Literatura

Nacer otra vez

posted by Manel Carrasco 11 junio, 2011 1 Comment
A la memoria de Jorge Semprún

A los 20 años conoció la muerte. Durante meses la vio pasearse por un páramo de Buchenwald, calzando botas alemanas, escogiendo caprichosamente a sus víctimas. Pese a que su rostro era cambiante, a menudo tenía más o menos su misma edad, y lo llamaba rotspanier: rojo español. El pasado martes la muerte alcanzó a Jorge Semprún. Pero para los que dicen que morir nos iguala a todos, la vida y obra del escritor debería hacerlos dudar de semejante afirmación. No puede ser la misma muerte la que ves pasar de joven en un campo de concentración que la que te visita con 87 años en París, tras una vida marcada por la coherencia, el compromiso y la honradez. No puede ser la misma muerte. No me lo creo.

Jorge Semprún Maura nació varias veces. La primera en 1923, en Madrid, hijo de una familia acomodada íntimamente asociada a la política española. Su abuelo fue Antonio Maura, presidente del gobierno en tiempos de la monarquía, y en su familia se contaban alcaldes, gobernadores civiles y aristócratas, todos ellos de muy variado signo político. Semprún asistió con la perspectiva de un niño al nacimiento de la Segunda República, pero también a su muerte, simbolizada en un verano que acabó en julio.

Tras una guerra, otra. Semprún nació también a los 20 años, en Francia. Afiliado al Partido Comunista Español, el joven exiliado luchó junto a la Resistencia francesa contra los nazis, como muchos españoles. En 1943 fue capturado y torturado por la Gestapo, que lo mandó al campo de concentración de Buchenwald. A su llegada al infierno, los guardias le cosieron un triángulo rojo invertido con una S dentro: el símbolo de los republicanos españoles. Cuando fue liberado el campo y Semprún pudo quitarse la ropa marcada, podemos imaginar que hizo un descubrimiento que determinó su carrera posterior: Tras todas las penurias, el miedo y el frío, pero también las rutinas del campo, el poder administrativo del Partido Comunista entre las alambradas, las increíbles casualidades que contribuyeron a salvarle la vida, tras todo ello –repito- al quitarse las ropas de preso el triángulo seguía allí. Incluso desnudo, sin nada sobre el cuerpo, el triángulo permanecía allí, cosido a él para siempre. Ese fue otro nacimiento en la vida de Jorge Semprún.

Hubo más: En los años 50 se convierte en otro hombre. Para el PCE, para los exiliados, para los clandestinos en España, y para las autoridades franquistas, aparece un individuo sin pasado, como recién salido de la placenta. Tiene el rostro de Semprún, habla como Semprún y escribe como Semprún, pero es otro. Es Federico Sánchez: poeta ocasional; político de fulgurante ascenso en las filas del PCE; enlace políglota entre el exilio y los que se quedaron; militante clandestino en Madrid; perseguido, y jamás cazado, por la policía franquista… En el transcurso de 10 años, Federico vivirá casi de todo, y Semprún crecerá con ello. Su visión de los tótems inamovibles para el aparato del Partido se tambaleará fatalmente. El fervor ciego que caracterizaba sus primeros años de militancia se va descomponiendo cada vez que contrasta la política de los altos mandos con su experiencia en primera línea. El superviviente de Buchenwald acepta cada vez menos las cazas de brujas del estalinismo. El militante en Madrid protesta cada vez más ante las decisiones de los altos cuadros del PCE que, cómodamente abrigados por el brasero de Moscú (o de Bucarest, o de Praga) se permiten el lujo de criticar (e incluso condenar en todos los sentidos) a los que se juegan la piel en la clandestinidad. El intelectual, en definitiva, se suma al hombre de calle para denunciar que algo no es como le dicen, que los tanques no pueden entrar en Praga, que Buchenwald no se puede extender a la estepa siberiana, que en España han pasado los años, que toca hacer cambios…

