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Crónica FIB 2011 (Parte II)

posted by KeithModMoon 1 agosto, 2011 0 comments
Y llegó el Domingo de resurrección

Dejamos nuestra primera parte de la crónica del FIB 11 en un punto incierto de la madrugada del viernes a sábado, y la retomamos ahora de nuevo instalados de lleno en el sábado 16 de julio, un día marcado por los excesos y la ingesta de los monos del ártico como el plato fuerte de la noche.

Las postales diurnas seguían dejando imágenes espeluznantes, si cabe, parecían sacadas aún más de una película de George A. Romero; los fibers jóvenes se amontonaban en áreas con sombras, cajeros automáticos, fuentes y arenas abrasivas (en este caso inconscientes) en busca del descanso y la sombra que el camping no presta a sus inquilinos.

Sábado

Tras los rigurosos cubatas de preparación, y sintiendo que el cansancio hacía mella en cuerpo y mente, la hora de llegada al recinto fue de las de escándalo. Pese a todo, con tiempo suficiente para comprobar como Zack Condon, bajo el alias de Beirut, encantaba al público con su folk multinstrumental, y para darse una vuelta por el divertido y amigable Silent Disco.

Con un cuarto de hora de antelación nos desplazamos hacía el Maravillas, donde iban a hacer acto de presencia los Arctic Monkeys con flamante disco bajo el brazo. Los de Sheffield abrieron pronto la caja de truenos con sus hits incontestables, pero al contrario del escenario que muchos imaginaban, los ingleses no se arrugaron a sus clásicos y sacaron muchos temas rocosos de su último disco. Una demostración del paso evolutivo dado por esta banda, que se aleja del ritmo hormonal de la edad del acné y se inserta en un rock bajado de decibelios, pero igual de musculado y compacto, en definitiva, un paso importante, y logrado, hacía la madurez.

Algo que no impedía el desbocamiento por parte de un público eufórico, que a la que podía (hablamos del inglés, por supuesto) lanzaba sus vasos de plástico (con contenido incierto en su interior), y sus ropajes, especialmente las zapatillas iban que volaban (literalmente). Entre la lluvia de objetos de origen desconocidos, Alex Turner y los suyos nos iban arrastrando a su terreno con talento y profesión. Seguramente el setlist no fuera el más acertado, pero los Arctic supieron hacer bailar el respetable cuando tocaba (“When the sun goes down”, “I bet you look on the dancefloor”), como calmarlo para deleitar con una balada (“Piledriver Waltz”) , como lanzar bengalas de rock fornido extraído de su último trabajo (“Brick by brick”, “Don’t sit down cause I’ve moved your chair”) El esfuerzo mutuo quedo compensado con un bis que terminó con “505”.

Por problemas de logística evidentes sólo pudimos asomar la cabeza al concierto de Big Audio Dynamite y comprobar que el proyecto del ex-The Clash, Mick Jones, es una gran sartén ecléctica horneada con reggae, hip-hop y rock-punk.

La sorpresa (grata) de la noche la dispensaron Primal Scream con un espectáculo modélico de lo que debería ser un directo sin fisuras. Bobby Gillespie se erigió al instante en el frontman todoterreno que es, y lo hizo con motivo del vigésimo aniversario de su determinante Screamadelica. “Movin’ On Up”, “Higher than the sun” y la acid “Don’t fight it, feel it” se presentaron vestidas de gala, y la respuesta entusiasta de los asistentes quedo al descubierto. A Gillespie le acompañó un chorro de voz colosal de una corista negra, y una banda compenetrada y entregada al 100%. El resultado como digo, y pese a ser mi segunda vez compartiendo espacio con ellos, fue de nota.

Tras Primal Scream tocaba recargar pilas en las barras y dirigirse a los escenarios de los DJ’s. Nuestros pies escogieron el ya segundo hogar FIB Club, donde el Dj residente de la sala Razz, Amable, repetía su sesión manida, pero siempre efectiva, con hits siempre más de hogaño que de antaño. Allí la euforia seguía instalada en el público, esta vez más apoyada por otras sustancias que por los impulsos musicales. Por momentos, se vivieron incluso escenas grotescas, en que parecía que una furgoneta conducida por Ozzy Osbourne hubiera empezado a repartir caramelos psicotrópicos entre los presentes. A esto, se fueron uniendo personajes estrafalarios de mucha calaña, procedencia incierta y habla incomprensible. Algunos disimulaban el cansancio compensado y las horas de exceso originarias en letrinas infectas con disfraces salidos tras un mal viaje con Wayne Coyne. Entre ese peculiar microcosmos seguimos quemando grasa a pie de lo que pinchaba Amable, hasta que el sol, las aceleraciones cardiacas o las lesiones en los dedos de los pies nos indicaron que tocaba retirada hacía los lejanos aposentos.

