Cine

Reflexiones Oscars 2020

posted by Marc Muñoz 11 febrero, 2020 0 comments

Hay ediciones de los Oscars que logran trascender la propia ceremonia y sus inherentes espacios de tedio gracias al empuje y al avance que suponen respecto al historial de estos premios que, en muchas ocasiones, han resultado conservadores y pusilánimes en su afecto por películas de nula trascendencia en el medio y/o de cuestionable calidad. Sin embargo, la edición cerrada 24 horas atrás, quedará ligada para siempre por haber premiado, por encima de una atractiva retahíla de películas en competición, un filme de Corea del Sur. Un hito que no resulta tan excepcional si nos remontamos a la edición de 2012, cuando la francesa The Artist conquistó el máximo galardón. Sin embargo, lo inaudito con el caso de Bong Joon-ho es que su triunfo supone la primera película de habla no inglesa (recordemos que The Artist era muda en su artificioso homenaje al cine mudo hollywoodiense) en cosechar la máxima estatuilla. No solo eso imprime un carácter especial a la gala, sino que pone en comunión a muchas corrientes cinéfilas y a un amplio abanico de cinéfilos como no ocurría en mucho tiempo (50 años desde que una película no conquistaba las plazas de Cannes y los Oscars). Un pequeño milagro que teñirá para siempre de un halo trascendental la 92º edición de los Oscars.

En cuanto a la gala esta volvió a desarrollarse sin anfitrión, y muy volcada en el número musical. Ese por el que Janelle Monáe  desbordaría imaginación y admiración en el pistoletazo de salida. La cantante y actriz pansexual arrolló con su funk-soul mientras dejaba constancia de sus dotes de bailarina en un número a lo “Mr. Rogers” en que se acordó de ausencias (para algunos) dolorosas como Midsommar, Yo soy Dolemite y Us. Todo ello, sin olvidar marcharse por todo lo alto con una proclama en clave feminista, queer y racial. Primera ovación cerrada de una noche que dispensaría bastantes más, como si un muelle hiciera levantar al publico de la velada a la mínima señal. La de Monáe no fue la única diatriba hacia los pocos avances en materia feminista – Natalie Portman llevó bordado en su vestido el nombre de las directoras que han hecho estimables trabajos como colleja a la ausencia de estas en el apartado a la mejor dirección. Desde el humor, o bien en clave más seria al subir a recoger el galardón, algunos actores, actrices, técnicos, productores, compositores y directores optaron por recordar la ausencia flagrante de ciertos colectivos.

En cuanto al tempo la gala fluctuó con cierta ligereza, sin mamotretos en forma de discursos apelmazantes, ni un extra de número musicales que condujera a la desesperación. De hecho, la abolición del presentador repercutió favorablemente en el ritmo de un espectáculo marcado por la actuación musical como pauta de desarrollo. Tal fue esto que hacia el ecuador Eminem sorprendió a propios y extraños con una interpretación de “Loose Yourself”, como una manera de corregir su desplante a aquella edición de 2003 cuando fue premiado por esta canción de 8 millas. También la nueva reina del pop entristecido Billie Eilish sacó a relucir sus dotes vocales en un in memorian cargado de pérdidas irreemplazables (incluyendo la de muy última hora, el mito Kirk Douglas). Muchos rostros de ese viejo Hollywood al que el nuevo no mira con añoro. Ni la gala, ni la cuadrilla de iconos compitiendo en algunas de las categorías fue premiada y/o recordada en la madrugada del domingo. La Academia prefirió nuevo rostros, a veces la conjunción de ambos (ahí estaba Ripley con Wonder Woman y Capitana Marvel), duetos cómicos de gran aprecio (Steve Martin/Chris Rock, Julia Louis-Dreyfus/Will Ferrell), antes que viejas estrellas que pudieran pifiar el signo de la noche. Tan solo el mejor anuncio que se le pueda hacer nunca a las clínicas de cirugía estética, la veterana Jane Fonda, subió al escenario para sentenciar la noche a favor de Corea.