En 1964, sus desencuentros con la cúpula del PCE, de la que formaba parte, cristalizan en su expulsión y en la de Fernando Claudín. Su apuesta por un comunismo moderno y autocrítico y su necesidad de cuestionarse los modelos establecidos es demasiado incómoda para los altos mandos. Aquello lo marcará con el hierro del que se sabe repudiado por sus compañeros solo por atreverse a disentir. En 1977, mientras muchos (demasiados) se dan golpecitos en la espalda presumiendo de demócratas de siempre, Semprún publica la Autobiografía de Federico Sánchez, crónica catártica de su paso por el PCE con la que ganará el Premio Planeta. El libro, además, constituirá, junto con Veinte años y un día (2003), toda su producción literaria escrita en español. El resto, se lo entregará al francés. Pero eso será más tarde. Antes, en un día de nieve en Madrid, ocurre algo que marca de nuevo su vida: Semprún vuelve a nacer. Tras años de militancia política y de clandestinidad, en un piso de una ciudad que no sabe que existe, Federico Sánchez y Jorge Semprún empiezan a escribir El largo viaje (1963). El libro transita en el terreno limítrofe entre la memoria y la novelización de los acontecimientos, con la necesidad de traspasar al terreno de lo ficcionalizable (aunque nunca ficticio) como un modelo de exposición del pasado más doloroso, de reconstrucción y de argumentación. Con esta novela (por así decirlo), el Semprún escritor se abre al mundo, y empieza una carrera literaria que lo distinguirá con múltiples galardones y con el aplauso entusiasta de la crítica. Federico Sánchez se retira paulatinamente, y es Jorge Semprún quien toma el relevo. Su nueva identidad, la de escritor brillante, la de memoria de una época que no se acaba, le aporta de todo: es un hombre de éxito, una figura de referencia en las letras españolas y un excelente guionista de cine, pero también confirma su estado personal, fruto del exilio: Para el mundo, y también para la dialéctica miserable del gobierno franquista, Semprún es un escritor francés de origen español. Un apátrida con las raíces en España pero que escribe en francés sobre hechos que incumben a toda Europa. ¿Un ciudadano del mundo? Un ciudadano de la historia, más bien. Su producción literaria pasa por épocas de gran fertilidad y otras de mayor estancamiento, pero siempre sobresale su necesidad casi física de construir una voz propia sobre el pasado de todos. Su habilidad con el lenguaje y con las estructuras narrativas es más que notable: en algunos de sus libros Semprún maneja la narración y el tiempo a su antojo. Su capacidad para dilatar o elipsar los hechos sólo es comparable a su dominio de los recursos lingüísticos y expresivos, a su dibujo de un universo particular que va más allá del contenido para abarcar también el continente. Como literato, Semprún ve y vive los cambios que arrastra la Transición española, la ilusión, el retorno de los exiliados y la perspectiva de que ahora sí, ahora las cosas se pueden hacer bien. Pero él no volverá. Al menos, no como los otros. Su exilio y sus raíces se entremezclan por todo el viejo continente. Su alma, su cabeza, y sus pies, sobrevuelan muchas fronteras, muchos idiomas, y un telón de acero…

En 1988, mientras se empieza a resquebrajar el muro de Berlín, el gobierno de Felipe González le nombra ministro de cultura. Jorge Semprún, exmilitante del PCE, extranjero a su pesar, alejado durante años de las mieles de la política, renace con 65 años como hombre de estado. Su gestión no estará exenta de polémica, marcada por sus enfrentamientos en el gobierno con los guerristas (y con la Academia de Cine Español, por cierto) y siempre dirigida por su voluntad de permanecer coherente con sus ideas, aún cuando negocia la apertura del Museo Thyssen… En 1991, harto de las conversaciones veladas en los pasillos del Congreso, los manda a todos al cuerno y vuelve a las letras, y a París.

