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2019: un año de música

posted by KeithModMoon 18 diciembre, 2019 0 comments

Inmersos a tope en las tareas que implica la confección de los resúmenes y las listas de fin de año, hoy llega el turno a la materia sonora que nos ha electrificado la espina dorsal en este 2019 a punto de bajar el telón. Un año que no será precisamente recordado como el más boyante para la música de la última década. Y eso pese a que en su último tramo ha recuperado la inercia deseada con un número decente  de ofrendas para el melómano, entorpeciendo, de paso, a los impacientes con las listas. Aunque si ampliamos el foco a la escala global, 2019 quedará reducido como una segunda parte de las tendencias confirmadas el pasado curso, y ya apuntadas en 2017. Las sonoridades latinas (especialmente el trap de ascendencia latinoamericana, el reggaeton, la cumbia, el dembow) riegan el pop mainstream hasta el punto que dos de sus máximos exponentes (Bad Bunny y J Balvin) han asumido la categoría de estrellas mundiales. Más allá de ese riego continuado y normalizado, el curso ha estado dominado por el YO femenino. Las solistas (con o sin actitud de divas), y ya practiquen el R&B, el pop o el rap, dominan los charts y las visualizaciones en Youtube – tan solo hace falta recorrer las principales listas que salen estos días para calibrar el peso que desempeñan en el actual ecosistema musical. Su imperio ha hecho claudicar a los últimos gladiadores de la arena rock e indie (¿alguien recuerda el álbum de The Boss?). Y es que las guitarras andan en una retirada preocupante, esta nueva hornada de princesas del pop tan solo ha hallado cierta resistencia con autores inmunes a los vaivenes (Nick Cave) o en trincheras punk levantadas recientemente con el nervio, la furia y el sudor de combos como Fontaines D.C. e idles. Esa corriente dominante también queda expresada a nivel discursivo, precisamente con la pegada de las reinas del pop y la relevancia del trap, se impone el ombliguismo y las luces cortas.

Aunque si ha habido un fenómeno este año, con el permiso del asalto internacional definitivo de una Rosalía con sed insaciable de grandes gestas (y un buen puñado se ha colgado en la solapa, algunas excepcionales para una artista española), ha sido el del estrellato fulgurante de Billie Eilish. Una apreciada anomalía de 17 años que, precisamente, ha conseguido dinamitar los espacios comunes y clichés asociados a su condición con unos ademanes, actitudes, valores y hasta un discurso sonoro alejado de la purpurina, la ostentación y el fajo de billete verde. Una rara avis de adoración planetaria a la que se ha adherido sin remisión una generación Z que encuentra en ella una profeta capaz de voltear las formas propias del pop global, de marcarse una peineta a las normas sociales y a las identidades sin salirse de un marco comercial, ni prescindir de una orientación musical (audaz y brillante) que no esconde su voluntad por impactar a las máximas audiencias. Un ángel negro que ha caído desde el cielo mainstream con la intención de implantar un largo reinado de indudable interés.

Si saltamos a las distintas parcelas que han copado la atención musical de los últimos meses, el balance resulta insatisfactorio en la mayoría de estas. Especialmente en una de las ramas más sólidas de la industria de los últimos años. El rap ha acusado la ausencia de Kendrick Lamar y Drake en un año en que ni Kanye West ni Tyler the Creator ha conseguido mermar, con sus nobles y arriesgados trabajos, esa sensación de que el trap está conquistando terrenos donde el rap se ha había mostrado intratable. Ni los refuerzos de las islas británicas (slowthai y Loyle Carner le han ganado la batalla al tardío disco de Stormzy), ni el regreso de veteranos ajenos a modas y movidas (Pete Rock, Freddie Gibs & Madlib) han impedido ese sabor amargo de un año con poco ofrecimiento incuestionable.

Algo parecido ha ocurrido con el estado de las cosas en materia electrónica. Multitud de subgéneros han convivido en la cosecha anual, pero ningún artista ha conseguido sobresalir sobre el resto con un material excepcional. Trabajos notables de Flying Lotus, Blanck Mass, Jacques Greene y los infalibles The Chemical Brothers, pero se ha echado en falta la irrupción de un nuevo talento renovador, un nombre emergente al que apegarse  o con el que desgastarse la zapatilla y las meninges .

Sobre el rock ya se ha dejado en acta más arriba el nivel de gravedad de su situación. Con los veteranos intentado tirar de leyenda – es sintomático que la mejor obra se haya elaborado con los restos del último disco en vida del inmortal Leonard Cohen -, y con autores ingobernables desmarcándose con obras ajenas al zeitgeist, las nuevas generaciones andan desorientadas ante la zozobra causada por el pop, el R&B y las sonoridades latinas, desprovistos además de la atención mediática de antaño, y quizá sin las inquietudes ni la inspiración de otros tiempos.

