CineLong drinks

Reflexiones Oscars 2019

posted by Marc Muñoz 26 febrero, 2019 0 comments
Oscars 19

Foto: Richard Harbaugh

Las horas posteriores a ese cierre desangelado de Julia Roberts en la última edición de los Oscars han levantado toda clase de crispaciones y decepciones redimensionadas por las redes sociales de turno: pullas hacia la Academia, debates cuestionando la poca credibilidad artística que aún mantenían estos mediáticos premios, incomprensiones y deseos de mejora alejándose. En ese sentido no ha habido nada extraordinario a la sensación dejada por otras ediciones, si bien, la de hogaño, ha resultado más acusada, en parte, debido a una dinámica implantada que sí que tuvo algo de extraordinario: la ausencia de un presentador limó los tiempos dilatados que tanto preocupan a ABC sin que por ello repercutiera positivamente en el interés, al contrario. Así, después de tres horas y veinte minutos la sensación fue paradójica, la propia de haber asistido a una ceremonia más veloz y ágil, técnicamente más corta que la de años recientes, pero vaciada de instantes para el recuerdo, más insípida que nunca, como una entrega de premios funcional más que una celebración del séptimo arte y de la cosecha reciente más reluciente, siempre según los parámetros de Hollywood, por supuesto.

En unos festejos con el guion pendiente del cronómetro y de velar por el cumplimiento del nuevo (y estricto) código moral de los nuevos tiempos, los escasos golpes anímicos, las escasas brechas a la improvisación y lo imprevisto, a la forja de un mínimo recuerdo, lo propiciaron los premiados más imprudentes e incorregibles, esos que repudiaron el esquema que atenazó  la gala. En esas circunstancias fue lógico que Spike Lee se transformara en el elemento más desequilibrante encima del escenario, en el patio de butacas (la brillante foto que encabeza este post es la imagen más reveladora de lo que fueron los Oscar y de lo que es el Hollywood actual.  Importante señalar a otro autor negro con peso en la industria, Jordan Peele, con esmoquin y actitud atenta y señalada detrás del atrevido director de Malcom X) y en el backstage. Su vena crítica y reivindicativa, acumuladora de bilis desde sus orígenes en Bed-Stuy y durante años de ninguneo por la Academia, pudo estallar por fin con la salida a escena para recoger el Oscar al mejor guion adaptado por su Infiltrado en el KKKlan. Lee puso la sal y la pimienta dentro y fuera de foco – su “No encendáis el puto reloj” inicial dejó claro que no se iba a plegar ante ningún guion ni ante nadie-, representando la célula alborotadora en un Hollywood adormecido por la corrección política. Porque fue justamente la gala menos #Oscarsaresowhite de la historia la que no convenció ni al más guerrero y crítico de los directores afroamericanos de la industria. Hollywood ha caído en la trampa dispuesta por sí misma, cuando decidió liderar esos aires de cambio que se piden desde los distintos colectivos sociales, pero en su voluntad, ha quedado atrapada en la telaraña de buenismo y en esa obsesión por contentar a todos, hasta el punto que le impide incorporar a voces afiladas, sin pelos en la lengua, como las de Ricky Gervais como maestro de ceremonias, o que ha provocado que el cómico inicialmente contratado, Kevin Hart, renuncie al mismo puesto tras descubrirse unos chistes homófobos. Solo así, en este escenario de sobreprotección de una moralidad rectilínea e intachable, se entiende que el premio gordo de la noche recayera en una película que ya ha sido tachada como la peor ganadora del Oscar a la mejor película de los últimos años. Ese cine complaciente y respetuoso con las diferentes sensibilidades del presente encontró el epítome en la película de Peter Farrelly. Una muestra de ese Hollywood inofensivo y conciliador que sirvió para desbancar a Roma, la que hubiera sido la justa merecedora del premio más anhelado. Repitiéndose además esa dinámica que tan parece haber cuajado entre los académicos durante los últimos años, y que, en el fondo,  exuda cobardía, y que resulta tan incoherente para los que se dedican al medio, que no es otra que repartir los premios gordos; dar el de mejor director a Alfonso Cuarón, y la mejor película a Green Book.

