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Pink Floyd- Meddle

posted by KeithModMoon 9 julio, 2009 0 comments
EMI (1971)

Meddle Pink Floyd

Cuando el que esto firma era un chaval, Meddle era el disco de terror de Pink Floyd, y a día de hoy me sigue erizando el vello. Sólo hace falta escucharlo de noche en algún prado solitario de alta montaña, cerca de una líneas eléctricas para entenderlo. Más fácil, escuchen “Echoes” (su último tema) a oscuras en sus casas, y déjense llevar al paisaje descrito anteriormente. Porque esa es, precisamente, una de las grandezas de la música de Pink Floyd, su capacidad evocativa para transportarnos a diferentes parajes o estados de ánimo, golpeándonos emocionalmente durante el trayecto.  Tras rescuchar recientemente Meddle, me di cuenta que su paleta musical es mucho más amplia de lo que en un principio recordaba; sus temas van desde un par de canciones pop  (que no desentonarían en un disco de los Beatles), hasta el rock progresivo de “Echoes” , y permitiéndose incluso por el camino un tema blues, “Seamus”

El álbum te aspira desde el primer segundo con “One of these days”, uno de esos cortes galopantes y cíclicos que van construyendo a su alrededor un espiral de sonido sobre una base compuesta por el riff de un bajo, la cual parece regirse por la misma cadencia que adopta el vinilo cuando pasa una y otra vez por la aguja del tocadiscos. Poco a poco la canción te sumerge en lo más profundo con una psicodélica a modo de hipnosis que tan bien queda remarcada por el sintetizador que manejaba el fallecido Richard Wright.  Finalmente te sacude hacía el exterior con su parte más instrumental.

A éste le sigue “A pillow of winds”, un bello tema potenciado por su efectiva melodía y por la voz apacible y susurrante de David Gilmour, hasta el punto de ajustarse en los postulados de la canción pop setentera.

“Fearless” es el tercer tema del LP, y se reconoce rápidamente por iniciarse de forma abrupta con un riff in crescendo mientras de fondo se oyen los cánticos de los red, en concreto, el mítico “You’ll never walk alone”. A esto le sigue una estrofa calmada envuelta de efectos y apoyada en el confort que ofrece la voz del cantante. La canción divide su estructura entre la estrofa con el riff potente, y la parte más melódica apoyada en la voz. Pasmoso resulta ver la facilidad con que se cruza una y otra parte, y la habilidad del grupo para resaltar los momentos de aparente tranquilidad, para luego resquebrajarlos en mil pedazos con ese riff que pasa como una ráfaga cortante.  

Con “San Tropez” construyen otro tema pop en la línea de los Beatles de la segunda etapa (cuando vuelven de la India transformados). Todo el corte queda impregnado por ese tono optimista, y por un ritmo muy marcado. La presencia de la guitarra acústica y del piano, son los elementos más destacables.

Curiosa incursión de Pink Floyd en el blues con la canción “Seamus”. Un tema que bebe de los clásicos temas del blues norteamericano, hasta el extremo de añadir unos sonidos de perros aullando en la lejanía.

 La obra magna del disco, “Echoes”, se inicia con un inquietante goteo incesante como preludio de la inundación anímica que le aguarda al oyente. Poco a poco los instrumentos se van incorporando: la batería y bajo marcando el ritmo, los destellos del órgano. Finalmente todo se moldea creando una gran masa sonora que alcaza su cenit con la entrada de la voz de Gilmour. Este equilibrio sonoro queda resquebrajado por una escalera de notas de la guitarra eléctrica (otra vez  Gilmour) que se va alternando con las partes vocales de profundo calado. A medida que el tema transcurre los intervalos entre las dos fases se acortan, para finalmente entrecruzarse, surgiendo de su yuxtaposición un entramado progresivo modélico. De esta forma concluye  la primera parte de la canción. La segunda, empieza con el compás  que marca la batería de Nick Mason y el bajo de Roger Waters alterado por el solo eléctrico de la guitarra de Gilmour que emula unos gemidos. Ese ritmo tan marcado sucumbe ante las atmósferas de sonidos chirriantes de tono terrorífico e hipnótico, Wright logra con su órgano Hammond y con la labor de producción unos chillidos que evocan lamentos y aullidos, los cuáles sobresalen bajo esa masa corpórea que parece inspirada en las peores pesadillas de sus compositores. También en la lejanía nos acompañan el sonido del graznar de los cuervos, y del viento gélido que envuelve la escena. Sin duda la parte más atmosférica de este disco, que consigue sumergir al oyente en un espiral retorcido y amargo. Las gotas de la introducción son la señal de que volvemos a la superficie, es entonces cuando entramos en la cuarta fase de esta compleja canción. Esta parte se caracteriza por un ritmo galopante que se acerca de la lejanía para establecerse en primera línea. Al cabo de un rato estalla su clímax entre una batalla eléctrica de guitarras, para dar otro golpe de efecto con la introducción repentina del la parte cantada y su posterior fragmento progresivo, en donde todos los músicos dan lo máximo. Finalmente, y a modo de conclusión, una agotadora capa de sonido se sobrepone a la idílica melodía y termina así este espectacular tema de 23 minutos. Un tema modélico a la hora de encajar todos los instrumentos y las atmósferas absorbentes con una suavidad impagable, dejando patente en todo momento, un sonido progresivo compacto. Simplemente, mágia musical.

Meddle pertenece a esa etapa clave de Pink Floyd, en el que el grupo demostraba que podía sobrevivir sin Syd Barret, editando una obra mayúscula año sí año también. El disco es del 1971 y es una muestra de la genialidad creativa de uno de los grupos de rock más grandes de todo los tiempos. Capaces de llegar al gran público y, a la vez, encandilar a los más exigentes en materia progresiva y psicodélica. 

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