Hay en Semprún una característica que admiro y de la que hablan a menudo sus allegados: el hombre de Partido, el activista con agallas y el superviviente nato tenían un reverso lógico en la necesidad inabarcable de vivir, de comerse todos y cada uno de los días a grandes bocados y saborearlos completamente. Semprún era un bon vivant, por utilizar la expresión que he leído en alguna de sus necrológicas, que hizo méritos sobrados para ello. A su privilegiada condición familiar (que le duró unos años) se suma sus andanzas más allá del terreno político o histórico. Quizá lo movía la sombra de su pasado, la marca indeleble del que ha vivido una experiencia verdaderamente traumática y escoge rebelarse con una curiosa mezcla de hedonismo y sentido de la responsabilidad. Buena prueba de ello la dan sus escapadas por todo el mundo, y su lista de amigos: Juan Goytisolo, Vázquez Montalbán, Domingo Dominguín, Simone Signoret e Yves Montand, Costa Gavras… Con este último y con Alain Resnais trabajó en varias ocasiones, escribiendo guiones que aunaban la ficción con la realidad de su propia vida. ¿Quieren más vivencias? Semprún fue nominado en dos ocasiones a los Oscar por los guiones de La guerra ha terminado (Alain Resnais, 1966) y de Z (Costa Gavras, 1969)…

Sus últimos años, más sosegados, estuvieron marcados por la pérdida de su esposa Colette, y por su actitud ante su propia muerte, que según sus propias palabras, le producía más enfado que miedo. Paradójicamente (o no), esas eran más o menos las mismas palabras que utilizaba Luís García Berlanga, otra figura clave de la cultura española del siglo XX, para referirse a la parca.

También fueron tiempos prolíficos en reconocimientos internacionales a su trabajo y a su vida, dos elementos indisociables en su caso. Entre todos, quisiera destacar el Premi Blanquerna que la Generalitat de Catalunya le otorgó en 2003. Semprún fue, siempre que tuvo ocasión, uno de los mayores defensores del diálogo Catalunya-España, y unos de los intelectuales más sensibles a la realidad catalana. Su voz nacida de la experiencia, también en este campo, merecía ser al menos escuchada.

Pero si me lo permiten, yo me quedo con unas imágenes de hace cinco años. En un programa de libros de la televisión francesa, Semprún y Claude Lanzmann hablaban de Las Benévolas, una novela alrededor del nazismo escrita por un joven americano llamado Jonathan Littell. Poco después, el libro ganaría el Premio Goncourt, se convertiría en un éxito en nuestro país vecino, y el propio Littell seguiría la senda que ya marcara en su día Semprún al lograr el éxito (y de paso la ciudadanía francesa) con la fuerza de su talento literario. Pero eso fue después: esa noche, sentados en un plató que asemejaba un bar de diseño, el anciano escritor (él que todo lo había visto, leído y experimentado, él que todo lo había vivido) hablaba con entusiasmo de Las Benévolas, como si su capacidad para sorprenderse y su curiosidad permaneciesen inalterables tras tantos años. Inquieto, enérgico y me atrevería a decir que hasta jovial, Semprún actuaba con la fuerza del que permanece atento a las posibilidades que el mundo le ofrece, inmune quizás a la soberbia del que se cree que ya lo ha aprendido todo…

El 11 de abril del 2010, Jorge Semprún volvió al infierno. Consciente de que probablemente era la última vez, anciano y enfermo, acudió a saludar a sus antiguos compañeros, los vivos y los muertos, y se declaró ciudadano de Buchenwald, en el 65 aniversario de la liberación del campo. No sabemos si le fue fácil, pero en las postrimerías de su vida, el hombre del siglo XX eligió volver al lugar que le ayudó a determinar su existencia. En un último gesto para la posteridad, recordó la marca que cada etapa de su vida habían dejado en su rostro, consciente quizás de que en cada nacimiento, en todo parto, se llora, se suda, y se sangra…


1 Comment

Marc Muñoz 12 junio, 2011 at 13:41

Felicidades Manel por este gran artículo. Concienzudo repaso a la vida de este escritor de la memoria, apreciado guionista, activista y político comprometido y coherente, y persona hornada y ejemplar. Valioso testimonio del Siglo XX,

Reply

Leave a Comment

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.