Reseña

Drugstore Cowboy – James Fogle

posted by Xavi Roldan 13 agosto, 2018 0 comments
Yonki Doodle Dandy

Drugstore Cowboy

¿Saben ese momento de la noche en que el colega borrachín va tan desesperadamente mamado que su cuerpo se bambolea por la pista de manera estrepitosa y patillera mientras que él, en su etílico fuero interno, se visualiza a sí mismo como la reencarnación de Tony Manero? Me refiero a esa desconexión entre la propiocepción y el modo en que el resto de la gente le ve a uno. De eso que tanto tienen algunos personajes de los hermanos Coen, que actúan como si estuvieran diseñando un dispositivo de alto secreto para la NASA cuando en realidad lo único que han hecho es acoplarle un par de pollas de goma articuladas a una tumbona de camping. Exactamente esa disonancia es la que sufren los protagonistas de Drugstore Cowboy, una crónica de la desesperación y el patetismo vivida por unos personajes que cabalgan heroicos, y casi inconscientes, a lomos de su propia decadencia.

Bob y sus colegas adictos no se dan cuenta, pero en lugar de ser unos intrépidos ladrones de farmacias son solo, bueno, unos tristes ladrones de farmacias. Pero qué más da, ¿alguien va a negarle a James Fogle, el autor de esta novela seminal, su condición de glorioso superviviente? Por favor, que el hombre sabe de lo que habla y lo hace desde la cárcel, de donde, en vida, entró y salió con más asiduidad que DMX. Entre rejas escribía estas páginas fechadas en 1976 que ahora rescata Sajalín -y que en su momento sirvieron de base para la también determinante película homónima de Gus Van Sant– y descargaba la tensión creativa de la manera que, supongo, mejor sabía. Imprimiendo verdad y experiencia a las desventuras de esta panda de matados comandados por su magnético pope Bob.

Alter ego apasionante, antihéroe autodestructivo e improbable ególatra, un torbellino de contradicciones, un genio y un chalado, un sociópata con principios, un generoso divulgador de lo fucked up. En torno a él pivota toda la espesura dramática de la novela y a partir de él nace la impredecible tensión dialéctica, la electricidad narrativa y el hilo conductor, que concatena desventuras en el drogoverso de cariz, ya digo, presuntamente autobiográfico. Un diario ficcionado que oscila en torno al atraco de farmacia como modus vivendi, en una mezcla de aburrimiento, deporte riesgo moderado y necesidad de subsistencia. El retrato tierno e implacable de esa panda de yonkis que venderían a su madre por un chute, pero que aun así, de algún modo, permanecen juntos en una especie de simulacro cuasi paródico de familia.

De este modo, a golpe de carisma Fogle atrapa y arrolla con su pluma kamikaze, su prosa bronca y su lenguaje directo, seco, a ras de calle. Un estilo que evita aspavientos literarios, que rehúye de la sofisticación y el barniz cosmético, ejemplo de literatura patibularia cero impostada: realista más que miserabilista, sincera más que grandilocuente. Nuevo ejemplo de cómo la literatura norteamericana de la segunda mitad del siglo XX se rendía a un porvenir oscuro marcado por una Institución Penitenciaria que podía ejercer como foco creativo insospechado, reducto literario al margen del establishment. Ahí están Edward Bunker, Caryl Chessman o Malcolm Braly, ejerciendo de cronistas de barrotes adentro, para dar fe de ello.

Mitad relato de picaresca callejera mitad manual yonki de supervivencia química, Drugstore Cowboy podría haber servido como prueba admisible en un tribunal para enchironar a su autor de por vida. Pero Fogle le echa arrestos y mira al frente con descaro, y en ningún momento hipoteca su agilidad en virtud de la descripción farragosa o el victimismo plasta. A ratos articula una suerte de lírica de la miseria y sabe resultar grácil en su retrato de la antiépica del underground USA. A otros agria el tono y rocía sus palabras de un pestazo a esquina húmeda y basura caliente, pero en cualquier caso su verbo siempre es ágil y centelleante, exultante y bastardo.

Si esto captura algún zeitgeist de aquel momento, no me extraña que las cosas fueran tan mal (y la creación literaria y cinematográfica tan bien) en las lides de lo underground durante los años 80 y 90: como tantas otras obras culturales de por entonces, jodido pero necesario.

marco 75


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