Reseña

Réquiem por un sueño – Hubert Selby Jr.

posted by Marc Muñoz 4 julio, 2018 0 comments
Sueños amputados

Réquiem por un sueño

Cuando Hubert Selby Jr. escribió Réquiem por un sueño en 1978, Nueva York era un páramo de perdición y marginación, recrudecida por una de las tasas criminales más altas registradas – esas clásicas estampas de barriles con fuego en solares ruinosos no era un cliché de la ficción.  En el año 2000 Darren Aronofsky trasladó ese escenario pre-apocalíptico del libreto original a los parajes desoladores de la Nueva York pre 11-S. Una pista por los bajos fondos golpeados por la droga que ha regresado con virulencia en las calles de Gotham con la extensión de esta epidemia de drogas prescriptivas, y heroína en los peores casos, que sacude la nación de Trump. También su respectivo reflejo ha impactado en las pantallas como demuestran las virulentas propuestas de los hermanos Safdie: Heaven Knows What y Good Time, ambas ambientadas en el Nueva York más contemporáneo y con la obra que nos ocupa muy presente en la atmósfera tóxica.

En ese ciclo resurgente de la heroína golpeando calles alejadas y cercanas de los núcleos urbanos, una de las obras capitales sobre la adición cobra plena vigencia. El manuscrito de Hubert Selby Jr, menospreciado e ignorado hasta que Darren Aronofsky prorrogó su vida y amplió su radio de conocimiento con una película homónima que instaló un nudo en la garganta de los espectadores que nos acercamos a los cines el día de su estreno, pone el foco en el relato en paralelo de una mujer mayor y tres jóvenes del Bronx. Sara es una anciana que combate la soledad enganchada a los programas televisivos cuando su vida da un vuelco repentino el día que la llaman para salir en uno de estos. Es entonces cuando decide ponerse en un régimen insalubre. Por el otro lado, tres jóvenes yonquis, Harry, Marion y Tyronne, arrastrados hacia el espiral del consumo de estupefacientes, el trapicheo y la autodestrucción. El nexo común de los dos relatos unidos por el lazo familiar entre Harry y Sara (hijo y madre), además de la adicción a dos clases de drogas distintas, las anfetaminas y la heroína, es la mirada cáustica al sueño americano y al camino ilusorio para llegar a este que ya insinúa el propio título, antes de que sus páginas golpeen resiguiendo el destino trágico al que se abocan todos los implicados, y que finalmente queda confirmado por el propio autor en ese epílogo de lectura obligada que presenta la edición de Sajalín Editores (en la que también aparece un texto del propio director de Pi).

Sin tener una prosa lustrosa, ni tan siquiera tan doliente como pudieran tener otros representantes de la literatura maldita, Hubert Selby Jr. no escatima en la crudeza de los ambientes que arrastran a los personajes en su particular descenso a las infiernos. Prácticamente todas las imágenes imborrables de la obra cinematográfica fueron dibujadas por la pluma del autor de Última salida para Brooklyn (el culo con culo queda aquí en fuera de campo). Aunque en ese descenso a las infiernos sin salida de emergencia y en una única dirección descendente, Selby no se olvida de empujar a la superficie de sus páginas los resquicios de humanidad que se presentan ante los personajes: desde la camaradería fraternal entre colegas, el amor distanciado de madre e hijo, o el amor de la pareja formada por Harry y Marion y sus sueños desvalijados por las agujas, los algodones y las papelinas. Con un estilo directo y conciso, con diálogos en estilo indirecto, y un estilo peculiar, Selby Jr. no se ensaña tampoco con el lector describiendo los más ruinoso y desolador de estas vidas golpeadas y rotas, en su proceso de caída libre imparable. En ese sentido, el filme de Aronofsky resulta más explícito e hiriente que la obra escrita.

Réquiem por un sueño mantiene su valor temático y documental, su pegada punzante y su vigencia como obra referencial de la literatura yonqui, la de los malditos y malvividos y de los que caminaron y caminan por el lado oscuro del sueño americano. Porque pese a los 40 años que nos distancian desde la concepción de la novela, siguen habiendo muchas Sara, Harry, Marion y Tyronne en las aceras de la ciudad, especialmente en las de las grandes urbes norteamericanas. 

marco 75


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