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El largo adiós: Philip Roth (1933-2018)

posted by Marc Muñoz 24 mayo, 2018 0 comments
La última gran novela americana

Philip Roth Largo Adiós

Como cualquier gran autor de cualquier disciplina artística, Philip Roth fue capaz de configurar un universo propio identificable. Su Newark natal, su alter ego (Zuckerman), la identidad judía (y la norteamericana), la familia, la moralidad, la lujuria y la culpa, las máscaras y los artificios sociales como contención de las pulsiones internas del ser humano, los acontecimientos trágicos definitorios, la mortalidad,  su quirurgica precisión para destapar los sentimientos humanos más enterrados, su brillante y precisa prosa, su abordada metaficción…signos y virtudes que el autor volcó a lo largo de una treintena larga de publicaciones y que el lector familiarizado identificaba como propias del universo del novelista norteamericano a la lectura de pocas líneas.

El pasado miércoles fallecía el último gigante de las letras norteamericanas, el eterno perseguidor de la gran novela americana y eterno candidato al Premio Nobel de Literatura, uno de los mejores escritores norteamericanos de la segunda mitad del siglo XX (junto a Saul Bellow y John Updike), también uno de los más laureados – Pulitzer, Premio Faulkner, National Book Awards, National Book Critics, Medalla Nacional de las Artes, Medalla de Oro de Narrativa, Man Booker, el Príncipe de Asturias de las letras y uno de los pocos en ver en vida toda su obra publicada en la Library of America. Son muchos los titulares que podrían figurar en el velatorio de este autor capaz de poner la palabra justa y adecuada a esas emociones  que tantas veces se nos atragantan al común de los mortales en su intento por expresarlas.

A su universo este servidor llegó por vía de Elegía, una puerta de entrada reveladora al mundo de los adultos, a la mortalidad, al combatir esta con una sexualidad de difícil aceptación y justificación de puertas afueras, a la decadencia (otro de los faros temáticos que iluminaron la cabeza de Roth especialmente durante el último cuarto de su vida), a esa lucha incesante entre el ello y el superyo. Elegía no solo fue lo que destapaba sino la caligrafía picaresca, irónica, inteligente, lúcida y certera con lo que lo hacía. Rondaba la veintena cuando descubrí que la profundidad de Bergman sobre los más grandes y los más mundanos misterios de la vida también tenían espacio en las páginas de un libro contemporáneo (si, cosas de la educación audiovisual de un millennial). Desde ese flechazo, una obsesión por los relatos trágicos, la moralidad marcada y moribunda de sus personajes, la sexualidad masculina. Le siguió en mi mesita de noche la trilogía americana: Pastoral americana, Me casé con una bruja  y La mancha humana, luego la extraña ucronía en su currículo, La conjura contra América, y ya en su última etapa, al ritmo de otro judío de estilo reconocible que vivía a poca distancia de Roth, asistir a la espera anual de sus publicaciones más livianas, menos ambiciosas (en extensión y temática), más delgadas en definitiva, pero igual de reveladoras ante la marca neuronal estampada en sus páginas, la de un curtido zorro que lo ha vivido todo. Su último libro, Némesis (reseñado en esta casa pese a que servidor siempre tuvo reparos en escudriñar la obra de uno de los grandes de su tiempo), puso el punto y final a una carrera prolífica y excelsa, hasta que en 2012 confirmó lo mentado dos años antes y temido por los asiduos a su novela anual. Fue la retirada literaria, hoy lloramos la retirada física de un cuerpo que percibimos, en sus años de retiro, luchando contra la certeza de lo que el miércoles se confirmó.

Se va un coloso de la literatura norteamericana, un cartógrafo superdotado para desentrañar las emociones humanas y los pensamientos adosados a estas, pero nos quedan las vivas páginas de su obra, tan ácidas, lúcidas y perspicaces como el día que fueron escritas.

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