Reseña

La educación de un ladrón – Edward Bunker

posted by Cesc Guimerà 16 septiembre, 2015 0 comments

La educación de un ladrón

Invertimos el orden de los acontecimientos retomando el curso con la última de las lecturas que se ha unido al elenco veraniego cortesía del Destilador. Las otras dos, Palahniuk y Spanbauer, polos opuestos de la factoría Portland, llegarán en breve. Pero Sajalín Editores cierra el círculo Edward Bunker con la publicación de La Educación de un Ladrón, la autobiografía del californiano, una de los lanzamientos más enérgicos, descarnados y desquitantes de los últimos meses. Un retrato en primera persona de la vida entre rejas y el código carcelario no escrito, de un sistema judicial norteamericano en perenne duda, de la discriminación y la lucha racial y de la pena de muerte.

Como en las novelas de Bunker, en La Educación de un Ladrón no hay espacio para el melodrama. La ira es canalizada como energía para la supervivencia por quien sabe que en la autocompasión se encuentra el camino a la perdición. Es una hostia de realidad escrita con toda la fuerza, la veracidad y la honestidad del YO, de quien ha experimentado la realidad narrada en carne viva. De un superviviente que  nunca renunció a su máxima: “es mejor que te persigan a que te atrapen. Es mejor ser fugitivo que recluso”.

Porqué Education  of a Felon (2000) en el original –rebautizada en la edición inglesa como Mr. Blue; Memoirs of a Renegade, tras la aparición de Bunker en Reservoir Dogs de Quentin Tarantino en el papel del Señor Azul– no es una autobiografía al uso, sino una novela más en el expediente del californiano. Y es que hay algo de Edward Bunker en buena parte de los personajes favoritos de la casa. Bunker es Max Dembo en No Hay Bestia Tan Feroz, es Troy Cameron, en Perro Come Perro, Ron Decker en La Fábrica de Animales, es, de joven, Alex Hammond en Little Boy Blue y es, sin ser yonki, Ernie Stark en Stark.

Y en estas memorias se encuentran todos los ingredientes de la obra del angelino, que pasó un tercio de su vida internado en centros de menores y en las peores presiones de los Estados Unidos, Folsom y San Quintín, entre ellas. Ingredientes como la violencia,  la maldad innata, el escepticismo ante el concepto de reinserción, la convivencia entre individuos desahuciados para la vida real, fuera de la celda, que han abandonado por absoluto las construcciones sociales… Entre rejas la sospecha constante se convierte en un hábito para la supervivencia, como ya habíamos comprobado en En El Patio de Malcolm Braly –también rescatada por Sajalín– o Brendan Behan en Bortsal Boy o Delincuente Juvenil, si lo prefieren.

O lo que es lo mismo, Bunker es amargura, beligerancia, privación, angustia y desilusión, los elementos que Henry Miller confiere a un verdadero artista. Y si algo no es Bunker es romanticismo impostado, ni prácticamente conmiseración. ¿Y moralinas? Pues todavía menos. No hay maquillaje posible en tan cruda realidad. Para un destino fatal, a menudo (no es el caso de Bunker), inevitable. ¿Y quieren saber una cosa más? Johnny Cash mentía: desde la prisión de Folsom no se alcanza a oír el tren.

8,5


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