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Reflexiones Oscar 2018

posted by Marc Muñoz 6 marzo, 2018 0 comments

Oscars 18

La nonagésima edición de los premios más reconocidos y respetados del mundo del cine distó mucho de permanecer simétrica a la altura de la efeméride celebrada y a la cantidad de ojos que se volcaron para presenciar su desarrollo. Servidor lleva trasnochando para presenciar en directo la gala desde hace algo más de veinte años y en todo este tiempo costaría encontrar una gala tan insípida, benigna y tediosa. Las más bajas audiencias de su historia (con una caída del 19% respecto a la edición del #Oscargate) confirman las impresiones dejadas a modo de entradilla.

Una gala soporífera

El segundo año consecutivo de Jimmy Kimmel como presentador puso de relieve su capacidad humorística y su talento limitado para llevar una ceremonia de las características. Sus tímidas mordidas sobre los ajusticiados por el movimiento #MeToo en su speech inicial fueron insuficientes para compensar bromas sobadas, ingenio desgastado (la lancha motora podría tener su encaje en su talk show, pero en una gala que premia lo más señalado en la factoría de los sueños, sobraba) y ocurrencias ya ofrecidas en la pasada ceremonia (en lugar de invitar a turistas a la gala, mandaron a una expedición con estrellas al cine de enfrente). Más alarmante fue el ritmo cansino que sujetó el transcurso de los premios. La sensación generalizada fue de un trámite tediosamente alargado, de una sucesión de premios y vídeos sin golpes de efecto, sin estrellas (hubo un déficit importante de las estrellas glamorosas y carismáticas de antaño) que recuperasen la atención, sin números programados (más allá de las actuaciones musicales para presentar las canciones nominadas) que recobrasen la compostura adormecida del que lo seguía al otro lado de la pantalla. Obviamente el giro final taquicárdico inesperado de la pasada temporada no se iba a igualar, ni poniendo en esa escena a los inesperados protagonistas (acertada decisión de la Academia de incorporar de nuevo a Bonnie and Clyde para limpiar el sonado traspiés), pero la sensación generalizada es que el asunto se hizo excesivamente pesado por culpa de un guion desnutrido de ingenio y sin sobresaltos.

La edad os sienta muy bien

Resulta como mínimo paradójico, y algo desalentador, comprobar la cantidad de actrices de Hollywood que están desgraciando su físico a golpe de bisturí, transformando sus caras para ocultar los estragos de la edad con tal de no ser expulsada del paraíso cinematográfico. Lo digo porque muchas de ellas se erigen en firmes defensoras del derecho de poder seguir teniendo trabajo más allá de los 40, pero con esas incursiones, sin ocultar,  por el quirófano, parecen querer decir que son ellas las que se doblan a los cánones de belleza impuestos por Hollywood en lugar de abogar para que sean los guionistas y los productores quien se adapten al curso natural de la vida. Sea como sea, la gala del domingo sirvió para poner de relieve dos realidades: la representada por  mujeres de belleza clásica, las octogenarias o nonagenarias satisfechas con su envejecimiento, e incluso, luciéndolo con brillo y orgullo, y las que han caído en la rueda del bisturí. Dos realidades palpables en la presentación del premio al mejor actriz (presentado por dos actrices tras la ausencia de la gala de Cassey Affleck, sobre el que pesa un caso de acoso sexual y cuya presencia hubiera sido temeraria):  por un lado Jane Fonda (al menos, con una cirugía ejemplar), y representando el otro bando, el más natural, Helen Mirren. Aunque si algo positivo dejaron los últimos Oscar, fue la presencia de varias glorias ancianas de Hollywood en contraposición al nuevo talento inerte, sin carisma y sin punzada. Ya que los mejores discursos, incluso sin que tuvieran que darlos, fueron los de una Eva Marie Saint que se llevó todo los focos con una vejez (“soy algo más grande que la Academia”, como ella misma recordó) envidiable (un ejemplo tardío para Kidman, Bullock, Zellweger, Sorvino y compañía), correspondida con una admirable soltura mental, o una Rita Moreno insinuando que Benjamin Button podría estar basado en un caso real, o el veterano James Ivory regresando a Hollywood, bastón en mano, para recoger el Oscar al mejor guión adaptado. Sin duda, la vejez, la bien llevada y sensata, se impuso al físico reluciente, pero hueco, de una juventud sin referentes visibles.

¿Y la reivindicación?

