Domingo de serie: The Deuce (temporada 3)

posted by Omar Little 17 noviembre, 2019 0 comments
El barrido de una era

Siempre he tenido cierta sospecha que The Deuce era un producto del cual el Dios Simon no tenía el control creativo absoluto, como una criatura emancipada que se le había ido escurriendo de las manos, pero con su beneplácito expreso, eso sí. Un presentimiento que me invade desde que asistiera a la premiere mundial de la serie en Nueva York, la misma en que su principal ideólogo no hizo acto de presencia. Ocupando su lugar, la elegante e inteligente  Maggie Gylleenhal y la directora del piloto, Michelle McLaren – con un George Pelecanos (co-creador) sentado entre las filas del público-, ambas defendiendo la propuesta ante la audiencia neoyorquina. Esa conjetura parece también coger forma con la tercera temporada. Antes de que me salten los primeros ofendidos a la yugular, huelga decir que pese a esa intuición que Simon ha ido delegando el peso creativo de su criatura (que estrene nueva serie en pocos meses y que prepare otra nueva también inclina a pensar en ello), The Deuce ha sido un referente de HBO de las últimas tres temporadas, incluyendo esta última, y menos brillante.

The Deuce ha absorbido gran parte del ideario político y social de la agenda simonesca. Una incisión corrosiva hacia las entrañas del capitalismo, en este caso, cogiendo la industria del porno y de la lujuria, con epicentro en Times Square, como laboratorio. Una tesis estructurada de nuevo mediante una muestra coral de personajes entrañables y una representación costumbrista. Precisamente, es mediante ese flujo de narrativa orgánica y naturalista sobre la que se clavan las dentelladas que atraviesan la superficie para desenterrar el hedor que emana de un sistema putrefacto. También bajo esas líneas temáticas se desenvuelve una tercera temporada que desplaza el marco temporal hasta los ochenta (igual de salvajes y peligrosos que los setenta) para poner el foco en ese primer lifting urbanístico con el que barrieron el gran burdel y los caldos lujuriosos del centro de la ciudad, la terrible pandemia del SIDA que azotó y despobló la urbe neoyorquina (y como ello fue utilizado en última instancia para tirar hacia adelante los planes urbanísticos), sin perder el hilo sobre la evolución y los cambios en la industria del porno y del sexo en general.

Sin embargo, si en The Wire toda esa radiografía urbana precisa y exhaustiva, y los diferentes estamentos sociales, desde los de abajo a lo de arriba en la pirámide social, se desplegaba con un realismo y naturalidad aplastante, dejando fe del compromiso y el conocimiento de Simon sobre el terreno radiografiado, en el caso que nos ocupa se ha constatado una mirada más alejada, menos próxima, que ha encontrado en el arquetipo algún aliado en los terrenos más pantanosos, y que ha insertado los apuntes sociales – en este caso todos los planes bulldozer de grupos de inversión e inmobiliarias con el apoyo de instituciones publicas – en planos y secuencias sin un pegamento sólido con el resto de relatos. Para entendernos, para los que en The Wire requería de una temporada entera para entrar hasta el tuétano del asunto, aquí se reduce a secuencias intermitentes.

No sería la única tara para una temporada que se ha visto lastrada por la pérdida de personajes de sobrepeso. Ni las dosis de cine negro/gangsteril, ni el drama del SIDA y sus estragos, ni la gentrificación lacerante, ni el drama de los efectos colaterales psicológicos y físicos de la despiadada industria del porno han permitido elevar el interés de esta season sobre las de las anteriores.

Aunque sí hay algo muy significativo, y esclarecedor a lo largo de toda la temporada, y es ese desligue anímico del esplendor grotesco del Nueva York de las malas calles. Un aire crepuscular y de ocaso de toda la era de la lujuria sin salvamento, perdición espiritual y desenfreno sin límites para toda la galería de personajes que pueblan sus laberintos corales. Especialmente elocuente en ese epílogo agridulce, con un Vincent, en pleno 2019, paseando por sus antiguas zonas de dominio. Un choque demoledor entre el NY apache de sus tiempos y el parque temático de hoy en día. Ese atroz contraste de la ciudad, y la billis implícita sobre la gentrificación que desluce de este, queda amotinada por la irrupción de esos fantasmas que acompañan a Vincent por el “Walking on the NO Wild SIde”. Ese reencuentro con los personajes claves y emblemáticos de la serie tiene cierto aire simonesco, en el sentido de su despedida emotiva de cada uno de ellos, como ocurría en el doloroso final de The Wire, pero toda esa amargura, apuntalada por la sensación de desubicación del personaje, queda suavizada por ese tono fantasioso y esa caracterización como anciano de Vincent que resulta algo ridícula.

Pese a ese matiz edulcorado de su final, ni Simon,ni sus colaboradores, han perdido la pegada desestabilizadora y bestial. Lo demuestra con los trágicos desenlaces de varios de sus personajes. Una galería amplia de seres humanos arrastrados a la tumba por el VIH, las drogas o por los efectos psicológicos y los traumas de esos desolados vaivenes vitales. Su mirada, descontando el tiempo extra, es brutal, salvaje, agría y agorera, condenado a toda una generación de jóvenes que vivieron al límite, y que, en muchos casos, pagarían las consecuencias en forma de balaceras, enfermedades venéreas, suicidios o depresiones varias, o por el mero paso de un tiempo que transformó su paisaje urbano en algo irreconocible, en algo sin esencia donde los supervivientes andaban perdidos y desolados (como apunta su final).

Sin ser la mejor temporada de la serie, el sabor agridulce acompaña a este sirviente de la obra de Simon. Sin duda, sus personajes, ya familiares, entrañables desde sus primeras presentaciones, pedían paseos más largos. Sobre algunos de estos, incluso, permanece la duda de la dirección que iban a tomar sus futuros pasos por las aceras de Nueva York. Pero esa es parte de la esencia de la obra de Simon, cerrar los círculos (no de todos sus personajes), cumplir la trayectoria inicial imaginada para sus relatos, sin posibilidad de reabrirlos, sin posibilidad de fórmulas como el spin off. The Deuce quedará como una de las grandes series de la década porque fue concebida como un ente de tres temporadas. y así ha finalizado, firme y fiel con sus compromisos, emanando devoción por los relatos crudos y oscuros del Times Square selvático, y dando un cierre más que digno a sus personajes más queridos y curtidos en el lado salvaje de la vida. Sin duda, horas después de despedirla, la amargura es notoria. Y no se me ocurre mejor piropo.

marco 75


Leave a Comment

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.