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Sónar 19: Crónica II

posted by KeithModMoon 25 julio, 2019 0 comments

Stormzy Sonar 19

Viernes 19 Sónar noche

La noche del viernes se presentaba como un frenético challenge para los encabritados con el FOMO. El plato inaugural, cubriendo la sonada (y mediática) baja de A$AP Rocky, lo ocupaba el que fuera anunciado como el héroe del último Glastonbury. Campaña de marketing insuficiente entre el público local, porque a su encuentro acudieron, en elevado porcentaje, el público inglés. El gigante de Crodyon pronto dejó constancia del porqué es uno de los activos más solventes del grime mediante una metralleta de esos hits mordedores que asaltan el pescuezo mientras esparcen sustancia adhesiva en el cerebelo. Ese recetario callejero, lúgubre, malcarado y bravucón con el que sacudió la escena grime hace cosa de un par de años. El inglés acumula suficientes hits en su maleta como para agitar al respetable, y le valen un par de minutos de estos para hacerlo. Una urgencia entrecortada muy acorde a las prioridades de un público joven sediento de ritmo y furia, pero poco dado a la paciencia y/o la contemplación. Ese torbellino de autenticidad y fiereza quedó interrumpido cuando adaptó su set minimalista (por la escasa presencia humana y la reducida escenografía), y en el que tuvo palabras de apoyo y recuerdo para el rapero a quien venía a sustituir, hacia un nuevo material discográfico que insinúa un importante viraje con respecto a su crudo y adoquinado sonido. Stormzy parece no tener reparos en abrazar hilos musicales más populares, donde caben el R&B y el neo-soul. Un tono que rompe con las dentelladas con las que asociamos su música, y que resultó imprudente en una cita tan señalada. No hubo héroe en Barcelona.

Tras el desinfle, la atención se desplazó hacia SonarLab, donde Sho Madjozi se reivindicaba como embajadora de ese ritmo africano sudoroso y espinal que ha recorrido parte de la programación de esta edición. Su carismática presencia potenció su irresistible ritual dancístico alrededor  del afrotrap y el gqom. Una ignición sonora que se tradujo en un contagio corporal inmediato entre los pocos asistentes a su show. No hubo tregua en su electrónica hilvanada con esas trazas rítmicas explosivas del ghetto sudafricano.

Le siguieron unos veteranos que hicieron honor a su trascendente lugar en la historia de la música electrónica, Underworld. Pese a sus canas (Karl Hyde peina los sesenta), los de Cardiff dominan con astucia los tempos y ritmos de un show a gran escala como el suyo. ¿La fórmula? esa que les permite batallar por distintas arenas y estadios sin perder vigorosidad y/o conexión con los tiempos. La misma asociada a una batería de hits que dispensaron con atino e intensidad como les corresponde a un grupo que ha adquirido su estatus de banda madre.

A Vince Staples nadie lo presenta como héroe de nada, y el tipo sigue haciendo méritos para colgarse la corona de la realeza del hip-hop. Su rap avispado, visceral, con su punto de ironía y de mordedura ácida, es un mástil al que agarrase con máxima seguridad. También cuando lo traslada al directo, donde no pierde ese punch de pelaje ennegrecido y con el que elucubra un potente discurso sonoro cargado de pullas a la sociedad yanqui, desde el punto de vista de alguien que ha podido salirse del ghetto. En su show en Barcelona volvió a mostrarse desenvuelto, sobrado como dispersor rítmico, y con el único apoyo de un montaje visual con varias pantallas de programas televisivos, series y talk shows, donde el denominador común era su irrupción en cada una de estas. Un montaje que no debería ser tal, porque el tipo debería acaparar más flashes y pantallas.

Más discutible resultó el set piece ingeniado por Jlin, la productora y contramaestre del footwork se empecinó en una oscuridad asfixiante, polirítmias opresivas, y un ahogamiento del ritmo y desprecio del bajo que complicaba disfrutar de su set. No parecía que fuera a otorgar ningún acto de clemencia ni a dar un aporte sonoro misericordioso, ni tan siquiera su clásica metralleta footwork eléctrica. Un servidor no resistió más de dos temas.

Todo al contrario que la sesión elevadora de Four Tet. Kieran Hebden dio preciadas muestras de esa electrónica gourmet que riega sus sinapsis. Un burbujeo rítmico apuntalado por esas texturas exquisitas que conforman su universo sonoro y que lo imprimen a navegar por sonoridades adyacentes y afines. Las que encontró y a las que recurrió para endulzar su estancia en el escenario. Se le puede recriminar que alternará sus perlas de composición propia o ajenas, con inclinaciones al público más desatado, con el foco limitado a esa urgencia por satisfacer la pulsión hedonista. Un peaje sin complicaciones para alcanzar esos clímax con los que, de vez en cuando, nos iba obsequiando. Bastante pletórico.

Poco antes, Disclosure cumplieron sobrados en su función de DJ Set con una ráfaga de su hits más bailables y reconocibles (“When a Fire starts to burn” o “F For You”, incluyendo alguna de sus remezclas para otros artistas) bajo un modelaje de corto minutaje tal y como ya estableció para su público el artista que abrió la noche.

Mientras ocurría todo lo arriba descrito, Floating Points calentaba el escenario SonarCar con una sesión ecléctica donde cabían desde los vientos arábigos hasta la bossa nova o sonoridades latinas, pasando por excursiones más punzantes.

Sábado 20 Sónar Dia

A la edad de quien escribe, cerrar una noche del Sónar implica personarse al Sónar Día de la jornada siguiente a una hora prudente, cuando el sol no achicharra y cuando el riesgo de lipotimia e ictus es menor. También implica llegar en un estado físico bastante deteriorado hasta el punto que el encuentro con Cecilio G, the Mad King of Sónar subido a un caballo para dirigirse a su escenario para dar arrancar su concierto, no provocó ni exaltación ni la carga sorpresiva que debería haber provocado tamaña ocurrencia.

Volviendo a lo estrictamente musical, la jornada la abrió Actress con su nube de loops disruptivos y afiladas cuchilladas de metal y ruidos.

Mucho más domesticado y apacible se mostró Theo Parrish con un set en el que dio cobijo a un amplio espectro de estilos y sonidos bajo la premisa de ritmo bailable y hedonismo disco.

De forma paralela Red Axes no conectaron con una propuesta extraña y algo circense. Añadiendo a los platos, guitarra, batería y hasta un acordeón. Un mejunje que no acabo de encontrar su punto de ebullición.

Finalmente Erol Alkan fue el elegido para cerrar la jornada en el Village. El sueco se amoldó (como todos los artistas que pasan por ese escenario) a las exigencias hedonistas de los presentes, subiendo el pitch, y sin amortiguar los bajos. Aunque demostró gusto y criterio en más de un tema y ocasión, especialmente con ese final donde reivindicó a Duran Duran como cierre de sonrisa incorporada.


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