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Reflexiones Oscars 2021

posted by Marc Muñoz 26 abril, 2021 0 comments

Oscars 2021

La edición 93º de los Oscars quedará sellada en la historia de estos premios como la levantada pese a las adversidades de los tiempos del COVID. Desde el desplazamiento en el calendario (dos meses más tarde de lo habitual), el cambio de la localización, hasta el percepto de las nominadas entre la cinefilia, y otras singularidades que han marcado una gala que pretendía acercar la anhelada normalidad a la industria del cine, pero que amenaza con convertirse en un punto de inflexión de difícil enderezo si se confirman los peores datos de audiencia en el registro histórico de estos premios.

Poco hacia presagiar el tedio que seguiría una entrada de la gala que emulaba los títulos de crédito de una película, y en los que la cámara seguía, en un largo travelling, a la primera presentadora que tuvo la noche, Regina King. Una introducción donde también sobresalía el nombre de Steven Soderbergh como productor de un evento anómalo, extraño, desconcertante, torpe, y de una acusada insipidez.

Los Oscars en formato boutique sorprendieron de entrada por una puesta en escena decomisada de sus elementos habituales: la ausencia de un presentador/conductor, prescindir de la orquestra para en su lugar colocar a un Questlove en el papel de Dj animador de la velada – quien no desaprovechó la ocasión para promocionar su documental Summer of Love-, así como la erradicación de la carga de los números musicales, cómicos y vídeos – hasta ahorraron en los típicos clips de los nominados en cada categoría – que marcan la dinámica inherente de estos premios. Otra de las estampas llamativas fue la del propio escenario, una estación de tren, la Union Station, reconvertida en sede de los Oscars, donde los invitados/protagonistas de la noche se distribuían en mesas, y estas repartidas por distintos niveles según el grado de importancia de sus ocupantes. El uso de la mascarilla fue minoritario mientras las cámaras registraban los nominados en el evento, pero sí que cuando esta se coló en los entresijos de la gala se observó al personal cumpliendo con esa vestimenta tan incorporada al imaginario colectivo durante el último año.

De este modo, la carga escénica quedó reducida a su mínima expresión, y esto se contagió en una narrativa reducida, moderada y lineal, sin sobresaltos (ni positivos ni negativos), con la única voluntad de fusilar el compromiso adquirido con la cinefilia global y la industria del cine, pero, a su vez, conscientes de que el mundo no está aún para grandes festejos tras la catástrofe vírica y su reguero de víctimas. Así, la gala se fue desarrollando bajo un guion monocorde, todo reducido a una escala reducida, y, en cierto modo, familiar entre los asistentes. Los premios, los agradecimientos desde distintos puntos del globo – muchos nominados no pudieron viajar a Los Angeles debido a las restricciones del Covid y a los periodos de cuarentena obligados, siguiendo la gala desde sus respectivos países, en espacios preparados para su seguimiento – y a unas mínimas inflexiones de guion con tal de aportar alguna nota de color. Lo que a priori podría haber sido un fabuloso carburante para el ritmo de la gala, la fracturó en una descompensada y desanimada recogida de premios. La única nota de humor la aportó la ganadora del Oscar a la mejor actriz secundaria, Youn Yuh-jung, con sus coqueteos con quien le había entregado el premio, el eternamente joven Brad Pritt. Y el gif de la noche se lo adjudicó el twerking de Glenn Close ante la única concesión del show al espectáculo hollywoodiense clásico con un quizz musical plenamente guionizado. Tampoco hubo espacio a las proclamas políticas, más allá de algunas tibias referencias contra la brutalidad policial y los asesinatos por armas de fuego. En definitiva, una ausencia de speeches encabritados y/o memorables. Frances McDormand despachó el suyo como mejor actriz protagonista en apenas 10 segundos. Tan solo Thomas Vinterberg   fue capaz de imprimir una nota emotiva a todo el sarao –  ni un acelerado in memorian lo logró – con un discurso de agradecimiento por la estatuilla a la mejor película de habla no inglesa en el que tuvo palabras de recuerdo para su hija fallecida. Aunque lo más incomprensible de todo el desaguisado, y de los cambios introducidos que resultaron perjudiciales para el desarrollo de la gala, se lo dejaron para el acto final, con un giro de guion poco entendible y sumamente arriesgado como terminó siendo. La excepcionalidad de la gala quedó marcada por el anticipo de las categorías de mayor relevancia, como las de mejor director y mejor película, que fueron despachadas antes del último asalto. La última categoría en entregarse corrió a cargo de un desganado Joaquin Phoenix anunciando el premio al mejor actor para un Anthony Hopkins ausente en el edificio, y, a esas horas, probablemente durmiendo plácidamente, y ajeno a todo el ruido, en su domicilio de Gales. El incomprensible cambio de orden, y la ausencia del veterano actor inglés, provocó uno de los finales más anticlimáticos que hayan deparado estos premios. Un final abrupto y atropellado en sintonía con la urgencia que definió la noche – sin ahorrarse con ello las tres horas y pico de duración -,  como la antítesis a ese final de gala de tres años atrás con la histórica pifia gestada entre Warren Beatty y Faye Dunaway.

