Reseña

Sin blanca en París y Londres – George Orwell

posted by Carmen Viñolo 24 junio, 2015 0 comments

Sin blanca en Paris y Londres

Lo malo de la pobreza no es tanto que haga sufrir al hombre,

sino que lo corrompe física y espiritualmente“.

George Orwell

Primero, las malas noticias: la edición es magnífica: tapa dura, diseño de la portada perfecto, tamaño de la letra ideal; lo único criticable de esta edición es quizá que no la acompañe una introducción que sitúe al lector en el contexto del relato, pues en ningún momento sabemos ni el año, ni la década siquiera en que la acción sucede. Algo, sin embargo, que no debe ser tomado en cuenta, dadas las circunstancias que nos rodean: la eterna crisis, que fuerza a las editoriales a recortar presupuestos e introducciones, pues los académicos suelen salir más caros que los propios autores. También está el haber tomado el camino que dicta la rae en tema de no acentuar palabras como “sólo” o “éste” -así como sus respectivos femeninos y plurales-, que hiere la vista y desluce sobremanera el texto. El que la traducción haya optado siempre por la palabra “solo”, en lugar de utilizar otros sinónimos como “solamente” o “únicamente”, tampoco ayuda. Pero estas apreciaciones son simples bagatelas en comparación con el enorme texto que es Sin blanca en París y Londres (Debate, 2015). Orwell lo define como un “libro de viajes”, cuya lectura espera sea entretenida. Es mucho más que eso. Se trata de una verdadera obra de arte. Desde el comienzo nos adentramos en un relato novelado de sus peripecias en París, estando sin un chavo. Orwell narra en primera persona su propia experiencia con la miseria: “El primer contacto con la pobreza resulta curioso. Has pensado mucho en ella, la has temido toda la vida y sabías que acabarías enfrentándote a ella tarde o temprano; pero resulta ser total y prosaicamente diferente de lo que imaginabas“. Durante ese tiempo, el autor se tropieza con un sinfín de personajes en su misma situación, que dan pie a historias repletas de humor, surrealismo y ternura.

Los barrios bajos de París son un imán para los excéntricos: gente que ha caído en uno de esos surcos solitarios y medio desquiciados de la vida y ha renunciado a ser decente o normal. La pobreza los libera de los patrones normales de comportamiento, igual que el dinero libera a la gente del trabajo“.

Las casas de huéspedes son el lugar idóneo para cruzarse con este tipo de personas. Allí podemos encontrarnos con un búlgaro, que “confeccionaba zapatos de fantasía para el mercado estadounidense. De seis a doce de la mañana se sentaba en la cama y cosía una docena de zapatos, […] el resto del día asistía a clases en la Sorbona“, o con una mujer que convivía con su hijo, un artista. Mientras la devota madre “trabajaba dieciséis horas al día, zurciendo calcetines a veinticinco céntimos el calcetín, el hijo, bien vestido, haraganeaba en los cafés de Montparnasse“. Los bistrós son asimismo un lugar frecuentado por personajes como R, un inglés que vivía seis meses del año en Inglaterra con sus padres y los seis restantes en Francia: “Cuando estaba en Francia bebía cuatro litros de vino al día, y seis litros los sábados; una vez había viajado hasta las Azores, porque allí el vino era más barato que en ningún otro lugar de Europa“, o Jules, el rumano, que tenía un ojo de cristal y se negaba a admitirlo. Por las calles de Londres podía admirarse la obra de Bozo, un pintor callejero, que “hablaba de un modo extraño, una especie de cockney lúcido y expresivo. Era como si hubiese leído buenos libros, pero no se hubiera molestado en perfeccionar su gramática“. Dio clases de astronomía al escritor, pues parecía preocupado por su ignorancia al respecto. Era un espíritu libre, que despreciaba a los demás pintores callejeros por parecerle un atajo de borregos ignorantes; y un ateo empedernido “de esos que no es que no crean en Dios, sino que le tienen antipatía personal“.

Entre todo este enjambre de seres excepcionales, emerge su caldo de cultivo: la miseria, así como sus respectivos satélites: el hambre, que “te deja en un estado parecido a la convalecencia de una gripe, como si no tuvieras nervios ni cerebro, […] como si te hubiesen sacado la sangre y la hubiesen reemplazado por agua tibia“; la mentira: “de pronto, tus ingresos se reducen a seis francos al día. Pero, por supuesto, no osas admitirlo: tienes que fingir que sigues como siempre“; la falta de sueño y la explotación laboral: “diecisiete horas y media casi sin descanso. Hasta las cinco de la tarde no teníamos tiempo de sentarnos un rato, e incluso entonces el único sitio disponible era el cubo de la basura“.

El texto se vuelve más oscuro en Londres, como si la niebla propia del lugar hubiese devorado la luz, la esperanza, la libertad. Su situación entonces es todavía peor, ya que ni siquiera tiene trabajo, viéndose abocado a la trashumancia de los vagabundos: de albergue en albergue, caminando durante horas para lograr un par de rebanadas con margarina con té, como única comida del día, y dormir en la cama dura y helada de una celda; o en una sala llena de cientos de vagabundos, en la que es imposible pegar ojo durante más de una hora, pues muchos de ellos padecen de tos crónica y de incontinencia, lo que los obliga a levantarse una y otra vez; o incluso en el Ataúd, que cuesta cuatro peniques la noche por dormir en “una caja de madera, tapado con una lona alquitranada“.

Como Orwell y los demás vagabundos, recorre el lector las páginas de Sin blanca en París y Londres sin posibilidad alguna de detenerse. Pues este texto ya es un clásico.

marco 9,5


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