Cine

Sitges 11: Crónica V

posted by Marc Muñoz 17 octubre, 2011 0 comments
Viernes 14 de octubre

Pese a afrontar sus últimos compases, el festival de Sitges siguió dispensando apetitosos manjares  a los comensales repartidos por las inmediaciones del Auditori, Retiro y Prado. Especialmente significativo resultó el último día del festival, con un menú digno de las fechas más señaladas.

Pero empecemos primero por un jueves que quedó marcado por la inusual presencia de cine fantástico iberoamericano con la cubana Juan de los Muertos y El Páramo. Por problemas de agenda, la primera película de la jornada fue A Letter to Momo, una deliciosa pieza de animación nipona dirigida por Hiroyuki Okiura. La película enlaza con los ingredientes de la factoría Ghibli: Dibujo tradicional (a lápiz), personajes fantásticos que ponen las notas de humor, argumentos infantiles con un matiz adulto, y en definitiva todo ese fascinante y bello tono que las convierten en cintas entrañables.

A ésta le siguió Troll Hunter. Una cinta noruega dirigida por André Ovreal en la que se siguen las expediciones de un grupo de estudiantes y un cazador de Trolls. Bajo el subgénero del falso documental, el director noruego intenta componer un divertido vehículo equipado con pegatinas mayúsculas donde se lee con claridad El proyecto de la buja de Blair. El trayecto resulta una sucesión de incursiones en búsqueda de estos monstruos sin mayor interés dramático sobre los personajes. Muy poca sustancia en su guión, nulas novedades en una realización prediseñada, y eso sí, una acertada composición digital de los trolls deslucida por el ridículo diseño de los mismos. Troll Hunter es un filme que se deja ver, con algún rincón gracioso, pero sin estructura dramática pensada para que o bien la historia o bien sus personajes despierten un mínimo interés… con lo que el olvido parece inminente.

Sábado 15 de octubre

Drive

El último día del festival fue una pequeña maratón de títulos apetitosos que marcarán las carteleras en los meses venideros. El pistoletazo lo dio La Cosa (The Thing), precuela de la mítica cinta de terror de John Carpenter. Dirigida por el debutante Matthijs van Heijningen la cinta respeta a la original y se digiere sin paisajes abruptos ni estridencias resonantes. Se pasa un buen rato viéndola, pero las comparaciones mitigan bastante sus posibles logros.

Tras ella, llegaba una de las películas que más van a sonar  en los próximos meses. Drive del danés Nicolas Widing Refn es un thriller de acción contundente y con una bella historia de amor de por medio protagonizada por Ryan Golsing y Carey Mulligan. Con un estilo superestilizado y detallista, Refn articula una seductora pieza de cine negro deudora del cine de acción norteamericano de finales de los 70’s y principios de los 80’s. Unas interpretaciones de lujo, una violencia sin concesiones, y un guión, que sin ser nada fuera de lo común, resulta solvente, ayudan a llevarse la impresión de que estamos ante una poderosa obra fílmica, y no ante un ejercicio de estilo como algunos han querido desvirtuar el papel de su director.

La película sorpresa de este año, como ya había aventurado su director Ángel Sala, procedía de un director americano responsable de una cinta de terror clave de los años 70’s. Killer Joe era la película, y William Friedkin su director. Tras una dispar acogida en Venecia, el tono cuajó mejor con el público de Sitges, pero no para quien escribe esto. El director de El Exorcista dibuja una desmedida comedia negra salpicada de sangre que se esparce a borbotones con casi nulo efecto dramático. Situaciones pasadas de rosca e increíbles, y actores que no convencen, terminan de lastrar el marasmo de referencias noir (Jim Thompson, Tarantino, Hermanos Coen) con las que Friedkin mezcla su masa sin conseguir un producto pulido. Cuesta mucho engancharse a una historia, cuando no te crees a sus personajes.

Mejores sensaciones nos dejó The Artist, otro de los filmes sensación del año, que pasaba por Sitges para añadir lustre a un cartel muy completo. Michel Hazanivicius recrea una postal nostálgica del cine mudo y el musical de Hollywood con esta sencilla historia de un actor de cine mudo venido a menos con la llegada del sonoro. Rellena de referencias que harán las delicias de cinéfilos, y con un empaque que dejará satisfecho a todos los públicos, Hazanivicius no consigue desvincularse de las obras añoradas de las que parte y lo que podría haber sido un filme con una entidad propia y asombrosa, con un mínimo de giros inesperados y/o aportaciones narrativas a un guión predecible desde el minuto 0, termina siendo un sentido homenaje a un cine desaparecido. Muy entrañable y bonito sí, y excepcional trabajo de Jean Dujardin en la piel de esta estrella caída en desgracia, pero poco más trasluce.

Con el cansancio instalado en los cerebelos tuvimos la oportunidad de despedirnos de la cita festivalera con una propuesta oriental de un director nipón que encaja en los margenes de la banda de directores transgresores e enfant terrible. Himizu es un contundente retrato de la sociedad nipona (en concreto de su juventud) castigada por el impacto del reciente desastre en Fukushima, y cargada de dosis de violencia y nihilismo extremo. Ingredientes difíciles de digerir a las alturas en la que nos encontrábamos, pero satisfecho de haber descubierto a Sion Sono y su obra.

 


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