Problemas de fondo y de forma que fueron mermando el interés sobre una gala vaciada de show, ritmo, espectáculo y confeti Guionizada de tal forma que impidió llevarse ningún recuerdo duradero. Afectó, y sobre manera, que los invitados no pudieran reponer fuerzas en el bar más cercano – la teoría a la que se aferran los cuatro protagonistas de Otra Ronda vuelve a quedar justificada -, como afectó, y eso ya lleva un tiempo ocurriendo, que Hollywood no haya encontrado un nuevo starsystem que interpele a las plateas universales. Tan solo la presencia de un envejecido Harrison Ford, la mentada de Brad Pitt, o la de Rita Moreno – presencia muy oportuna dado que en uno de los intermedio se adelantó el trailer del remake de West Side Story de Steven Spielberg, una de las películas que pujarán fuerte en la próxima edición de los Oscars – recuperaron, por segundos, el esplendor del Hollywood de antaño, el poblado por seres mitológicos de adhesión mágica.

Con respecto a los premios ha ocurrido algo inevitable e incontrolable por los organizadores. El cierre de los cines ha conllevado que muchas de las películas en liza surcaran directamente los espacios de las grandes operadoras del streaming, mutilando así el vínculo que se genera entre estas y corrientes de espectadores acudiendo al cine como acontecimiento. Las nuevas pautas de consumo reducen ese vinculo y adhesión, haciendo, especialmente este año, que la mayoría de espectadores sintieran una lejanía emocional con respecto el grueso de pelis a competición, o, incluso, un desconocimiento absoluto sobre estas. Aclarado este punto, volvió a brillar lo equitativo para apuntalar la apertura de la Academia a la diversidad. Los Oscars llevan años dejando claro que nunca más volverán a dar motivos para reflotar el hashtag #Oscarsaresowhite, y cada vez acomodan una mayor presencia al talento negro, hasta el punto que Angela Basset y Halle Berry tienen boletos vitalicios como presentadoras de la gala, pero también abriendo espacios a otras minorías gracias a la aportación cada vez más decisiva del voto de los académicos residentes fuera de los Estados Unidos. Solo hay que repasar los ganadores a la mejor dirección en los últimos diez años para notar ese cambio marcado de tendencia. Este año extendido con el Oscar, por segunda vez, a una mujer directora, y el primero para una autora nacida en China. Chloé Zhao y su Nomadland fueron así las grandes vencedoras de una noche cuyas mínimas sorpresa decayeron en el mencionado Oscar para Anthony Hopkins –  las quinielas apostaban por el desaparecido Chadwick Boseman -, los dos premios técnicos a Sound of Metal – probablemente la mejor obra de todas las presentes en la gala-, y el, por incomprensible – más allá de inscribirse en la agenda, la del #MeToo en concreto – Oscar al mejor guion original para Emerald Fennell por su trabajo al frente de La joven prometedora.

Los Oscars 2021 buscaban salir del atolladero, solventar la papeleta en tiempos de pandemia y recordar su prevalencia, pero lo hicieron sin ápice de garra ni pulso, desnutridos de todo espectáculo, y en un tono recogido y familiar que tampoco dejo satisfecho a nadie, por muchos que los premiados pudieran explayarse en sus discursos. Fue una de las galas con menos highlights de la historia, incapaz de generar recuerdos a rememorar, y esto es algo que debería calar en sus organizadores de cara a volver a levantar el vuelo cuando el virus sea cosa del pasado.

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