Hay un antiguo dilema no escrito que separa  los que defienden las reivindicaciones en las galas y los discursos y los que detestan cuando estas se politizan o se comprometen con alguna causa. Los Oscar son uno de los escaparates más influyentes y disputados de mundo del entretenimiento, e históricamente, siempre han defendido la vía del compromiso, lamentablemente, muchas veces, contagiando con este el propio fortuno de las obras premiadas. Aquí uno se declara a favor de que en el transcurso de la celebración se utilice, si a alguien le viene en gana,  para abordar o plantear los problemas y situaciones que entristecen el mundo, como anexo de las obras a concurso, que como hijas de su tiempo,reflejaran, con menor o mayor voluntad, las desviaciones de nuestro mundo. Sin embargo, esta llama parece cada vez más apagada en Hollywood, en paralelo a una deforestación de voces críticas en su star system. Quedó altamente subrayado el domingo, donde se brindaba una ocasión de lujo para el movimiento #Metoo para dar una importante estocada, para traspasar más fronteras con sus principios y afanes, para reclutar a más miembras en el club de las que no se callan, y sin embargo, y descontando a Frances McDormand (en ese marco se entiende que su discurso haya recogido tantas misivas de apoyo), y el momento Ashley Judd, Mira Sorvino y Annabella Sciorra, los parlamentos en esa línea, o fueron tímidos, o fueron de nulo gancho empático. Ya no sé si hay un problema de inteligencia para elaborarlos o de eso que debería haber sobrado el domingo: capacidades interpretativas para dirigirlos a la piel del espectador.

Aparte de las referencias a los muros lanzada por Guillermo Del Toro en el momento álgido de la noche, de algún número musical, como el que tenía a Jose Andrés, el cocinero, en un segundo plano, reivindicando las minorías y los países de segunda de la era Trump, o el momento “dreamers” de Lupita Nyong’o y Kumanil Nanjiani (por favor, que el año que viene  presente la gala) las intervenciones para criticar una de las épocas más oscuras de los Estados Unidos fueron escasas y mansas. Podría incluso tacharse de irresponsable, que, por ejemplo, nadie aprovechará una ocasión de tal audiencia, para avivar el debate sobre el control de las armas, un cable que habría sido muy significativo para el movimiento auspiciado por los adolescentes afectados por el tiroteo en Parkland. No solo hubo una ausencia acusada de consignas reivindicativas, que cuando se manifestaron, fueron blandas y llanas, sino que encima se produjo un desconcertante momento para ensalzar las fuerzas armadas mediante un vídeo con fragmentos de películas bélicas. Uno de los puntos más bajos e inexplicables de la gala. En una situación tan peliaguda y descorazonante como la que se vive, pone de manifiesto lo adormecido de este mundo.

Y los injustos premiados

Y volvamos a la base del despropósito. Más allá de los flojos guionistas de Kimmel, de los discursos no mordientes de los ganadores, del ritmo al ralentí, el principal problema de la noche de anteayer fue que la competición se daba entre un conjunto de películas indoloras, siendo benevolente, y de escaso recorrido por la memória y el corazón. La única merecedora de estar ahí, El hilo invisible,se convirtió pronto en esa invitada de compromiso, reflejo lejano del tipo de película que solían asistir con aras de llevarse la dorada estatuilla. Mientras que en 2018  el juego se lo disputaban dos de las películas más hinchadas de la temporada. Para menor gracia los premiados fueron cayendo sin sorpresa alguna (las únicas de la noche se dieron en las categorías de mejor documental y en mejor película de habla no inglesa), mientras la gala iba transcurriendo con la misma sosería, sin golpes de efecto, ni imprevistos, ni pifias, ni discursos atrevidos o fuera de tono. Fue probablemente un elocuente reflejo de la época de la corrección política que han alentado desde el mismo corazón de Hollywood, también los premiados por la Academia respondieron a esa complacencia con el zeitgeist.

Preguntas sin resolver:

  • ¿Por qué uno de los highlights de la noche, la actuación de Sufjan Stevens, se quedó en dos minutos, y sin la cámara enfocando a sus dos acompañantes ilustres: St. Vincent y Moses Sumney?
  • ¿Por que no hubo espacio para Tobe Hooper ni Adam West en el vídeo in Memoriam?
  • ¿Cómo se atrevieron a cortar el discurso de los productores de La forma del agua en el momento de la entrega del Oscar a la mejor película? Solo dieron tiempo  a Del Toro para hablar.

 

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