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Buffalo Soldiers – Robert O’Connor

posted by Marc Muñoz 8 junio, 2021 0 comments
Hijoputas e hijoputeados

Buffalo Soldiers

Robert O’Connor (Nueva York, 1959) forma parte de ese grupo de escritores envueltos en cierta aura mística. Capacitados novelistas que por causas indescifrables, o de difícil entendimiento entre el común de los mortales, deciden esfumarse del escenario tras la primera gran ovación; alejarse del mundanal ruido tras planchar una novela luminosa que los situaba entre las plumas más acreditadas del país del dólar. También conocido coloquialmente como hacer un Salinger. Algo que resulta dolorosamente incomprensible en el caso de este neoyorquino que decidió recoger los bártulos tras su su brillante Buffalo Soldiers (reeditada por Sajalín, 2021) para dedicarse a dar clases de literatura y escritura creativa en la Universidad de Oswego, en la que ejerce de docente en la actualidad.

La única novela de O’Connor se encuadra sin remisión entre las mejores novelas sobre la vida militar en ese trance tan inoportuno para los soldados que son los períodos de paz  – “Has aprendido que, para el ejército, la paz es una continuación de la guerra por otros medios”. A través de la itinerancia de Ray Elwood, el soldado más lumbreras de una base militar estadounidense en suelo alemán, Connor traza un tremendo fresco de lo que es la vida militar en esos tempos de contención malsana para unos humanos desprogramados a los que se les ha inoculado el virus de la agresividad. “Te han contado que la guerra no es tan emocionante como la pintan, pero al menos todo el mundo tiene un interés común: sobrevivir. Aquí, todos los que están en tu bando son enemigos, y todos los enemigos están en tu bando. Lo más importante es controlar la situación. Tu manera de controlar la situación es descontrolándote un poco. Esto se conoce como Zen Militar. El yin y el yang o la colleja en el colodrillo”.

Como dibujara con parecida puntería Kubrick en la primera parte de La chaqueta metálica, o Nico Walker en una de las partes de su tremenda Cherry, no hay nada peor para un soldado que el remanso de sosiego de los períodos de entreguerras. Ahí es donde se mueve como pez en el agua el protagonista de esta historia contada en segunda persona. Sus trapicheos, sus brillantes argucias por mantenerse siempre cerca de los hijoputas – “La revancha es el privilegio de los Hijoputas y a ti te están a punto de retirarte el carnet; vas a convertirte en un socio permanente de los Hijoputeados, algo que llevas esperando desde siempre” -, sus mezquinas operaciones de venganza sádica, y sus elocuentes reflexiones para mantener el tipo y no perder la chaveta configuran el inolvidable discurrir narrativo de esta lectura. “En tu opinión, Knoll es un pobre desgraciado. Cuando alguien agite la bandera, dará alegremente un paso al frente y le pegarán un tiro. El ejército necesita a gente como él. El ejército, comprendes, es gente como él”.

Un extraordinario tour por las bajezas morales del ejército, su aterrador funcionamiento interno, su odio racial, la corrupción y toda esa degradación que algunos soldados intentan bloquear con jeringuillas o con el suicido. Sobrevuela en toda la lectura un crudo y retorcido humor negro como arma ofensiva de este desenvuelto soldado en su peregrinación salvaje por esta base militar estadounidense de los años 80.

Y nada resultaría extraordinario si no fuera por la pericia de su autor por descubrir, con una clarividencia y lucidez asombrosa, los estratagemas mentales y los sentimientos revolcados en hijoputez para sobrevivir y nos ser masacrado en la jungla del rango – “Para ganarte su corazón y su cerebro, antes tienes que tenerlo agarrado por los huevos”. La inventiva de O’Connor para destapar la lona de este espeluznante y divertido (ambas no se contradicen) microcosmo militar está al alcance de unos pocos elegidos. Un estilo mordaz, brillante, deslenguado con el que perfila las sólidas siluetas de sus personajes en los entuertos en los que se ven inmersos o en la angustiante ausencia de estos, cuando no florece atisbo de adrenalina y cada uno lo ahoga con lo que tiene a su alcance.

Nos encontramos así ante un prodigio literario. La constatación de un estilo agudo y de una imaginativa desatada con la que dio voz reveladora a los hijoputeados, pero, especialmente a los hijoputas del ejército como pocas veces se ha plasmado – el intento por trasladarlo al cine de Gregor Jordan se quedó en eso, en un intento. Doloroso pensar la de lecturas alucinantes que se han perdido con su retiro voluntario.

9

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