Ante ese escaso riego de carisma levanta butacas, o de momentos a retener, esos que se escabullen del propio guion, la gala no fue plomiza, ni mucho menos, pero transcurrió sin pena ni gloria, sin molestias, sin alteraciones del pulso, más allá de la sorpresa dispensada en su tramo final. Y eso, con ediciones infumables recientes, casi que se agradece, pese a que su recuerdo se desvanezca desde la bajada del telón.

Aunque para servidor los signos más positivos de la gala, más allá de unos premios en los que no comulgo del todo – el vacío de El irlandés resulta injustificable, especialmente para un Joe Pesci que prefirió celebrar su 77 aniversario lejos de los focos, pero también la muy estimable Historia de un matrimonio, que sufragó la noche con el Oscar de Laura Dern-, pero que escaparon la vía más dañina y aborrecible que hubiera sido premiar a 1917 de Sam Mendes, la favorita antes de empezar el show, los encontré en los discurso de agradecimiento, en el calor dispensado entre colegas de profesión. Por ejemplo, en el tacto que tuvo un ejemplar Bong Joon-ho, quien sin más discursos en la chistera, ante el inesperado tercer turno de subida al escenario, tuvo un emotivo recuerdo para Martin Scorsese – aprovechado por todo el auditorio para dispensarle una calurosa ovación – y también para Quentin Tarantino, su otro héroe cinematográfico presente y prestigioso suscriptor de su cine. Un pobre Bong joon-ho abrumado con el éxito inesperado causado por su obra, y cuya motivación principal (y urgente) en ese momento de la noche parecía ser la de acabar con las reservas de soju en las fiestas posteriores. También el discurso de Joaquin Phoenix ha adquirido notoriedad en las últimas horas. Inmerso en este segundo acto de profunda consciencia sobre su entorno y la influencia que él ejerce sobre este –  algo habrá tenido que ver en este cambio de actitud y en esa mirada más altruista, su actual pareja, la también actriz Rooney Mara -, el actor de Joker repitió ese discurso sobre las desigualdades y preocupaciones alrededor del medio ambiente, la causa vegana y otras desajustes de tipo social del presente, mientras agradecía las segundas oportunidades y la paciencia que han tenido sus compañeros de profesión con el carácter irascible que lo perseguía. Finalmente terminó enmudecido y casi con lágrimas en los ojos, al recordar una frase de juventud de su fallecido hermano River Phoneix. Hasta ese instante, hay algo en el afectado discurso de Phoenix que un servidor le sonó a impostado,  como si fuera incapaz de desprenderse de su piel actoral cuando pone los pies en el escenario, al revés que pasó con Brad Pitt, por ejemplo, uno de los pocos en lanzar una pulla a la situación política de su país.

Por otro lado, reprochable fue la actitud incómoda y poco cordial de Shia Labeouf cuando subió al escenario con una persona con síndrome de Down, quien tuvo a un compañero poco paciente para presentar ese galardón.

Concluyendo, la gala no infringió demasiada tortura ni tedio entre los que trasnochamos para su visionado. Se desarrolló con cierta ligereza, aunque sin ningún poso ni momento que arrastrar a través de la memoria. Aunque su signo histórico quedará sin duda resuelto a favor gracias a ese palmarés, previsible en la mayoría de sus categorías, hasta ese estallido de júbilo que resonó en Corea ante la invasión parasitaria en el mismo seno de Hollywood. Una que, por otra parte, solo se entiende desde una cada vez más amplia representación internacional en los votos a la mejor película, y en lo dividido que estaban las candidatas en un año igualado y de mayor valor que en las últimas ediciones. Sea como sea, inesperado y dulce triunfo para el hombre de la noche, un Bong Joon-ho cuya filmografía previa  justificaba el reconocimiento que le llovió ayer en el Dolby Theater,  aunque excesivo si valoramos los méritos artísticos de su última obra.


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