Domingo

El despertar del domingo no fue más crítico que el de los días anteriores, la diferencia principal fue que cierto punzón religioso nos indicaba que se avecinaba un domingo de resurrección para nuestros tullidos cuerpo con la que probablemente sea la mejor banda del momento. Una constatación que no pudieron vivir alguno de los fibers congregados, que obligados por fuerzas de carácter equivocado, como trágico, tuvieron que ausentarse ante la mejor jornada del festival.

Para los curtidos que seguíamos al pie del cañón, el día empezó tarde, como siempre (si las otras citas me las tomará como las musicales moriría más solo que Desmond Hume en su escotilla). Y lo hizo con la reina de los antagonismos, Beth Gibbons y Portishead embobaron a los presentes con su equilibrio entre melodías sedosas y atmósferas densas y cargantes. Sus torbellinos de sonido son de difícil digestión aunque el viento suavice su trayecto (literalmente), y más en el contexto de un festival (como el del FIB), pero como siempre, no decepcionaron a los interesados.

Hablando de antagonismos, a Portishead le siguieron los festivos The Go! Team, que por culpa de las dimensiones del Fiberfib.com no sonaron igual de contagiosos que en otras ocasiones, su efusividad quedaba algo diluida dependiendo del ángulo en que uno se encontrase y los espacios vacíos que tuvieras en medio.

Poco importo, porque al rato, todos los confesos de la banda canadiense (y no somos pocos) nos replegamos y nos dirigimos en sagrada profesión hacía el Maravillas donde los pastores de la épica iban a hacer acto de presencia. En un escenario que parecía sonsacado de su último álbum, con letreros cinematográficos, luces de neón y vídeos de los suburbios de Austin, uno hasta tenía la sensación de encontrarse en un autocine norteamericano compartiendo batidos con su chica, mientras un apacible viento refrescaba su nuca y a segundos de ver un show único e irrepetible. Y más o menos así fue.

Arcade Fire saltaron con toda su extensa crew de músicos e instrumentos y lo hicieron con la casi obligada “Ready to start”. En “Keep the car running”, Win Butler ya alertó que ese era el último concierto de la gira, y que ellos iban a darlo todo si el público se entregaba, y ninguno falló a su promesa. El repertorio ganó en magia y dimensión a medida que el live avanzaba. Sus hits, y los nuevos temas, sonaban de maravilla en ese entorno. El arrebato eufórico se inicio con “No cars go” y se desató como un huracán imparable, incluso dañino para corazones frágiles (como el de este servidor) con Rebellion (Lies). En el camino los de Montreal emocionaron, entristecieron, desataron el éxtasis, y tuvieron episodios de nostalgia con “The Suburbs”, todo impartido desde la maestría y el poderío que los hace reconocible y los posiciona como el mejor directo del panorama alternativo. Butler se consolidó desde el principio en ese Mesías necesario que guía a los suyos encima del escenario, e inyecta energía emocional a los que le siguen desde la explanada. Le faltó dividir al mar de gente en dos, y casi lo consigue en el bis con “Wake up” y, finalmente, la hermosa “Sprawl II” interpretada por Regine Chassange vestida de ángel (bueno…más de Último guerrero) que provoca que las emociones salgan a flor de piel. Un broche perfecto para un concierto que de por sí se merecía todo el agotamiento de esos días, y por el que muchos hubiéramos estado al 100% durante un par de horas más.

Al menos Butler y los suyos nos dieron energía suficiente para seguir con nuestra cruzada musical por Benicàssim. La contundencia chichera de Roska tuvo su gracia por momentos. Pero pronto la Silent Disco volvió a lanzar sus redes sobre nosotros. Finalmente decidimos concluir la jornada en el fin de fiestas habitual. En el FIB club, un serio Dj se aderezaba a los presentes con una selección de temas bailables para todos los públicos. El espectáculo se tornó lamentable cuando el tal Aldo Linares empezó a pasearse por encima del escenario con cubata en mano, y con cara de perdona vidas erigía un pequeño gesto a lo que el debió considerar una parroquia entregada (risas enlatadas de fondo).

Nada, ni nadie, podían ya empañar lo vivido esa noche. Una experiencia que llevaríamos de vuelta a nuestras camas, y que duraría durante algunos días más.

Así terminaba nuestro periplo por el FIB. Supervivientes de la edición 2011, y como tal, futuros aspirantes a sobrevivir a la del 2012.

Primera parte crónica FIB11


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