Aunque no fue, ni mucho menos, la única mancha en el palmarés de la noche. Además del empate a tres entre los dos films, se sumó a la fiesta Black Panther con tres estatuillas, y aún más inaudito, Bohemian Rhapsody con cuatro. El biopic del líder de Queen superó en galardones a El padrino, incluyendo el Oscar al mejor actor para un Rami Malek que dio dotes de su extraño carácter con un discurso emotivo, bien hilvanado y ensayado, todo hay que decirlo. Mucho más memorable resultó el parlamento de Olivia Colman tras recibir la estatuilla a la mejor actriz, superando a la favorita Glenn Close y cosechando así el único Oscar para un film que se merecía mayor reconocimiento. La actriz inglesa se puso al público al bolsillo con una mezcla entre el entusiasmo sin freno e improvisado y una gloriosa mordiente cómica de deje británico. Las otras notas de disconformidad, las pocas salidas del guion de tono reivindicativo y, en definitiva, las escasas muestras de humanidad, las ofrecieron, tímidamente, los actores hispanos de la gala: Javier Bardem al presentar el Oscar a la mejor película de habla no inglesa, junto a la rejuvenecida Angela Bassett, tuvo un recado para el muro de Trump; también Cuarón, y su sutil ataque al etnocentrismo de la industria norteamericana, o el cocinero José Andrés y Diego Luna procurando defender los intereses de los suyos. Pullas, a todas luces, inofensivas, anecdóticas (el único que logró sacarle un tweet al mandatario estadounidense fue el director de Haz lo que debas) e insuficientes para salvar el esquema cordial y “cuotista” de la gala. Tal fue la preocupación de los organizadores por no repetir esos errores del pasado que pudieran devolver la polémica racial que por el Dolby Theater parecieron desfilar toda la nómina de actores negros que exista en Hollywood. Muchos de estos actores, noveles y semi desconocidos, fueron solo llamados por el interés por enterrar cualquier atisbo de resurgimiento del #Oscarsaresowhite. La obsesión llegó a tal paroxismo que invitaron a Serena Williams para introducir una de las películas nominadas. También se notó esa preocupación enfermiza por dar voz a las minorías con los ganadores, determinados por un criterio que debería ser impermeable al contexto, pero que la historia de estos premios ha resuelto siempre con la balanza. Así se explicaría el segundo Oscar como actor secundario en menos de tres años a Mahershala Ali, un actor mucho menos capacitado de lo que ahora insinúan sus dos estatuillas.  Menos discusión ofrecía el de actriz secundaria a Regina King pero discutibles fueron el de mejor vestuario para Ruth E. Carter y Hannah Beacheler, con los que se fulminaron para futuras ediciones esa embarazosa (en pleno siglo XXI) coletilla de la primera artista negra en ganar el Oscar en X categoría. Una reivindicación justa y obligada que ha terminado desfigurando, pervirtiendo y en el fondo empobreciendo, el tablero del cine estadounidense. Esperemos que las próximas luchas del colectivo latino y asiático devuelvan cierto equilibrio al asunto del color y la raza.

Aunque en realidad lo que subyace en el fondo de la pasada edición de los Oscars es una crisis más vasta de lo que insinúa el palmarés final. A la crisis creativa señalada desde los tiempos de franquicias, remakes y reboots hay que sumar una crisis de moral que empuja Hollywood a agarrarse a la primera causa y quedarse enmarañado en esta. Cada año parecen forzados a adherirse a un motivo de tinte social,y, con este, desconfiguran, aún más, su supuesta propensión objetiva para seleccionar la mejor calidad fílmica de la cosecha anual. Declinaciones que se une a la crisis institucional que ha provocado la llegada de los nuevos actores de la ventana digital. Esa lucha de modelos, la tradicional arrinconada por los gigantes online, quedó también evidenciada el pasado domingo. Para entendernos, a Cuarón, en su objetivo por conquistar los Oscar, sin dudas al respecto, no le benefició que Netflix estuviera detrás de su obra. Por último, otra crisis arrastrada de otros años y que quedó ampliamente manifiesta en la última gala: el vacío de estrellas que brillen con luz propia, de esas que silencian auditorios con su mera presencia. Si bien el Hollywood dorado anda a las puertas de su extinción total – la muerte de Stanley Donen, incomprensiblemente ignorado en el in memoriam (¿de verdad suponía un problema añadir su nombre a ese vídeo de edición super simple?), no ocurre con las generaciones de oro y otras que precedieron a la de esas estrellas galácticas del cine clásico. Hace tiempo que la Academia, en su voluntad por conectar con las nuevas generaciones, algo también visible en el cine adocenado que promociona, da la espalda a grandes espadas vivas y activas, de esas que con la mera irrupción levantan a uno de la butaca – y no, no me refiero a Julia Roberts. Aunque quizá son estas las que rechazan la invitación viendo en que se han convertido estos galardones.  Y no solo se reduce a su ausencia, sino que ese ninguneo se traspasa al guion de una gala que parece partidaria del olvido de ese arte en mayúsculas de antaño, ¿no es precisamente la gala de los Oscars el mejor escenario para homenajear el celuloide de pasado, presente y futuro? Una situación que podría tener una pequeña corrección el próximo año, cuando la troupe  de Scorsese se posicione en las primeras filas con la misión de devolver el brillo a unos premios que hace tiempo que lo perdieron en todos los aspectos.


Leave a Comment

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.