Cine

Premis Gaudi 2020

posted by Marc Muñoz 21 enero, 2020 0 comments

Foto: Manu De León

Segunda incursión consecutiva de esta destilería en los festejos del cine catalán. Ese sector cultural que en Catalunya presenta un estado paupérrimo lastrado por una industria famélica, en clara desventaja con las del marco europeo, e, incluso, con el cine español. Pese a esas serias dificultades (casi históricas), el cine catalán hace esfuerzos por mantener unos premios que sirvan de escaparate de su producción y como altavoz para sus consignas y proclamas de carácter político.

La duodécima edición de los Premis Gaudi se trasladó de nuevo al Auditori del Fórum entre los primeros coletazos del temporal Gloria. La primera diferencia notoria respecto al pasado año fue que a la prensa se nos privó del tentempié de recibimiento: ese photocall y saludos protocolarios entre un vaporoso condimento calórico bañado, eso sí, por una abultada bodega. Este año, ese necesario aperitivo fue sustituido por un sencillo bocadillo y uno de esos zumos de indescifrable composición para los ajenos a la realidad de los foodies, vegans, healthylovers y demás acólitos del culto saludable. Sin duda, esa recepción (sustituir un tirador etílico por un liberador de toxinas) resultó una traba notoria para digerir una gala que amenazó con el tedio desde la primera irrupción sobre el escenario de Anna Moliner, la presentadora de este año. Bajo la dirección de Jordi Prat Coll, la gala de los Gaudi confirmó que lo vivido el pasado año, con Mag Lauri como maestro de ceremonias, fue un espejismo.  En una nueva e inusitada facilidad por explotar el bostezo, su desarrollo encadenó números musicales de inmediato olvido y una extenuante e insatisfactoria incidencia humorística mediante una fórmula algo caduca: los vídeos humorísticos de la APM en un intento burdo por sintonizar con las nuevas generaciones. Creo hablar por ambas cuando afirmó que ni nuevas ni viejas se sintieron especialmente interpeladas por el ritmo, el humor y el desarrollo de la gala. Incluso su dispositivo técnico dejó algunas torpezas. Ese micro ajustado a la altura de Peter Dinglake, o esas molestas luces cegadoras que, a los situados en el gallinero, nos dejaron atontados a cada nuevo premio.

Menos discutible resultó un palmarés que, pese a la fragilidad por la que pasa la industria, reconoció el abundante talento local que se abre paso entre su destartalado escenario. La ópera prima La hija de un ladrón y Els dies que vindran (tercera película de Carlos Marqués-Marcet) cerraron la noche como las dos grandes triunfadoras con tres estatuillas para cada una. El debut de Belen Funes se llevó el premio a la mejor película de habla no catalana, a la mejor dirección y el mejor guión, mientras que el trabajo del director catalán se impuso en la máxima categoría, mejor película, así como mejor actriz protagonista femenina (María Rodriguez Soto) y mejor montaje. En la categoría del mejor actor ganó Karra Elejalde, por su papel de Miguel de Unamuno en Mientras dure la guerra, mientras que Laia Marrull y el ascendente Enric Auquer (un año redondo para el actor del Baix Empordà) fueron los premiados en las categorías de interpretación secundaria. Otros de los justos premiados fueron Mauro Herce por su excelsa fotografía en Lo que arde, el filme de Oliver Laxe que se impuso también como mejor película europea. Un sinsentido que roza lo ridículo tal y como el propio agraciado expuso con fina ironía en el momento de recoger el premio y agradecer a los académicos que considerasen Galícia como Europa. Es obvio que los organizadores de estos premios se encuentran con dificultades a la hora de diseñar con cierto sentido las categorías y llenarlas de nominadas (este año se petaron la de mejor película de animación, imagino que forzados por la ausencia de más de una candidata), pero ganarían en prestigio si hubiera una explicación más definida de los requisitos implícitos en cada categoría que evitara que en los corrillos posteriores el mantra fuera: “¿Por qué Lo que arde es mejor película europea?” y  “¿Por qué Karra Elejalde opta al Gaudi con sus siete apellidos vascos en la solapa?”. Poco más que añadir a unos premios justos y equilibrados. También el homenajeado de la noche, el director Francesc Betriu (La plaça del diamant), que recibió el premio de honor en un accidentado homenaje, se mostró comedido y sentido, sin incitar a la desesperación como Joan Pera y su eterno discurso del pasado año. Betriu recordó su etapa de cineasta bajo el yugo franquista y el sindicato vertical, y tuvo palabras de agradecimientos a sus compañeros de profesión, los que ya no están entre nosotros y los que sí.

Por último mencionar el discurso institucional de la presidenta de la Academia, Isona Passola. Armada de argumentos ante una precariedad agonizante, donde la inversión en cultura por habitante se traduce en 30€ por habitante al año, cantidad irrisoria en comparación con países vecinos europeos (sin contar Galicia), tendió al exceso victimista de un gremio igual de perjudicado que muchos otros del ámbito cultural catalán (y español) que ni lloran tanto de su situación, ni tienen escaparates tan mediáticos y privilegiados como el que dispone los Gaudi para reclamar sus demandas o hacer sentir sus quejas. Además ninguneó a la empresa FILMIN cuando hizo balance de las plataformas que operan en suelo catalán, algo que no sentó bien a uno de sus accionista y director editorial.

Terminada la gala, el foco volvió a concentrarse en los bajos del edificio de Jacques Herzog y Pierre de Meuron. Con un mismo desajuste entre comida (lo de las rebanadas de pan a accappella fue sintomático de las crisis que vive el sector) y bebida (esta nunca en escasez), la fiesta corrió al ritmo de Dj Miss Behaving que por tercer año consecutivo animó el cotarro con píldoras excitantes de variados marcos temporales. Los más valientes, agradecidos y excitados siguieron la fiesta (esta vez se hizo mucho más corta que el pasado año) en la sala Luz de Gas. Un servidor, acompañado de sus amigos, hizo el intento por subir al bus lanzadera, pero el cartel de overbooking se impuso como un responsable viraje hacia la cama.


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