israel Gomez), mejor director y mejor película de habla no catalana (sic). Pero la última en dar el golpe fue Les distàncies de Elena Trapé, ganando el premio a la mejor película en catalán. Pese a la estima que uno tiene con la película de Trapé, un filme que sin duda merece mayores reconocimientos, la jerarquía de premios y sus categorías piden, como mínimo, una replanteamiento porque resulta difícil de explicar que la mejor película de la noche solo se llevase ese premio, el de mejor película.

Finalizada la gala, fuera de tiempo, con mayor puntualidad de la esperada pero con el cuerpo y la mente tocados, el foco se trasladó de nuevo a la sala contigua bajo la misma proporción entre alcohol y comida. Ahora sin embargo, aderezada por la música que iba sirviendo la Dj Miss Behaving . Un escenario distinguido por recuerdos borrosos y pensamientos impronunciables, con lo cual, mejor terminar aquí, por mucho que referentes de la noche barcelonesa me aseguran que el cotarro se alargó decentemente en una fiesta privada en Luz de Gas.


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