Hasta en la sopa: Billie Eilish

Billie Eilish

Si ha habido una saturación sana en los últimos doces meses este ha sido el de esta estrella singular. De entrada por su reinado a una edad insultante, edificado sobre una imagen que reniega del gancho hipersexual como norma del pop femenino. Siguiendo por su irreverente y descuidada imagen pública, una indiferencia y pasotismo general que le reporta un aire cool ampliamente acogido por las nuevas generaciones. Con los que también conecta mediante su alejamiento de las cargas del estrellato, ofreciendo una imagen de proximidad y tratando temáticas como la angustia, las depresiones, las drogas o la identidad sexual. Pero nada de esto tendría un valor sino fuera porque, con la ayuda de su hermano, ha sacado adelante un debut repletos de cartuchos pop EMO de alcance millonario e insistente presencia en el paladar.

Los rookies del año: Fontaines D.C.

Además de marcarse uno de los debuts discográficos más bendecidos por la parroquia rock (“Dogrel”), el quinteto de Dublin ha pisado escenarios de todas las dimensiones para reproducir esas mismas descargas guitarreras del LP delante de entregado público enzarzado en tumultuoso pogos. La energía post-punk de tiempos mejores que destila esta banda, que araña con las herramientas básicas de toda la vida, ha supuesto una de las notas alegras de la temporada. Confirmada en directos incendiarios donde su líder se desenvuelve con un carisma, también, de antaño.

Banda nacional del año: Manel

La banda catalana ha ido moldeando una carrera a su propio antojo artístico, desvinculándose así de la presión del fan service y de otras cargas que lastran a grupos de amplia tirada popular. Y quizá pierdan fan cores en su atrevimiento y audacia por refrescar su aparato sonoro en cada disco, pero el inquieto sonoro agradece el desafío. Lo han repetido con su último disco, Per la bona gent, donde han vuelto a dar un nuevo tirabuzón a ese folk-pop de sus inicios, del que cada vez parecen más alejados. Y lo han hecho con un encomiable paquete de incorporaciones sónicas (desde la electrónica ya anunciada en su anterior Lp, pasando por coqueteos con la música latina y la admirable asimilación de la sintaxis rap ) que, en lugar de tomarse como una boutade, inflan su producto hasta las cotas más altas de su trayectoria, y, todo ello, sin perder esa identidad intransferible que proporcionan las agudas letras de Guillem Gisbert,

La muerte más llorada: Dr. John

Si hay algo a agradecer a este curso musical ha sido el de una pequeña tregua en cuanto a obituarios con respecto a otros años más inmisericordes. Algo que no quita que hayamos tenido que lamentar ciertos decesos de peso, como fue el caso de Dr. John. Sin duda una pérdida mayúscula la de “Nighttripper” y sus blues-funk con aromas de la música criolla y hechizos del vudú made in New Orleans. También conlleva aflicción las defunciones de uno de los grandes baterías de la historia del rock, el irascible Ginger Baker (muerto con 80 años, ¿quién se lo hubiera dicho?); el más reciente Roy Loney, cantante de The Flamin’ Groovies; Rick Ocasek de The Cars; el arquitecto de la Bossa Nova Joao Gilberto; una de las mayores figuras iconoclastas del pop, el genial Scott Walker; la leyenda del rock-surf Dick Dale; el cantante de Prodigy, Keith Flint;  la reciente desaparición de Marie Fredriksson, la cantante del grupo Roxette; o en clave internacional, la de Camillo Sesto.

Concierto del año en festival: Arca (Sónar 2019)
Arca Sónar 19

Foto: Sónar

El paseo (literal) de Arca por el festival barcelones fue de los momentazos a retener bajo llave y candado de este 2019. Su pop marciano y disruptivo encontró la máxima expresividad en el show que ofreció la singular artista en suelo español. Un repaso a sus cortes de pop amorfo y radical que dejaría de lado cuando se lanzó a un carnaval performático que la llevó a constantes viajes por el amplio espacio, desinhibición sobre cualquier principio de tarima, correrías con sus fans y a esa verbena de ritmos latinos y funk carioca con la que abrió veda para la activación de las glándulas sudoríparas. Un torbellino de estímulos abrumadores y magnéticos.

Concierto del año en salas: Dead Can Dance (Sala Barts)

Lo vivido con los sacerdotistas de Dead Can Dance no ha trascendido muchas líneas en webs y revistas especializadas, pero el sismo emocional que Brendan Perry y Lisa Gerrard provocaron en la sala barcelonesa es de los que se graban en la piel. Su ilustre pop gótico permutó en sacudidas de emoción a los allí presente. La voz mezzosoprano de su cantante y el cinemático acompañamiento del octeto fueron las llaves hacia un universo de fantasía medieval inenarrable. Un fastuoso ejercicio de evocación y misterio insondable que despertó la sensibilidad hasta niveles inimaginables.

Videoclip del año: The National – “I Am Easy to Find”

Director: Mike Mills

Temazo del verano: Rosalía, J Balvin – “Con Altura” ft. El Guincho

Canción del año: “Seventeen” – Sharon Van Etten

Disco del año: FKA Twigs – Magdalene

 

 

 


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