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Reflexiones acerca de los Oscars 2016

posted by Marc Muñoz 1 marzo, 2016 0 comments
#OscarsWereSoRidiculousBlack

Leo DiCaprio Oscar 2016

Históricamente la gala de los Oscars se ha adjudicado un rol de tribuna para la denuncia y/o la reivindicación, ya sea de forma inclusiva o exclusiva al propio eje temático que itentan promover con los premios. Sus audiencias millonarias, unido al papel “liberal” al que se asocia el universo Hollywood, la han convertido en el escaparate ideal para hacer oír proclamas de distinta índole. Aunque muchas veces, como rasgo intrínseco en la sociedad norteamericana, esas consignas políticas y/o sociales se miden por un doble rasero; un gesto de cara a la galería, esa máscara hipócrita desde el epicentro de unos de los universos más superficiales y vanidosos. Sin embargo, los Oscars facilitan la ocasión, y cada uno, la ha utilizado a lo largo de la historia según sus propios intereses, y con menor frecuencia, el de los demás.

Pero este año la situación era muy distinta. La academia afrontaba una crisis interna, un inside job que ponía en peligro su falaz imagen de reducto de igualdad, expresión y libertad dentro de una sociedad, la norteamericana, en algunos de sus puntos geográficos, demasiado arrimada al puritanismo. La polémica era una hija directa del #BlackLivesMatter que sacude el fuero interno de una sociedad con estratos de racismo muy palpables, no solo en las personas, sino de origen institucional, social…prácticamente sistémico. De ahí que el asunto terminara estallando, casi de forma natural, con el #OscarsSoWhite y un boicot secundado a medias, pero con la suma de algunas de las voces críticas más influyentes, como son la de Spike Lee, Will Smith y su mujer Jada Pinkett Smith.

Ante el alboroto, la Academia optó por algo que domina a la perfección;  recurrir a uno de los capitales más valiosos de su engranaje, un equipo de relaciones públicas que presentó el plan maestro para contener el incendio: no mirar hacia otro lado, o sea, abordarlo de raíz, y socorrer a los implicados con suma atención aunque impostada presencia. Sin embargo, en ese plan había riesgos. El primero saltó a las primeras de cambio, cuando Chris Rock se erigió en portavoz de la comunidad afroamericana. Con un largo y reivindicativo monólogo, Rock lanzó pullas a la Academia, pero también a los partidarios del boicot que lo habían presionado para no presentar la gala. Rock puso las cartas sobre la mesa de una gala que quedaría marcada por el trasunto del #OscarsSoWhite con algunas sentencias afiladas que parecían expulsadas por la lengua corrosiva de Ricky Gervais: “¿Qué por qué no hemos reaccionada hasta ahora?, porque cuando hace 50 años tu madre colgaba de un árbol no teníamos tiempo para pensar si algún negro había sido nominada al Oscar al mejor corto documental”, espetó el actor y humorista de primeras.

Sin embargo, la Academia, en su empeño por limpiar la propia imagen, se pasó de frenada. La gala constató en demasía esa voluntad de conciliarse con el sector afroamericano y darles voz sin censura (ahí había un riesgo, pero con Gervais o Louis C. K. – el único ser divertido de la noche, por cierto – seguro que habrían habido más silencios incómodos de los que hubo). Un desfile de actores negros de segunda, o tercera, se fueron sucediendo sobre el escenario para oscurecer esos OscarsSoWhite. Debajo del enmascaramiento del humor, y con la abultada presencia negra, la Academia intentó tapar el escape. Sin embargo, el efecto fue el contrario. Cuando las costuras de la estrategia son tan visibles, el tufillo es aún peor. Así ocurrió al ver desfilar figurantes y secundarios de ningún tipo de nombre, ya no digo con categoría de estrella. Descontando a Whoopi Goldberg, Kevin Hart, Pharrell, Angela Bassett, Quincy Jones y Morgan Freeman, la ausencia negra evidenció un problema de representación en la Academia que no se iba a solucionar con el desfile de actores de pacotilla a los que apenas se conoce. Ni rastro de Denzel Washington, Idris Elba, Don Cheadle, Forest Whitaker, Samuel L. Jackson, Halle Berry, Jamie Foxx, e incluso, por qué no, Tina Turner, pone de manifiesto que los negros no estaban por la labor de participar en esa pantomima organizada por Hollywood.

Lo peor de todo es que ello repercutió en una gala soporífera, una de las peores vistas, y ya van muchas acumuladas en las retinas de quien escribe. Sí, se sucedieron las reivindicaciones por todos lados – además de las raciales, las medioambientales, orientación sexual, igualdad de sexos, la de acoso sexual y violaciones a través de Joe Biden y Lady Gaga – y aún pese a lo ajustado del tiempo de palabra, el ritmo fue nefasto, y el interés ausente. El interés de los premios y el showtime que los americanos dominan a la perfección fue eclipsado por esa campaña corporativa de lavado de imagen. Solo salieron al rescate el emotivo premio a Ennio Morricone con la sala en pie, el cacareado Oscar a Leo DiCaprio y su contundente mensaje ecologista, y la sorpresa final con un premio a la mejor película de Spotlight, que constatan esa voluntad general de contentar a todos, mucho voto salomónico en esta edición que no será recordada entre las más especiales, ni muchos menos.

También influye a llevarse esa impresión, y mucho, la ausencia marcada de estrellas. O bien Hollywood se ha olvidado de las viejas generaciones para centrarse en su principal target, los adolescentes, o bien las nuevas generaciones ha perdido cualquier atisbo de glamour y carisma. Ni un solo premio fue presentado por una de esas viejas glorias cuya sola presencia te hace levantar de la butaca o te dibuja una sonrisa incontrolada. La sensación general, más allá de algunos de los nominados – Bale, DiCaprio, Blanchett -, es que el Dolby Theater estaba despoblado de ese tipo de estrella que acaparan la atención con su mera presencia.

Ayudaría por ejemplo recuperar el premio honorífico in situ, y no a través de un vídeo sin pizca de gracia. Podríamos haber asistido a un cálido homenaje a Gena Rowlands o ver cómo el premio a Spike Lee lo subía a recoger una víctima de los abusos policiales.

Al menos se repartió algo de justicia entre los premiados: un Mark Rylance brillante se imponía a Sly, “El chivo” rompía récords con su tercer Oscar consecutivo, así como su director, un Iñárritu que con su segundo Oscar consecutivo se ponía al nivel de Ford y Mankiewicz en unos premios que nunca premiaron a Kubrick yni a Hitchcock. La guinda se la adjudicó Spotlight, que en último resquicio reconfiguraba los resultados.

En lugar de limpiar la imagen de forma descarada, los miembros de la Academia harían mejor en producir un vídeo in memoriam que no se olvidara de Jacques Rivette o Manoel de Oliveira, cineastas que han ofrecido mucho más al séptimo arte que Kevin Hart, por ejemplo.

Una gala inusual, bajo un terremoto que intentaron contener de manera torpe e inconveniente, convirtiendo un OscarsSoWhite en unos OscarsSoBlack. Por suerte, el año que viene no tendrán que repetir esa jugada con el calzador.

 


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